Desde inicios del 2007 esta consigna ha resonado en las calles de las ciudades de México, gritada desde el campo. No es para menos, pues empezamos ese año con las noticias del incremento al precio de la tortilla hasta en un 60%, que quedó al final, pesos más, pesos menos, en un incremento del 40%. En los inicios de este año volvió a escucharse, siendo ahora el motivo la apertura plena del capítulo agropecuario del Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN), es decir, desde el el 1° de enero pasado, el maíz que viene en grandes cantidades de Estados Unidos no paga ningún arancel para ingresar a nuestro país. La bronca es que esto sucede cuando se ha dejado de producir este básico en grandes extensiones de nuestro suelo, bajo el argumento de que es más barato comprarlo en el extranjero que producirlo, lo cuál como teoría está bien, pero choca con la realidad del poder cuando resulta que para los productores gringos es mejor transformarlo en biocombustible que venderlo a México, teniendo como impacto final un incremento en los precios al consumidor. Recordemos además que nuestros productores no cuentan más con precios de garantía, desde que desapareció la Conasupo en 1999. "Dejemos que el Mercado regule los precios", dijeron los gobiernos neoliberales, y es exactamente lo que está pasando. Dentro de esa misma lógica se inscribe el que no haya más apoyos para la productividad, considerados estos como una falsa alteración del mercado, aunque se haya contado durante una década con el Procampo, subsidio directo en función de la extensión de tierra supuestamente cultivable, pero erogado sin ninguna relación con la productividad, con el evidente fin de servir de paliativo para las familias campesinas que ven desaparecer la posibilidad de vivir de lo que producen. Sin maíz no hay país, es más que una consigna. Es una de las contradicciones que caracterizó la vida de mi familia, clase media neta de entorno semi urbano, con una vinculación constante pero parcial con el campo. Es decir, vivíamos del trabajo de mi papá que no tenía nada que ver con el campo, pero siempre estaba el rancho ahí, y siempre nos tocaba participar en las faenas agropecuarias.
En un principio fue la tortilla. Comenta mi mamá que cuando recién llegó a Chiapas le parecía que se la pasaban comiendo, recién levantados a las seis, el desayuno, café con pan, elaborado este en hornos de barro en forma de iglú, rosquillas, semitas, marquesote, banderillas y otras delicias. A eso de las 9 o 10, el almuerzo, huevos, frijoles, crema deliciosa y queso, con tortillas hechas a mano. Alrededor de las 2 la comida en forma, una sopa y un guisado, o las dos cosas en uno con un caldo de pollo con verduras y sopa de pasta o arroz, todo incluido en el mismo plato. A media tarde café con pan nuevamente, y en la noche la cena, café con leche y tortillas recalentadas con manteca o queso. En mi casa no se llevaba esto al pie de la letra, en la contradicción antes señalada, pues mi papá salía muy temprano, hora en que almorzaba, y regresaba de Tuxtla para comer, volver a irse y regresar tarde en la noche a la cena.
En la casa de mi abuela si se llevaba más o menos el asunto de las 5 comidas cotidianas, y fue ahí donde tuve mis primeros contactos memorables con el maíz. Se me olvidaba, a mediodía, que para nosotros, los niños que volvíamos de la escuela era a la una, la hora de escuchar a Kalimán, nos echabamos un pozol, bebida elaborada con masa de maíz, y que puede ser blanco, la pura masa resultado del proceso de nixtamalización y molido, o pozol de cacao, la masa molida con unos granos de cacao tostados. El pozol blanco se tomaba sin azúcar y con un puñado de sal en una mano, le dabas un trago al pozol y tomabas un poco de sal. Nunca me gustó. Me fascinaba y extraño, el pozol de cacao, sencillamente delicioso. A medida que te lo ibas tomando iba quedando en el fondo del vaso un asiento que se llama musú, y tienes que menear al vaso con una cadencia particular para evitar que se te quede en el fondo. Por ahí existe un chiste local, del joven que sale a estudiar a México, la metrópoli inalcanzable, que era en aquel entonces como decir que te ibas a estudiar al otro lado del mundo, y regresa después de varios años pretendiendo haber olvidado los nombres de las cosas cotidianas. Le ofrecen pozol, y dice, meneando el vaso "¿Que fregados es esto?" A lo que contestan los familiares que lo han esperado todos esos años y que están molestos con su actitud de citadino, "Iday, No Sabés que es pero bien que lo estás meneando". Alguna vez, ya estudiante de sociales o recién graduado, me tocó tomar el pozol al estilo tzeltal, en la selva lacandona, donde es el único alimento por la mañana, que permite aguantar la jornada hasta que se regresa a la casa al caer la tarde. Ahí se toma blanco y agrio, literalmente se le deja uno o dos días que se agrié un poco, y luego se bate la masa en el agua para preparar la bebida y se bebe. Nunca he sabido si esto ofrece alguna ventaja nutritiva, pero lo que si sé es que no me gustaba, y que me lo tomé infinidad de veces, consciente del honor que se me hacía al compartir conmigo el pozol de una misma jícara. Otra bebida de maíz que está muy buena es el tascalate. Para esta el maíz no se cuece, se tuesta y se muele junto con achiote, lo que le da el color rojo que lo caracteriza. Menos cotidiano que el pozol, el tascalate lo asocio con las idas a Tuxtla a los Jugos California de la avenida central, donde con leche o con agua, te aliviaban del calor de la capital. El pinol por último, es el maíz tostado y molido, y se puede tomar como el tascalate. Es un polvo seco seco, y si prefieres comerlo, asegurate de tener suficiente saliva, y por favor, no se te ocurra chiflar en el proceso.
Mi tía, la única de las dos hijas de mi abuela que vivía con ella, se levantaba a las cuatro de la mañana a hacer el nixtamal, en el fogón, quedaba preparado a eso de las seis, se pasaba por la pichancha, que es una olla de barro llena de hoyos, para colarlo. Otro chiste local resulta de cuando estás tomando, y te empieza a hacer efecto, "Ya estás bolo", te dicen, y la mejor salida para no comprometer tu hombría es contestar, "´Caso estoy tomando en pichancha pues". El maíz nixtamalizado se llevaba al molino, que quedaba ahí nomás al lado. Joaquín se llamaba el molinero, y entre mi tío Joaquín, su hijo del mismo nombre, mi otro primo Joaquín que vivía con mi abuela, el molinero, su hijo y su nieto, eramos siete Joaquines en menos de doscientos metros. Dos de los sonidos que más recuerdo de mi infancia tienen que ver con el molino, el uno es de los cinceles contra las piedras de moler, cuando el molinero se levantaba a las cuatro y comenzaba la faena remarcando las estrías de las piedras, y el otro el del molino funcionado, mezclado con los ruidos de las conversaciones de las mujeres, que empezaban a llegar a eso de las cinco. El molino era el punto de encuentro donde las mujeres se comunicaban las noticias del día previo y tomaban energías de su convivencia para la jornada que empezaba. Siempre me admiraba como caminaban con una cubeta de esas de veinte litros sobre la cabeza, guardando un perfecto equilibrio y repartiendo el peso del maíz primero, de la masa después, a lo largo de toda la columna vertebral.
Después, mi tía se dedicaba sus buenas dos horas a tortear, de sus puras manos salían las tortillas redondas, gigantes, caían al comal, se inflaban, vuelta del otro lado y ya estaba. Los días que no teníamos clase era estar ahí junto al fogón, esperando las primeras tortillas, las mejores, para comerlas con sal, deliciosas en su sencillez. Los días de clases, nosotros que comíamos tortillas de tortillería, esperábamos que llegara mi papá y nos llevará a casa de mi abuela, a la hora de la cena. Nomás de recordar como se deshacía la manteca de cerdo en las tortillas recalentadas se me hace agua la boca. La alternativa a la manteca era el queso fresco, delicioso como no he probado otro en los lugares en que he vivido, de sabor fuerte que hace sentir que los quesos del resto del país son insípidos, sin chiste.
La parte que no era tan agradable, al menos para mi, tenía que ver con el proceso de cultivo del grano. Tendría yo unos siete años cuando mi papá y los tíos compraron el rancho de Berriozábal, y decidieron sembrar maíz en algunas hectáreas, con doble propósito, aprovechar el grano para nosotros y la pastura para las vacas. Por aquél entonces todavía rifaban las historietas mexicanas en sepia, y la que nos traía locos a mi hermano mayor y a mi era la que se llamaba Samurai, que contaba la historia de un inglés, Jhon Barry, que se había quedado en Japón y se había integrado a la cultura local, convirtiéndose en Samurai, enamorado de la dama Sumara, en constante pleito con un Samurai autóctono que se llamaba, si mal no recuerdo, Buntaro. Total que entre samurais y ninjas, nos la pasábamos jugando con Katanas de palo. Mi papá, consciente de la oportunidad que se le presentaba, acorde con su filosofía de la vida de que había que aprender de todo, nos compró dos machetitos rectos, parecidísimos a katanas, y dale a afilarlos con la piedra para aprender a chaporrear. Una vez que más o menos dominábamos el arte del chaporreo, con gancho incluído, un palo en forma de L que permitía juntar el macizo vegetal que ibas a cortar, procedimos a colaborar en el desmonte de las hectáreas mentadas. Se acabaron los fines de semana al sol, sin nada que hacer, y comenzaron las jornadas de trabajo fecundo en el campo. Obviamente nosotros no hacíamos todo, había trabajadores, pero esto sólo complicaba más las cosas, porque resultaba entonces que nuestra hombría estaba constantemente a prueba. Como portadores del apellido que tenemos, teníamos que trabajar al ritmo de los jornaleros del campo, sin hacer caras, y de preferencia chiflando. Que vieran que el cansancio nos hacía lo que el viento a Juárez. Después de desmontado el terreno, dedicamos un fin de semana a la quema. Me acuerdo que mi hermano el menor de los hombres, Sergio, que tendría entonces tres o cuatro años, en algún momento se quedó en medio del fuego, recuerdo a mi padre corriendo a sacarlo. No creo que haya habido mucho riesgo de una tragedia, pero algo hubo. Alguien aró la tierra, seguramente entre semana porque no recuerdo haber estado en ese proceso, y si nos tocó estar en la siembra. Con un bote de leche nido lleno de maíz amarrado a la cintura, signo de la modernidad que sustituía, según escuchamos, a los pumpos (bules en otras regiones de México) recorríamos los surcos, con la instrucción de dar un paso y soltar cuatro o cinco granos, taparlos con un pie, otro paso, y así hasta que se acabara el bote, de los grandes de a dos kilos de leche, esa era nuestra tarea. Niños al fin, se nos hizo fácil acortar la tarea tirando diez, quince granos en lugar de cuatro o cinco. Fue caer las primeras lluvias, brotar el macizo de milpas amontonadas de diez en quince y recibir una santa regañada. Nos salió barato. Después de las primeras lluvias, volvimos a las katanas, para limpiar la milpa de las hierbas silvestres que competían ferozmente con ellas. De nueva cuenta la regamos, pues no le medíamos del todo y nos llevábamos entre katanazo y katanazo uno que otro grupo de milpitas. Para evitar el regaño les hicimos sus montoncitos de tierra y las dejamos muy paradas. Nuevo error de novatos, porque antes de tres días se habían secado las muy ingratas, delatándonos en su amarillez.
Total que a pesar del amontonamiento y los katanazos, la milpa creció. Recuerdo cuando hubo elotes, y nos fuimos los puros hombres, como siempre, al rancho, por primera vez en la vida, viendo a mi padre y mis tíos llevar unas ollas. Llevamos además un frasco grande de mayonesa. Llegamos, hicieron un fuego, pusieron a hervir algunos elotes y asar otros y fue un verdadero banquete.
Pasaron otras semanas y llegó el tiempo de la pizca. Esa tarea si que está de la chingada. Las milpas están, claro, secas. Es decir, caminas entre ellas y quedas todo aguatado, lleno de aguate, que son los pelitos de las hojas, que te provocan una comezón insoportable, que sólo pasa cuando te bañas y te tallas a conciencia. Te acercas a la milpa y la agarras descuidada del punto en que se une la mazorca con la caña, del cogollo digamos, le das un tirón hacia abajo haciendo palanca con la mano con que la tienes agarrada, y en ese punto el que no debe estar descuidado eres tú, porque el cogollo es la casa preferida de los alacranes. A mi nunca me picó ninguno, pero si me tocó ver llorar a un hombre que se decía muy macho, cuando le tocó un alacrán güero en suerte. Juntas cuatro o cinco mazorcas tomándolas de la punta y caminas entre el milperío (aguatándote más) hacia un claro en donde se hacen montones, que envueltos en una red de ixtle son sacadas hacia el camino. Ya en casa las pelas, quitándoles el totomoste de una pieza, metiendo un pulgar por el centro, luego el otro y jalando la pura mazorca hacia afuera. Al segundo día de esta tarea se te borran las huellas digitales. La desgranada es fácil, con un olote en una mano haces presión sobre una mazorca y ves como van cayendo los granos. Es fácil y entretenido, porque lo haces sentado y platicando, cambiando nomás cada cierto tiempo de postura para no entumirte.
Entre las malas experiencias recuerdo unas muy buenas. La pausa que se hacía en el trabajo a eso de las once o doce de la mañana para tomar pozol era un verdadero remanso de calma, arrullados por el canto de las cigarras, que va creciendo creciendo hasta que se hace uno sólo sostenido. Como ya les platiqué, a mi el que me gusta es el pozol de cacao, que además es menos riesgoso. Está por ejemplo el caso del Abel, unos de los jornaleros que trabajó con la familia toda la vida. Él prefería el pozol blanco, que como les dije, se toma con un puño de sal en la mano, trago de pozol, lamida a la sal. Resulta que agarró sal de un saco que estaba en la casita del rancho, se echó su trago de pozol, su lamida de sal y casi se muere, primero de la impresión y luego del envenenamiento, no era sal, era fertilizante. Con el pozol de cacao no hay riesgo, si tienen oportunidad de probarlo, no se olviden de menearlo y todo estará bien.
Neta, sin maíz no hay país ¿Ya se dieron cuenta de todo lo que perdemos?
martes, 2 de agosto de 2022
Por favor añada a la exposición de motivos
Porque quiero compartir con Adriana desde la profundidad de la palabra escrita, con la absoluta certeza de su tierna presencia, siempre, de su compañía total, del amor que siento por ella.
Por el que viene, que muy probablemente será Víctor por Jara, y Manuel por Rodríguez (y si no, le añadimos más a esto) porque nacerá cuando nació la patria, porque con esperanza lo esperamos.
Por Joaquín, porque entre sus canciones preferidas está "Cautivo de Til Til" (de ahí el nombre de su hermano, con la esperanza de que le haga un espacio en la familia), porque recuerdo extasiado el otro día cuando me invitó a jugar al guerrillero de la libertad, el gusto que me dio y la preocupación por su futuro: o cambiamos este mundo o tendrá que seguir jugando a eso siempre.
La labor de Javier Sicilia
Les ruego, señores, contestar a este petitorio
pues a veces pienso que las fuerzas se me acaban
y temo no poder seguir en esta búsqueda.
Olga Cecilia Cecanti de Nugha
carta enviada a la CONADEP
Informe "Nunca Más"
Ernesto Sábato
Hace casi tres meses que llegué a la casa y Adriana me dió la noticia que ocuparía los titulares en los días siguientes: habían matado al hijo de Javier Sicilia, que llevaba por nombre Juan Francisco. Ahí me enteré que Sicilia era poeta. Yo lo "conocía" nada más de sus colaboraciones semanales en Proceso. A veces coincidía con sus opiniones, a veces no. Siempre coincidí con el colofón de sus escritos, ese en el que de forma reiterada ponía el dedo en las llagas del país, señalando casos representativos de lo peor del neoliberalismo y sus efectos. Por las constantes referencias que hace en sus artículos de opinión, busqué información sobre Ivan Ilich. Siempre tuve claro que estaba aliado a la única parte de la iglesia católica que se salva.
Cuando pasó lo que pasó, pensé: -Ahora si se va a armar-, Javier Sicilia no es como los otros. Esa idea quedó bien expresada en el artículo de Ackerman que públicó en la La Jornada. Después de la movilización de los primeros días de abril y de la concentración en el zócalo, se reafirmaron esas ideas, pero comenzamos a matizarlas. Me fue quedando claro que el papel de Sicilia estaba más orientado hacia otras cosas, hacia la búsqueda del consuelo y de la sanación, hacia poner en primera plana las víctimas que sabíamos y sabemos que había y hay cotidianamente en la guerra de Calderón. Hacia la búsqueda de los desaparecidos, que en esos días surgían por cientos de fosas clandestinas. Se me vino a la memoria la labor de Ernesto Sábato en la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) en Argentina, con el Informe Nunca Más, o el papel de Juan Gelman en la búsqueda de sus familiares, al sacar la luz las atrocidades cometidas durante la implementación del Plan Cóndor, con debate público con Sanguinetti, entonces Presidente del Uruguay incluido. En esos días comentamos Adriana y yo que la única posibilidad de salir adelante como nación del horror que nos ocupa, pasaba por un ejercicio similar, de publicación de los horrores y expiación pública por parte de los responsables de la tragedia que nos deja al día de hoy 30 mil muertos y 10 mil desaparecidos.
La primera parte ya se logró, con su punto máximo el día de ayer, y los monumentos y placas que se vengan: las víctimas de esta guerra estúpida comienzan a tener nombre, un nombre limpio además. Ese es un logro no menor, comparado con la idea que prevalecía hace unos meses, en los que opiniones fascistas que abogaban por ejecuciones extrajudiciales se estaban arraigando y generando consensos.
La segunda parte, la que tiene que ver con la expiación pública, está muy lejos de haberse logrado. Antes bien, al contrario: pareciera que Calderón sale fortalecido, que el diálogo se inició y agotó en un día, que la esperanza de justicia está muy lejos.
A lo mejor la explicación se encuentra en el hecho de que en otros países y otras épocas, el reconocimiento y la imputación de las responsabilidades pasaba por la salida de los principales responsables del poder.
Seguimos esperando.
La labor de Elba Esther Gordillo
Sacaremos ese buey de la barranca
sacaremos ese buey de la barranca
de la barranca sacaremos ese buey
Canción Popular. Escuchada miles
de veces durante las movilizaciones
magisteriales de 1979.
¡Vanguardia rastrera, de Chiapas se va pa´ fuera! Esta es probablemente la primera consigna que recuerdo. Esa y el parque central del pueblo tomado durante interminables tardes en las que se sucedían los oradores del sindicato magisterial gritando vivas al pueblo y mueras al gobierno y al charrismo sindical. Era el año de 1979, era Chiapas, centro del movimiento que diera origen a la Coordinadora Nacional de Trabajores de la Educación (la CNTE) que agrupa hasta la fecha a los maestros disidentes al oficialismo que ha dominado el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (el SNTE). Desde Chiapas se extendió la CNTE hacia Oaxaca, Guerrero, Michoacán, el Valle de México, Zacatecas, Tlaxcala. Después de una paulatina maduración que se hizo con las alianza con las luchas campesinas de principios de la década de los ochenta y se fogueó en las huelgas que atravesaron mis primeros años en la primaria, en 1989 generó una movilización en buena parte del país, que tuvo como colofón la salida del líder vitalicio de Vanguardia Revolucionaria, Carlos Jongitud Barrios, mentor de Elba Esther Gordillo, y su antecesor en el gobierno corporativo y mediatizador del mayor sindicato de latinoamérica. Como ya es sabido, impulsada por Carlos Salinas de Gortari, Elba Esther le entró al quite en lugar de quien la había encumbrado, marcando el sello de lo que sería su gestión: la traición, el engaño, la impunidad.
En el tiempo que lleva al frente del SNTE nos hemos enterado de muchas cosas que la retratan fielmente: la manipulación legal del Sindicato para estar siempre al frente en contra de lo que marca la legislación laboral en México. Su operación política a favor de los poderosos, todavía recuerdo la conversación que publicó Reforma en su momento, en la que se ponía a las órdenes de Roberto Hernández para empujar la reforma fiscal y energética (... La laboral ¿No? -Preguntó solícita- Y Roberto Hernández le contesta, conciente de sus prioridades: -La laboral no tanto, yo te diría que los impuestos y la parte energética. -Ajá, muy bien-, cierra Elba Esther la conversación. (Anexo 20 en esta liga). La misma operación política en favor del fraude de 2006, con sus llamadas a los gobernadores del PRI, recomendándoles vender su apoyo a Felipe Calderón. Su operación desde la lotería nacional, el Issste y la subsecretaría de educación, espacios que le cedió Calderón en pago de sus servicios. La investigación de Proceso que arrojó que tiene por lo menos 64 bienes inmuebles a su nombre. En suma, Elba Esther Gordillo como retrato de la clase política actual, al servicio de los grandes empresarios y del suyo propio.
Desde que Elba Esther Gordillo salió a decir que si, que negoció con Calderón en 2006 y que que tiene de malo, se desató una andanada de artículos en su contra, incluyendo a las plumas bien portadas que antes no se animaban a lastimarla ni con el pétalo de una crítica constructiva.
Es obvio que la salida de la señora no fue en falso. Como se ha sabido por versiones de prensa, molesto por el apoyo que perfila hacia Enrique Peña Nieto y no hacia su delfín, Calderón le insinuó en enero pasado que se estaba acercando el tiempo de su retiro. Así que es obvio también que las declaraciones de Elba Esther fueron advertencia, recordatorio y comercial. Advertencia hacia Calderón y el grupo en el poder, para que sepan que está dispuesta a revelar lo que sea menester, para no caer sola. Recordatorio de lo que le deben, desde el 2006 y durante estos 5 años de gobierno. Y comercial para que sepan que está dispuesta a aliarse con quien sea que le garantice la impunidad a la que está tan acostumbrada. La advertencia no surtió efecto del todo porque se recrudecieron los ataques en su contra, con el mensaje explicíto de que ya llegó su hora. El recordatorio sirvió para exponer la podredumbre de Vázquez Mota, Yunes y el propio Calderón. Y el comercial fue cogido al vuelo por el dirigente del PRI, que sin rubor alguno dijo que si, que ellos se alían con la señora, que como no, con mucho gusto.
Hasta poco antes de eso, todo pintaba bien para la dirigente del sindicato magisterial. Yo no sé ustedes, pero a mi no me dejaba de sorprender tamaño cinismo cada vez que salía en la tele o en la radio con el nieto (así, con minúscula) invitando a la lectura. O cada que veía su programa ese de concursos. O cada que pasaba por el elefante blanco y ostentoso que tiene acá en Mazatlán, un Centro de Convenciones de primer mundo que facturó a cuenta del Sindicato y que está exclusivamente al servicio del gobierno del estado y de la iniciativa privada, como todo lo que ella toca.
Elba Esther es previsora. Conciente de lo que se venía, sustituyó el 8 de junio pasado al que había sido el Secretario General del SNTE desde el 2000, a Rafael Ochoa. Digamos que se vio en el espejo de lo que le pasó a Jongitud Barrios, y cortó cabezas que pudieran sucederla antes de la confrontación pública que ahora se está viviendo.
En ese escenario, a pesar de todo lo que se ha dicho en su contra en estos días, su salida de la escena se ve díficil. Acuerpada desde ya por el PRI, cortejada de forma indirecta por Marcelo Ebrard, acreedora del ejecutivo federal, con un partido político y una federación de sindicatos a su servicio y criaturas suyas, es probable que la veamos salir de la primera línea del sindicato, pero no del poder. Otro punto central de la cuestión es que en esta ocasión, los golpes vienen de arriba, de un muy disminuido Felipe Calderón que trata de hacer como que gobierna y decide al estilo de Salinas de Gortari, pero muy lejos de la efectividad de aquel. En la medida en que no exista una movilización masiva de las bases magisteriales que aprovechen la coyuntura, Elba Esther podrá retirarse estratégicamente pero no caerá. El factor principal de todo este asunto, es que volteemos para donde volteemos, no vemos a los maestros.
¿Dónde está la CNTE?
Un cuento
Kalimán y Solín contra los monstruos
Comentaba en otro espacio que el sol de Berriozábal de los domingos era distinto. Como que se detenía en el cielo, en el punto más alto, con una luz más nítida que la cotidiana, suspendida de las notas de la marimba que invariablemente se oía a lo lejos, con el “Celebremos con gusto señores, este día de placer tan dichoso” que igual podía ser de una fiesta que de un funeral, con los deudos cumpliendo contra su voluntad con el último, irónico, deseo del difunto. Herederos de la tradición anticlerical de los valles centrales, nosotros nomás no íbamos a misa los domingos, de hecho no íbamos a ningún lado, era un día verdaderamente de no hacer nada. Y entonces no me quedaba más remedio que tirarme sobre la cama y dejar que pasara el tiempo, con el sol que quemaba y no, y la música que estaba y no, y la tristeza inexplicable que llegaba y se quedaba todo el maldito día. Para acabarla de chingar los domingos no pasaba Kalimán en la radio, los primos nos salían y las revistas que teníamos desde el lunes pasado ya les habíamos dado un chingo de vueltas y nos había nada más que hacer con ellas. O sea que los domingos no me gustaban nadita.
El sol de todos los días era bien distinto, más vivo, se movía contigo a donde fueras, de la casa a la escuela con las diez cuadras corridas para no llegar tarde, pues si llegabas un minuto después de las 8 el Boanerges se divertía dejándote fuera mientras se hacía la formación de todos lo grupos, y luego nos dejaba entrar en filita, para darle una vuelta corriendo a la plaza cívica, pasando frente a él, que vara en mano iba dándole un fustazo a cada uno. No conozco los nardos, pero cada que escuchaba “Varita de nardo” en la consola de la casa, en el disco de la Rondalla Tapatía que mi papá ponía mil veces, pensaba en la vara del director de la primaria, pendiente de nosotros, que llegábamos tarde casi siempre. Nos acompañaba pues el sol en la escuela, corriendo con nosotros en el recreo, haciéndonos sudar muchísimo, para asco de la maestra Tere, que nos decía frunciendo la nariz, Deberían de Quedarse Tranquilos en el Recreo, Después es una Peste que no se Aguanta, y nos ponía cualquier cosa de planas o copiar lecturas del libro, y se iba a la dirección a platicar. O sea que el sol de todos lo días era nuestro aliado, nos seguía pues llenándonos de energía. Salvo cuando se ponía de parte del Boanerges y los maestros, cuando decían que Les habías Faltado al Respeto, sin que pudiéramos distinguir la más de las veces en que consistía eso. Entonces había de dos, o te hincaban sobre corcholatas mientras te calcinaba el sol después del recreo, o te hincaban con los brazos levantados cargando unos ladrillos, también dejando que el sol, el dolor y el cansancio te llevaran al borde del desmayo. Es que son muy Salvajes, decía el Boanerges, Solo Así Entienden.
Pero si no pasaba eso, el sol estaba esperando a que sonara la campana casi a la una, y entonces era salir corriendo, mis primos, mi hermano y yo a casa de la abuela, para llegar apenas con Kalimán empezando, cuando el narrador decía Y como Kalimán el Propio Kalimán, para recitar luego lo que era nuestro credo Caballero con los hombres, Galante con la mujeres, Tierno con los niños (aquí mi corazón latía acelerado) Implacable con los malvados, Así es… Kalimán, el Hombre Increíble. Y venga entonces a viajar por tierras lejanas, acompañando a nuestro héroe en su lucha contra los vampiros encabezados por el conde Bartok, que se sentaba frente al piano y tocaba Kalimán, contra el conde Bartok, Tararán, Tararara Tarán. Sentías como se te ponía la piel chinita y casi casi era como si fueras Solín, desesperado ante la magnitud de las catástrofes probables, mientras el hombre increíble te decía Serenidad y Paciencia mi Pequeño Solín, Mucha Paciencia. Pensaba entonces que como chingados no iba a guardar la calma el señor, con todos los poderes que tenía, hipnotizaba a sus enemigos, los dominaba con el poder de la mente, podía fingirse muerto y que no oyera su corazón ni se sintiera su respiración, tenía fuerza sobrehumana y un valor a prueba de todo. Así quien no. Pero el pobre Solín, que era el que todos agarraban de rehén, dejaban colgado sobre los cocodrilos, tiburones o peligros varios para distraer a Kalimán, pues es de suponer que luego de unos meses tuviera los nervios destrozados.
Total que a dos cuadras de la casa de mi abuela había un baldío de casi una manzana, nuestro por derecho de ocupación, y allá íbamos mi hermano Toño y yo, y nos encontrábamos al Chuy y al Carlos, hijos de mi tío Chu, nomás en cuanto se pasaba la hora de la siestecita que tomábamos después de comer. Resulta entonces que a eso de las cuatro ya estábamos listos para la batalla, y como siempre, la bronca era decidir quien era quien en el juego. El Chuy, que tenía 8 años, siempre quería ser el Kalimán y nos echaba unas miradas de tormenta para que lo dejáramos, y si el Carlos se ponía de su lado, pues ni modos, ellos eran los buenos y nosotros a chingarse pues ¿Dónde se ha visto que el conde Bartok le gane a Kaliman? Para acabarla de joder, yo como tenía 6 años y era el más chico, ni a conde Bartok llegaba, nomás a vampirito chalán que invariablemente era el primero en morir. Pero si el Chuy no se aferraba en ser Kalimán, si estaba de buenas, había chance de que se echarán un disparejo entre Carlos, mi carnal y él, y el que ganara podía elegir, es decir, podía ser Kalimán. Y si ese era mi carnal pues entonces yo ascendía en un salto cualitativo de vampiro chafa a Solín, el de los nervios destrozados que enfrentaba todos los peligros. En esa posición, por lo menos podía aspirar a no morir primero, aunque entonces moría invariablemente en segundo lugar. Por supuesto el Chuy era el último en morir, salvo las raras ocasiones en que mi carnal y el Carlos se ponían de acuerdo y entonces cuando el Chuy decía Ya te Maté, desde la plena subjetividad de jugar con armas invisibles, los otros le decían No, No es Cierto, No me diste, o No me Cayó el Árbol Encima, que eran los métodos más frecuentemente utilizados para matar al enemigo.
Después a la casa, y antes de dormir me ponía a pensar en como sería la vida del Solín verdadero, el que andaba con Kalimán, con la esperanza de ser un día el Solín en turno, como ahora lo era Luis de Alba. Siempre me intrigaba como era eso de que Solín tenía otro nombre, y me emocionaba la posibilidad de crecer y ser como el reportero que andaba con Kalimán para arriba y para abajo, grabando todo, y metiéndole un poco de su propia cosecha. Me imaginaba que el reportero mandaba los cassetes grabados a la radio, y me preocupaba la posibilidad de que los malos se conjuraran y secuestraran el envío, dejándonos a los miles de radioescuchas sin saber que pasaba.
Un día, llegó mi papá a la casa de vuelta de un viaje de Chetumal, con un par de cosas que cambiarían nuestras vidas. La una era un radiecito anaranjado, chiquito a más no poder, que funcionaba tan bien como la mega consola que ocupaba media sala. Lo primero que pensé fue Se Acabaron las Corridas de Regreso, me Llevo el Radiecito a la Escuela y nos Detenemos en el Parque, Oímos Kalimán y Luego Llegamos a Nuestras Casas. Estaba en esas cuando oí que mi papá me decía Y Tú Joaquín ¿Entendiste? El Que, le dije. Que Dije que si Sacan el Radio de mi Cuarto les Pongo una Fajeada, dijo mi papá, y tomando nota de que los planes se complicaban, Entendido, contesté. La otra cosa, esa si más sorprendente, era una tele de 12 pulgadas, blanco y negro, como todas las que había visto hasta entonces. En el pueblo era fácil ubicar las tres casas donde había tele, todas alrededor del parque, las casas de la gente de dinero, los que controlaban el comercio y se rolaban la presidencia municipal. Las ubicabas fácil decía, por el grupo de niños hipnotizados que se amontonaban en la puerta viendo las figuritas que pasaban en la pantalla, dejando que las tortillas se enfriaran en el morral, alelados por la magia de la pantalla, al grado de ignorar el riesgo de golpiza paterna que el retardo acarreaba. Y hasta allá veías que llegaban las mamás encabronadísimas gritando Hijo de la Gran Chingada, Te dije que no te Fueras a Quedar Idiotizado, al tiempo que volvían a la vida a sus retoños con un jalón de pelos. Eso hacía reaccionar a dos o tres que se reconectaban con la realidad y salían hechos la raya para sus casas, hasta la próxima mamá que se aparecía. Alguna vez me había yo detenido en una de las mentadas casas con tele, pero nunca le había encontrado el chiste, siempre me tocaba ver a unos señores muy serios hablando de cosas que no entendía, prefería sin lugar a dudas la realidad de la radio, con sus grabaciones de Kalimán tomadas desde el mismísimo lugar de los hechos, y como Kalimán, al propio Kalimán. La perspectiva cambió ligeramente cuando tuvimos la telecita en casa, pues se enriqueció nuestra visión de la vida. Además, como parte de la competencia soterrada y cotidiana entre mi papá y mi tío Chu, aquel vendió una vaca y compro a su vez una tele, lo que nos permitió mantener los puntos de contacto con los primos. Comprendimos entonces como estaba la onda de los canales, había dos, el TRM, que le decíamos Tambito Rellenado de Mierda, por la programación que no nos gustaba en absoluto, y el canal 13 que aportó dos cosas a nuestra vida, La Abeja Maya y Félix El Gato, el Único Único Gato, reduciendo y retrasando nuestras estancias en el baldío. La televisión le puso además, un reloj a nuestras vidas. Antes de su llegada te levantabas, ibas a la escuela, corrías recibiendo los varazos por haber llegado tarde, las clases, el recreo, las clases de nuevo, la salida, Kalimán en la radio, comida, siesta, y juegos en el baldío hasta el anochecer. Ahora entendimos que había horas para todo, nos levantábamos a las siete, llegábamos tarde a la escuela a las 8 cinco, salíamos antecito de la una, a la una empezaba Kalimán, comíamos como a las dos, nos dormíamos y nos despertábamos a las 4 que empezaba la Abeja Maya, hasta las 4 y media que seguía Félix el Gato, el Único Único Gato. Serían como las 5 y cachito cuando salíamos a jugar, hasta la noche, que podía ser a las 6 o las 7, según la temporada del año.
Y como abandonamos la plaza, está fue tomada. Un día como cualquiera llegamos al baldío y estaba ocupado, por los 5 hermanos que eran los hijos del peluquero, los pelones Gutiérrez, les decíamos despectivamente, las escasas ocasiones en que nuestros caminos se cruzaban, cuando un balón de acá para allá o viceversa nos obligaba a dirigirnos la palabra. El mayor de los pelones tendría como 8 años, y de ahí en marimbita descendente con un año de diferencia, de 7, 6, 5 y el pequeño de 4. La toma del baldío por los pelones tuvo un efecto unificador inmediato, se acabaron las discusiones entre mi carnal y los primos sobre quién era Kalimán. Yo, como les dije, estaba fuera de toda discusión al respecto. Quedó claro que Kalimán era el Chuy, el mayor y más vivido, el que iba en tercero, y que todos lo demás éramos los Solines, ayudantes y aprendices de la primesca sabiduría. Al terminar Félix el Gato, el Único Único Gato, tuvimos un consejo de guerra donde planeamos la recuperación del baldío, un consejo donde por primera vez yo tenía voz, aunque yo hablaba y los demás volteaban a ver al Chuy para ver si me miraban con cara de Que Pendejo Eres, o con cara de Hasta que Dices Algo Bueno. Decidimos en Consejo, por idea mía recurrir a los olotes desechados por mi tía Gervasia, la solterona que vivía con la abuela, que se sostenía de vender elotes frente a su casa. Vendía elotes enteros y también esquites, y de la venta de estos últimos resultaba una buena provisión de olotes pesados, que juntamos como parque para la primera batalla. Los pelones, cuyo peluquero padre venía de un pasado reciente como campesino jornalero, tenían tiradores, con una buena y resistente horqueta, con hule de cámaras de llantas desechadas, y como pudimos comprobar literalmente en carne propia, con una puntería de la chingada, por lo menos para nosotros. Así que apenas estuvimos a tiro en los lindes del baldío, y nos empezaron a llover piedras de todos tamaños, y emprendimos cobardemente la huída. Con un rasgo de valor nacido del orgullo mancillado el Chuy se volteó y le dijo Con que con Piedras eh Cabrones Pelones, Mañana Verán. Mi corazón, ya de por si agitado, latió más rápido cuando oí aquel viril reto, mañana sería el día decisivo. Al día siguiente coincidimos todos en casa de la abuela, en torno a la consola, desechamos el radiecito anaranjado de los últimas semanas, en una vuelta a los orígenes en la que esperábamos encontrar la inspiración para la batalla que se avecinaba. Como hacía mucho tiempo, escuchamos el capítulo de Kalimán con particular concentración, sin hablar casi, intercambiando miradas de entendimiento cuando Kalimán se echaba una de sus frases que entendíamos iban dedicadas a nosotros en el duro trance que nos esperaba. Cuando dijo Siempre hay un camino cuando se usan los ojos de la inteligencia, volteamos al unísono a ver al Chuy, y el asintió con gravedad. Todo estaba listo. Fuimos cada quien a su casa a comer, con la promesa de vernos nomás al despertarnos de la siesta, sin parar mientes en abejas ni gatos. Hoy era el todo por el todo, ya habría tiempo para la tele al día siguiente. A las 4 nos vimos en la casa de mi tío Chu. El Chuy nos llamó a un aparte y nos dijo Tengo Todo Listo, si Quieren con Piedras con Piedras Será. Enseguida sacó una cucharita de plástico, de esas desechables de las fiestas, y nos comentó que se le había ocurrido a él solito, usar las cucharitas como catapultas, para aventar unas piedritas así, minúsculas. Uta, que Vivo este Cabrón, pensamos todos reflejando en nuestro rostro el asombro ante la idea genial que nos era explicada. Hasta el momento mi duda era como nosotros, hijos de comerciantes con ínfulas de ganaderos, le haríamos para impulsar las piedras y no quedar en desventaja. El dilema estaba resuelto, así que enfilamos hacia el baldío, cada quién con dos cucharitas, una de repuesto, y un montón de piedritas. La situación no podía ser mejor, el terreno se veía desierto, creímos que habíamos llegado primero y que la defensa sería más fácil que la toma. Apenas estábamos sentando debajo del palo de mango, cuando nos empezaron a llover piedrotas, así, mayúsculas. Los pelones habían llegado primero y nos esperaban arriba del árbol, desde donde nos masacraban. Decidido a vender caro el pellejo, preparé una cucharita con su piedra, y cuando estaba a punto de aventarla tuve una sensación extraña. Me había quedado sólo, los demás llegaban casi a la esquina. Me armé de serenidad y traté de disparar, y la cucharita inútil salió volando junto con parte del pellejo de mi pulgar, que se fue con una piedra de respetable tamaño que me tiraron del árbol. Corrí entonces, con lágrimas en los ojos, un poco por el dolor, otro poco por la convicción de que mi kalimanesco primo era un pendejo, y más pendejos habíamos sido nosotros por haber pensado en que las jodidas cucharas servían para nalgo, y un mucho porque me habían abandonado sobre el terreno. Kalimán nunca habría hecho eso.
Llegué a mi casa, mi mamá me curó con azul en espray, del que usaban para los perros y que ardía muchísimo, me imagino que para que escarmentara. No paró de repetirme mientras la tortura se llevaba a cabo que me lo merecía, si en la tele había caricaturas y comedias, que para que fregados quería andar en la calle. Me quedé pues en el regazo materno, viendo una película. En un cierto punto de la película uno de los protagonistas trataba de ganarse un premio que estaba en lo alto de un palo ensebado, y la gente coreaba Sube Pelayo Sube, Sube Pelayo Sube, junto con un güero deslavado disfrazado de gachupín. Entonces, como si no estuviera dándome la puntilla, mi madre me dijo Ese Pelayo es el que Hace la Voz de Kalimán. Noo, le Dije, Como Kalimán Sale el Propio Kalimán. Demoledora, mi santa madre confirmó Ay Hijo, Como Serás Pendejo, Kalimán no Existe, son unos Actores que Leen las Historias Frente a un Micrófono.
Desde ese día, mi rutina cambió un poco, después de la siesta veía la Abeja Maya, después Félix El Gato, y después las comedias, como le decía mi mamá a sus telenovelas.
Ah, nunca volví a escuchar Kalimán, ni en el radiecito ni en la consola de la casa de la abuela.
lunes, 9 de diciembre de 2013
La casa de mis sueños
Cuando desperté estaba en un edificio grande de vidrio reluciente
y escaleras, donde un montón de gente caminaba presurosa, con cara de ir a
algún lado o quehacer muy importante. Los hombres estaban vestidos de traje
negro y camisa blanca. Las mujeres también, pero con falda y tacones que hacían
resonar contra el cristal del piso. Cada cinco pasos hombres y mujeres veían
con apremio su reloj y apretaban el paso y las
mandíbulas, conscientes de que llegaban todos tarde.
Aquí trabajo, pensé.
Vi hacia fuera, justo enfrente estaba un bosquecito sobre una pendiente,
con una escalinata que te llevaba a una fuente y la rodeaba para desembocar en
una casa. No había duda: era la casa de mis sueños. Me llené de orgullo porque
vista desde fuera la casa se alzaba en la colina, con el campo de fútbol de la
primaria de un lado, y el arroyo de San Cristóbal donde estaba el rosal gigante
del otro. Y en medio toda ella, con sus paredes de ladrillo y piedra, viejas
pero bellas y su puerta de madera. Al frente no tenía ventanas, nada más la
puerta que tocaba casi el techo de dos aguas, limitada por las vigas
gigantescas que detenían el resto de la estructura sobre la que descansaban las
tejas de barro, olorosas, ordenadas. Esa, definitivamente, es la casa de mis
sueños, pensé.
Estaba casi dispuesto a parar alguno de los transeúntes para
decirle sonrisa de por medio, mira, esa es la casa de mis sueños, cuando
comenzó a temblar. No era la suave oscilación del temblor del año de 1989 que
me despertó soñando que estaba en una hamaca, no. El suelo trepidaba
encabronado, mientras yo veía incrédulo que los hombres y mujeres apresuraban
el paso pero sin gritar, ni mirarse ni nada, mientras empezaban a chocar unos
con otros por las prisas y el temblor que arreciaba, y en ese momento caí en
cuenta que no sabía donde estaba Ella, y que mis hijos estaban en la casa de
mis sueños, y que cada vez temblaba más fuerte en el edificio de cristal, y que
tenía que ir a ayudarlos. Pero también me di cuenta de que hiciera lo que
hiciera, no iba a poder salir de ahí.
Miré entonces mi reloj, me di cuenta de que me estaba retrasando y
apreté las mandíbulas, mientras daba cinco pasos.
Mientras espera
Ha
sido un largo día de vueltas y espera en el aeropuerto. Se supone que
salía a las seis de la mañana, para estar, vía salto de diferencia horaria de
por medio, a las seis cuarenta en Hermosillo, a más de dos mil kilómetros y
después de dos horas cuarenta de vuelo. Pero no. Son las diez de la noche, y
recién apenas parece que va a salir. Más fastidiado que cansado, después del
apagón y los retrasos que le siguieron, el tipo por fin tiene un pase de
abordar; una hora de salida, las once y media; y una puerta de embarque,
setenta y uno de la terminal dos.
Hacia
allá se dirige. Se da cuenta que su natural talante antisocial tomó la
inconciente decisión de sentarlo justo en medio de la fila, con tres o cuatro
asientos libres a cada lado. Con parsimonia deja en la silla de al lado la
bolsa de libros, a sus pies la mochila de la compu, y saca con calma y desgana
el ipod, dudando si buscar algún álbum o artista en particular, poner alguna
lista, o escoger nomás las rolas en orden alfabético y dejar correr la música,
en espera de que algo lo sorprenda.
En
esas está, cuando percibe la presencia de alguien que se ha acercado pareciera
con sigilo hacia la silla en donde está todavía la bolsa de libros. Voltea
apenas hacia la derecha y hacia arriba y percibe a una rubia treintañera
enfundada en dos o tres capas de pana y de gamuza, como para el doble del frío
que realmente hace. Con un suspiro resignado pasa la bolsa de libros de la
izquierda a la derecha y decide no ceder a la tentación y voltear a ver a la
mujer que toma asiento, para evitar el inicio de alguna conversación, que
insulsa o no, no tiene ganas de sostener.
Cuando
el aire que ha desplazado suavemente con su cuerpo la mujer llega hasta él,
siente que casi se marea. Huele a madera y tabaco, con un toque de cereza,
esparcido como barniz sobre piel fresca tostada por el sol. Delicioso.
Excitante. Fascinante. Embriagador, piensa y entiende un poco la pertinencia
del lugar común. Mientras finge interesarse en la música del ipod,
inspira lentamente paladeando con placer cada capa de aire que pasa por su
nariz. En cada respiro trata de memorizar una de sus vetas. En esas está cuando
no puede aguantar más y voltea y le pregunta la rubia ¿a que hueles? A mi,
contesta ella, y con naturalidad extiende la mano hacia él mientras sonríe y
pregunta ¿Querés probar? El tipo mira la muñeca que se le ofrece, y duda entre
darle un beso o una mordida. La imagen que le resulta de la mezcla de ese olor
que casi lo atonta por cercano, con el sabor que recuerda de la sangre le
provoca que se le haga agua la boca.
Sin
poder evitarlo se acerca con la boca abierta, para retomar un poco de
conciencia en el último momento y terminar en un punto medio que se concreta en
una lamida profunda y parsimoniosa. El olor-sabor se le pega a la lengua y
paladar, se le enreda en la garganta, y lo hace sentir estúpidamente enamorado.
En ese momento resuena en la sala el anuncio de la última llamada del vuelo
fulanito con destino a Bueno Aires, en especial para Marina Gambazza, pues se
está removiendo su equipaje por procedimiento de seguridad. La rubia se levanta
y se enfila hacia la puerta 69 de donde sale el vuelo fulanito con destino a
Bueno Aires, y cuando está a punto de perderse para siempre, voltea para
decirle al tipo, bueno, ya sabés mi nombre, espero que podás encontrarme.
Cuando desaparece por la puerta de embarque, el tipo despierta un poco y abre
su computadora, para iniciar el feisbuk y la búsqueda.
jueves, 4 de octubre de 2012
Acá estoy
Realmente no sé si sigo siendo
o cambio de a pocos
si cada pequeña renuncia
o ensanchamiento de los límites
es sólo eso
o también lo otro
Realmente no sé si sigo actuando
o sólo pienso
O pienso que pienso
cuando en realidad
sólo justifico
Realmente no sé sigo acá
o me fui sin darme cuenta
compré boleto
mee subí al tren
y todavía no llego
De verdad
Casi nunca sé
si sigo
río
pienso
O me dormí hace años
y creo que estoy despierto
miércoles, 26 de septiembre de 2012
Como siempre
Como siempre, cuando no sé que hacer o no puedo hacer nada, escribo.
Ayer dije
Que voy a recoger los pedazos
ponerlos en un morral de ixtle
calzarme los huaraches
y recomenzar a andar
Pero en lugar de ixtle tengo plástico
sólo tengo zapatos
y mi andar está cansado
Allá adelante
en la primera curva del camino
la que tuerce hacia el sur
me están esperando
Es temprano o tarde
No lo sé
pero hay neblina como de las seis
La luz que se refleja en las gotas
Puede que se esté yendo
Tal vez venga
No lo sé
Sé que no alcanza a iluminar la aurora
o el atardecer
Tampoco alcanza para saber
si allá está realmente el sur
y los míos...
O el norte frío y cruel
Ayer dije
Que voy a recoger los pedazos
ponerlos en un morral de ixtle
calzarme los huaraches
y recomenzar a andar
Pero en lugar de ixtle tengo plástico
sólo tengo zapatos
y mi andar está cansado
Allá adelante
en la primera curva del camino
la que tuerce hacia el sur
me están esperando
Es temprano o tarde
No lo sé
pero hay neblina como de las seis
La luz que se refleja en las gotas
Puede que se esté yendo
Tal vez venga
No lo sé
Sé que no alcanza a iluminar la aurora
o el atardecer
Tampoco alcanza para saber
si allá está realmente el sur
y los míos...
O el norte frío y cruel
jueves, 26 de julio de 2012
El salto cualitativo
Lo que son las cosas. Hoy 26 de julio de 2012, pasará a la historia como el día en que el movimiento contra la imposición de Peña Nieto dio la vuelta de tuerca, el salto cualitativo y todos los clichés que se les ocurran por el estilo, que serán usados por los que hagan la revisión de las crónicas de estos días.
El primer ingrediente del salto se da con realización de la acción acordada hace dos semanas en Atenco: el #cercoTelevisa, el #OcupaTelevisa, el nadie entra todos salen vuelto una realidad, cuando en algún momento se pensó que la interuniversitaria del #YoSoy132 podría no entrarle. Por lo menos así se vio desde lejos. Pero se armó. Que chido que está saliendo. Gracias, otra vez a @nickops por la transmisión.
Deja tú el ambiente de cumbia y baile, que ya de por sí sería suficiente para estar feliz. Emocionan las consignas que relacionan a Atenco y Wirikuta con lo que está pasando. Ahí. No importa, vale madres que, como grita alguien, falte cubrir en Niños Héroes y Balderas. Lo importante es que pasó, que en la figura de Televisa ubicamos a los poderes fácticos, que pretenden ser gobierno real. Y como decían hace rato, fíjate que no, que siempre no.
El segundo lo puso AMLO. Muchos de nosotrxs lo veníamos diciendo y repitiendo: el 2012 no puede ser como el 2006. Los costos son muy altos y la idea del carácter pacífico y legal del movimiento no debe ser confundida con la pasividad de las marchas que se agotan en sí mismas. Nosotrxs no somos ilegales, el sistema dejó de ser constitucional. Nosotrxs no somo violentos, la violencia es inherente a este sistema. Y ¿Quién si no los jóvenes, los trabajadores despedidos y los campesinos despojados para volver a este país a la legalidad? Y en esa dinámica, Andrés Manuel pone lo que faltaba: la idea del #presidenteinterino.
Como decía Julio Hernández, AMLO sabe que al poner esa idea sobre la mesa se pone él mismo en un segundo plano. Un segundo plano desde el que tal vez no vuelva. Es más, probablemente sea necesario que haga explicito que él no va a las elecciones extraordinarias para que esto se termine de prender y resulte: la invalidez de la elección y un presidente interino que convoque a nuevas elecciones.
Y entonces estaremos más cerca de nacer la aurora, y de hacer que la patria sea buena, y permita el buen vivir de todxs. Que permita que nadie tenga que recibir 500 pesos por su voto. Y dónde el voto sea una pequeña parte de nuestra participación ciudadana. Una patria donde la Constitución y la legalidad estén vivas, aunque para revivirlas tengamos que recrearlas.
Hoy eso está más cerca y el que la posibilidad se vuelva realidad, está en nosotrxs.
El primer ingrediente del salto se da con realización de la acción acordada hace dos semanas en Atenco: el #cercoTelevisa, el #OcupaTelevisa, el nadie entra todos salen vuelto una realidad, cuando en algún momento se pensó que la interuniversitaria del #YoSoy132 podría no entrarle. Por lo menos así se vio desde lejos. Pero se armó. Que chido que está saliendo. Gracias, otra vez a @nickops por la transmisión.
Deja tú el ambiente de cumbia y baile, que ya de por sí sería suficiente para estar feliz. Emocionan las consignas que relacionan a Atenco y Wirikuta con lo que está pasando. Ahí. No importa, vale madres que, como grita alguien, falte cubrir en Niños Héroes y Balderas. Lo importante es que pasó, que en la figura de Televisa ubicamos a los poderes fácticos, que pretenden ser gobierno real. Y como decían hace rato, fíjate que no, que siempre no.
El segundo lo puso AMLO. Muchos de nosotrxs lo veníamos diciendo y repitiendo: el 2012 no puede ser como el 2006. Los costos son muy altos y la idea del carácter pacífico y legal del movimiento no debe ser confundida con la pasividad de las marchas que se agotan en sí mismas. Nosotrxs no somos ilegales, el sistema dejó de ser constitucional. Nosotrxs no somo violentos, la violencia es inherente a este sistema. Y ¿Quién si no los jóvenes, los trabajadores despedidos y los campesinos despojados para volver a este país a la legalidad? Y en esa dinámica, Andrés Manuel pone lo que faltaba: la idea del #presidenteinterino.
Como decía Julio Hernández, AMLO sabe que al poner esa idea sobre la mesa se pone él mismo en un segundo plano. Un segundo plano desde el que tal vez no vuelva. Es más, probablemente sea necesario que haga explicito que él no va a las elecciones extraordinarias para que esto se termine de prender y resulte: la invalidez de la elección y un presidente interino que convoque a nuevas elecciones.
Y entonces estaremos más cerca de nacer la aurora, y de hacer que la patria sea buena, y permita el buen vivir de todxs. Que permita que nadie tenga que recibir 500 pesos por su voto. Y dónde el voto sea una pequeña parte de nuestra participación ciudadana. Una patria donde la Constitución y la legalidad estén vivas, aunque para revivirlas tengamos que recrearlas.
Hoy eso está más cerca y el que la posibilidad se vuelva realidad, está en nosotrxs.
domingo, 22 de julio de 2012
La MegaMarcha
Y cuando empezamos que había pasado otra vez, y nos estábamos acostumbrando al sabor amargo, el nudo en la garganta y la presencia aplastante de la derrota detrás de los ojos, las cosas comenzaron a moverse. Otra vez.
Estuvimos atentos a la Convención contra la imposición en Atenco, de la posición sobre ello del #YoSoy132, del Plan Nacional de AMLO. También de las Redes y las calles, tratando de ver si otra vez la derrota había llegado, o podíamos recuperar la alegría y la esperanza. Viajamos, vimos y participamos en las movilizaciones en Querétaro, apenas dos días después de las elecciones. Leímos y dijimos que sin perder la vista en el largo plazo, teníamos antes que pensar en el aquí y ahora, en la coyuntura que definirá, otra vez, todo. Con la certeza de que una vez que Peña Nieto esté en el poder, viviremos, aún más, en la ignominia de la violencia y simulación. Que la única forma de evitar la imposición es que Televisa y los otros poderes fácticos hagan su balance y vean que es más caro imponer a Peña Nieto que abrir la oportunidad de mejorar un poquito el país, de dejar que las cosas sean como pueden ser, como serían sin contar la compra de votos y conciencias, la perversión de las instituciones a las que no se les pide nada más que garantizar el poco de democracia que son las elecciones.
Y cuando escuchamos aquí y allá en las voces de lxs compañerxs las palabras: resistencia, resistencia. Y las frases "largo plazo" o "ciclo de la historia" nos preocupamos. Porque se parecían a las mismas del 95, cuando pudimos exigir y conseguir la renuncia de Zedillo entre el Barzón, la Intersindical 1° de Mayo, el EZLN y los demás daminificados de la crisis y del neoliberalismo salinista, del primer gran remate de la patria. Y no lo exigimos y no lo conseguimos ¿Saldo? Remate de ferrocarriles, FOBAPROA. Y con la resistencia logramos parar el intento de reforma constitucional que permitiría privatizar a Luz y Fuerza y CFE. Pero sólo para saber años después que la mitad de la energía eléctrica la producían las compañías españolas.
Y otra vez en el 2006, pensamos en la resistencia y largo plazo, y no exigimos y no conseguimos que la elección se anulara. Nos fuimos a Reforma y no a las carreteras. Nos quedamos en casa rumiando la derrota, pensando en la resistencia de La Otra, en el largo plazo y en la historia. Y cuando se intentó privatizar PEMEX los detuvimos. Pero sólo para saber años después que si se hicieron "parcelas" y contratos de servicios múltiples y PIDIREGAS. Pero eso es lo de menos. En estos seis años nos enteramos de a poquitos que el país se estaba desplomando, cayendo en el agujero más negro de su historia con 60, 80 mil muertos. Con decenas de miles de desaparecidos. Con decenas o cientos de miles de desplazados por la violencia. Casi sin futuro ni viabilidad como país, casi sin nada más que el miedo y la derrota a cuestas.
Así que bien por la megamarcha. Estuvo chida, me regresó desde hace unos días alegría, esperanza, claridad para tomar decisiones. Pocas veces recuerdo, si no es que ninguna, en dónde tanta gente en tantos lados se haya movilizado con tan sólo una demanda tan concreta: no a la imposición. Así que nos vamos a dormir con la certeza de que algo tiene que pasar. Pero también de que no pasará nada si esto es lo más que hacemos. O mucho más pero igual. Si confundimos el carácter pacífico de este movimiento con pasividad y falta de ingenio. Si la protesta se queda y se agota en la calle y en la plaza. Si les resulta más barato a los que tomaron la decisión de imponer a EPN escucharnos y rodearnos y esperar el desgaste, continuar con la compra de conciencas, y despedirse o estrenarse con la represión. O si piensan que esta vez va en serio. Que cuando decimos no otra vez, no estamos pensando en la resistencia a 6 o 10 años, sino que estamos hablando de los próximos días. Que cuando decimos que vamos a construir el país desde abajo, con visión de largo plazo y democratización de lo vida y de los medios, nos referimos a que vamos hacerlo, pero sin Peña Nieto en la presidencia.
Si, como siempre la Razón y la Historia están de nuestro lado. Es más, tal vez nunca antes haya sido tan claro. Por lo menos en lo que nos ha tocado vivir y actuar, en los últimos veinte años. Y en estos días que me encuentro con la gente de ayer, y la de hoy, y la del norte y la del sur, y la de más al sur en la Patria Grande, me doy cuenta que hasta ahora, hemos perdido. Por madriza además. Nos han machacao, como dice una amiga de Madrid. Una madriza. No tenemos hoy más organización que ayer. Hemos perdido derechos y ganado en deudas y obligaciones. Nuestro suelo y subsuelo dejó de pertenecernos. Si la Patria era la de sobrevivencia o subsistencia, no nos han dejado ni eso. Nuestro presente fue lucha, pero este futuro no es nuestro.
Así que pasan los días y no puedo dejar de pensar en que ya me cansé de tener la Razón y la Historia. En que ya me cansé de resistir y parar algunas iniciativas privatizadoras. En que estoy realmente harto y hasta la mera madre de ver como el país se cae y se desmorona. Ya me cansé del largo plazo y los ciclos de la historia. Me doy cuenta pues, que quiero una victoria real hoy. Una anulación de las elecciones. Unas nuevas elecciones sin intervención de las televisoras y los poderes fácticos. Una patria un poquito menos jodida en la que podamos juntarnos sin miedo, y ensayar, ahí si, el nacimiento de la aurora.
Hoy. No hay después, no hay futuro, no hay resistencia que valga para mañana, si no logramos parar esto. Si no logramos abrir una ventana para ver el futuro. Si no logramos comunicarnos y encontrarnos y actuar con la claridad de lo que está en juego. Si no sumamos y nos sumamos. Si no arriesgamos. No hay mañana.
Hoy.
Estuvimos atentos a la Convención contra la imposición en Atenco, de la posición sobre ello del #YoSoy132, del Plan Nacional de AMLO. También de las Redes y las calles, tratando de ver si otra vez la derrota había llegado, o podíamos recuperar la alegría y la esperanza. Viajamos, vimos y participamos en las movilizaciones en Querétaro, apenas dos días después de las elecciones. Leímos y dijimos que sin perder la vista en el largo plazo, teníamos antes que pensar en el aquí y ahora, en la coyuntura que definirá, otra vez, todo. Con la certeza de que una vez que Peña Nieto esté en el poder, viviremos, aún más, en la ignominia de la violencia y simulación. Que la única forma de evitar la imposición es que Televisa y los otros poderes fácticos hagan su balance y vean que es más caro imponer a Peña Nieto que abrir la oportunidad de mejorar un poquito el país, de dejar que las cosas sean como pueden ser, como serían sin contar la compra de votos y conciencias, la perversión de las instituciones a las que no se les pide nada más que garantizar el poco de democracia que son las elecciones.
Y cuando escuchamos aquí y allá en las voces de lxs compañerxs las palabras: resistencia, resistencia. Y las frases "largo plazo" o "ciclo de la historia" nos preocupamos. Porque se parecían a las mismas del 95, cuando pudimos exigir y conseguir la renuncia de Zedillo entre el Barzón, la Intersindical 1° de Mayo, el EZLN y los demás daminificados de la crisis y del neoliberalismo salinista, del primer gran remate de la patria. Y no lo exigimos y no lo conseguimos ¿Saldo? Remate de ferrocarriles, FOBAPROA. Y con la resistencia logramos parar el intento de reforma constitucional que permitiría privatizar a Luz y Fuerza y CFE. Pero sólo para saber años después que la mitad de la energía eléctrica la producían las compañías españolas.
Y otra vez en el 2006, pensamos en la resistencia y largo plazo, y no exigimos y no conseguimos que la elección se anulara. Nos fuimos a Reforma y no a las carreteras. Nos quedamos en casa rumiando la derrota, pensando en la resistencia de La Otra, en el largo plazo y en la historia. Y cuando se intentó privatizar PEMEX los detuvimos. Pero sólo para saber años después que si se hicieron "parcelas" y contratos de servicios múltiples y PIDIREGAS. Pero eso es lo de menos. En estos seis años nos enteramos de a poquitos que el país se estaba desplomando, cayendo en el agujero más negro de su historia con 60, 80 mil muertos. Con decenas de miles de desaparecidos. Con decenas o cientos de miles de desplazados por la violencia. Casi sin futuro ni viabilidad como país, casi sin nada más que el miedo y la derrota a cuestas.
Así que bien por la megamarcha. Estuvo chida, me regresó desde hace unos días alegría, esperanza, claridad para tomar decisiones. Pocas veces recuerdo, si no es que ninguna, en dónde tanta gente en tantos lados se haya movilizado con tan sólo una demanda tan concreta: no a la imposición. Así que nos vamos a dormir con la certeza de que algo tiene que pasar. Pero también de que no pasará nada si esto es lo más que hacemos. O mucho más pero igual. Si confundimos el carácter pacífico de este movimiento con pasividad y falta de ingenio. Si la protesta se queda y se agota en la calle y en la plaza. Si les resulta más barato a los que tomaron la decisión de imponer a EPN escucharnos y rodearnos y esperar el desgaste, continuar con la compra de conciencas, y despedirse o estrenarse con la represión. O si piensan que esta vez va en serio. Que cuando decimos no otra vez, no estamos pensando en la resistencia a 6 o 10 años, sino que estamos hablando de los próximos días. Que cuando decimos que vamos a construir el país desde abajo, con visión de largo plazo y democratización de lo vida y de los medios, nos referimos a que vamos hacerlo, pero sin Peña Nieto en la presidencia.
Si, como siempre la Razón y la Historia están de nuestro lado. Es más, tal vez nunca antes haya sido tan claro. Por lo menos en lo que nos ha tocado vivir y actuar, en los últimos veinte años. Y en estos días que me encuentro con la gente de ayer, y la de hoy, y la del norte y la del sur, y la de más al sur en la Patria Grande, me doy cuenta que hasta ahora, hemos perdido. Por madriza además. Nos han machacao, como dice una amiga de Madrid. Una madriza. No tenemos hoy más organización que ayer. Hemos perdido derechos y ganado en deudas y obligaciones. Nuestro suelo y subsuelo dejó de pertenecernos. Si la Patria era la de sobrevivencia o subsistencia, no nos han dejado ni eso. Nuestro presente fue lucha, pero este futuro no es nuestro.
Así que pasan los días y no puedo dejar de pensar en que ya me cansé de tener la Razón y la Historia. En que ya me cansé de resistir y parar algunas iniciativas privatizadoras. En que estoy realmente harto y hasta la mera madre de ver como el país se cae y se desmorona. Ya me cansé del largo plazo y los ciclos de la historia. Me doy cuenta pues, que quiero una victoria real hoy. Una anulación de las elecciones. Unas nuevas elecciones sin intervención de las televisoras y los poderes fácticos. Una patria un poquito menos jodida en la que podamos juntarnos sin miedo, y ensayar, ahí si, el nacimiento de la aurora.
Hoy. No hay después, no hay futuro, no hay resistencia que valga para mañana, si no logramos parar esto. Si no logramos abrir una ventana para ver el futuro. Si no logramos comunicarnos y encontrarnos y actuar con la claridad de lo que está en juego. Si no sumamos y nos sumamos. Si no arriesgamos. No hay mañana.
Hoy.
viernes, 13 de abril de 2012
Viajes: vuelo por la sierra
Ayer descubrí algo que debí haber imaginado desde siempre. Pero no, a veces soy demasiado ingenuo. Resulta que por cuestiones de trabajo tuve que sobrevolar la sierra sinaloense. No, no soy soldado, ni marino, ni mucho menos PFP. Pero volé. A 1200 pies en una avionetita. Ni más alto porque casi no daba más, ni más bajo porque se pone uno a tiro de los cuernos. Así lo dijo el inche capitán, sin que alcanzara yo a dilucidar si era en broma o en serio. Tal vez un poco de los dos, como se acostumbra uno a hablar de esas cosas cuando vive por acá, so pena de acabar con hipertensión por el estrés.
Total que les decía que descubrí algo. Aunque es más exacto decir que descubrí dos cosas. La primera es que la aviación civil en México es un desmadre, como casi todo lo demás. La segunda es que la sierra sinaloense es bellísima también viéndola de lo alto. O sea, yo me llevé el mapita para decir como y por dónde, pensando que se tenía que hacer un plan de vuelo y avisar a la marina por si acaso, de pérdida al aeropuerto más cercano, en el último de los casos al velador del cuartito de control de la aeropista. Pero no, nada. Me dijo pasé usté, me senté de copiloto asegurándome de no rozar siquiera ninguno de los controles. El piloto subió detrás de mi, susurró -libre-, haciendo como que veía que no se atravesara nadie, le dio dos toquecitos a un relojito que creo medía el nivel de combustible, como para que se acomodara la agujita, aplastó y jaló alternadamente un botón rojo y otro verde, aceleró como en neutral o como madres se le diga a eso en las avionetas, y luego enfiló medio rápido por la pista. Antes de que terminara de masticar todo aquello, mientras trataba de maniobrar en el reducido espacio disponible para sacar mi mapita de google impreso en blanco y negro, ya estábamos volando. A esas alturas, literalmente, me preguntó ¿Entonces que, para dónde es que me dijo que vamos?. Pues primero a la costa para ver la laguna y luego a la sierra, le dije. Antes de que terminara yo de articular la frase, ya estaba clavando un ala para hacer un giro mortal. Me agarré como pude del asientito cutre que apenas me sostenía, y le dije ¿Qué, hay algún problema?. Me volteó a ver y me contestó, no, es que pa´allá está el mar, mire, mire. En la medida en que nos acercamos a la costa vimos que había un banco de neblina bien asentado encima de la laguna que tenía que ver. Le pregunté si que hacíamos, si no podíamos ver nada, si teníamos que regresar o que, que si que transa con el plan de vuelo. Me volteó a ver y me dijo, pues puedo hacer un tres sesenta (haciendo con el dedo la señal universal de girar alrededor de algo). Me llevaría como media hora, en lo que sube unos metros la neblina y luego le intentamos por abajo, concluyó. A mi eso de intentar algo cuando la opción que resulta del fallo del intento es un aterrizaje forzoso no me convencía mucho, así que pregunté por la otra opción. Pues vamos primero a la sierra y luego regresamos para acá, dijo, mientras ya el sol quemó toda la niebla. ¿Pero no hay problema con el plan de vuelo? Insistí. ¿Es la primera vez que vuela en una avión de estos, verdá? Me dijo medio preguntando medio afirmando, no, no hay problema, vamos para la sierra. Antes de que pudiera yo terminar de digerir la intencionalidad subyacente en su pregunta-afirmación, ya había dado otro maldito giro del demonio, ahora para el otro lado. Así que a la sierra nos fuimos. Poca madre, bellísima, les decía líneas arriba. No es como los Altos o la Sierra de Chiapas. No. No son las cordilleras de cerros viejos, suavemente redondeados, abrazables. No. Acá parece que todo se hizo ayer y a machetazos, teniendo como resultado final una seria de cañones y cañadas salpicadas de picachos irregulares, gordos, delgados, puntiagudos estos, cortados casi a tajos los otros, formando todo un conjunto espectacular. Sin caminos casi, sin pueblos ni ranchos ni nada. Sólo la selva seca, con las venas de los arroyos y los ríos verdes, y en el fondo las cordilleras de pino. Chingón. Después de dos horas infartantes de vuelo, de las que todavía no me recupero, con momentos en que tenía que ver arriba para ver las montañas por el vuelo rasante entre los cañones, bajamos siguiendo un río, hacia el mar. Porque los ríos siempre desembocan en el mar. O casi siempre.
Total que nos acercamos a una ciudad que tenía un aeropuerto un poco más en forma, con torre de control y todo recortada en el fondo ¿Eso es un aeropuerto? Preguntó el capi. Así parece, contesté.¡Chin! No he avisado que íbamos a volar, dijo, mientras comenzaba frenético a jalar de nueva cuenta los botoncitos del tablero. Se sintió de volada el cambio de la velocidad, hasta un punto en que casi nos quedamos suspendidos en el aire, yo con el estómago un poco más arriba que el resto de mi cuerpecito. Oiga amigo ¿Que está haciendo? Dije, tratando de aparentar calma, pero con la voz un pelín quebrada. Volando bajo, para que no nos detecte el radar, contestó el infeliz, mientras yo veía las copas de los árboles casi tocar las llantitas del avioncito. Me volteó a ver con una sonrisa radiante mientras se permitía el chiste, al estilo Sinaloa, compa. No tuve fuerzas ni para aparentar como que me hacía gracia el asunto.
Regresamos un poco más tranquilos, siguiendo la línea de costa, hasta que llegamos al pueblo de donde salimos, y donde aterrizamos de vuelta, previa jaloneada de botones y nuevo descenso de la velocidad. Casi casi me persigno cuando el avión tocó tierra. Me bajé con las piernas temblorosas, pensando que que pendejo, que como pude haber pensado que la aviación era distinta. En realidad, como todo, o casi todo lo demás, es un desmadre donde nadie respeta las reglas, y vive un poco al filo, esquivando radares como quien se pasa el ámbar del semáforo. En la pista estaba una pareja de campesinos, con un chivito al lado. ¿Y ellos? Pregunté ya casi para irme. Son mis pasajeros, contestó el capitán ¿Y el chivo? Pregunté. ¿El chivo? el chivo también, contestó como quien responde algo obvio. Es que son de un pueblito de la sierra, contestó mientras sacaba una cuerda, que no supe si era para amarrar al chivo, o a los pasajeros. No se fueran a querer bajar.
Como yo.
Total que les decía que descubrí algo. Aunque es más exacto decir que descubrí dos cosas. La primera es que la aviación civil en México es un desmadre, como casi todo lo demás. La segunda es que la sierra sinaloense es bellísima también viéndola de lo alto. O sea, yo me llevé el mapita para decir como y por dónde, pensando que se tenía que hacer un plan de vuelo y avisar a la marina por si acaso, de pérdida al aeropuerto más cercano, en el último de los casos al velador del cuartito de control de la aeropista. Pero no, nada. Me dijo pasé usté, me senté de copiloto asegurándome de no rozar siquiera ninguno de los controles. El piloto subió detrás de mi, susurró -libre-, haciendo como que veía que no se atravesara nadie, le dio dos toquecitos a un relojito que creo medía el nivel de combustible, como para que se acomodara la agujita, aplastó y jaló alternadamente un botón rojo y otro verde, aceleró como en neutral o como madres se le diga a eso en las avionetas, y luego enfiló medio rápido por la pista. Antes de que terminara de masticar todo aquello, mientras trataba de maniobrar en el reducido espacio disponible para sacar mi mapita de google impreso en blanco y negro, ya estábamos volando. A esas alturas, literalmente, me preguntó ¿Entonces que, para dónde es que me dijo que vamos?. Pues primero a la costa para ver la laguna y luego a la sierra, le dije. Antes de que terminara yo de articular la frase, ya estaba clavando un ala para hacer un giro mortal. Me agarré como pude del asientito cutre que apenas me sostenía, y le dije ¿Qué, hay algún problema?. Me volteó a ver y me contestó, no, es que pa´allá está el mar, mire, mire. En la medida en que nos acercamos a la costa vimos que había un banco de neblina bien asentado encima de la laguna que tenía que ver. Le pregunté si que hacíamos, si no podíamos ver nada, si teníamos que regresar o que, que si que transa con el plan de vuelo. Me volteó a ver y me dijo, pues puedo hacer un tres sesenta (haciendo con el dedo la señal universal de girar alrededor de algo). Me llevaría como media hora, en lo que sube unos metros la neblina y luego le intentamos por abajo, concluyó. A mi eso de intentar algo cuando la opción que resulta del fallo del intento es un aterrizaje forzoso no me convencía mucho, así que pregunté por la otra opción. Pues vamos primero a la sierra y luego regresamos para acá, dijo, mientras ya el sol quemó toda la niebla. ¿Pero no hay problema con el plan de vuelo? Insistí. ¿Es la primera vez que vuela en una avión de estos, verdá? Me dijo medio preguntando medio afirmando, no, no hay problema, vamos para la sierra. Antes de que pudiera yo terminar de digerir la intencionalidad subyacente en su pregunta-afirmación, ya había dado otro maldito giro del demonio, ahora para el otro lado. Así que a la sierra nos fuimos. Poca madre, bellísima, les decía líneas arriba. No es como los Altos o la Sierra de Chiapas. No. No son las cordilleras de cerros viejos, suavemente redondeados, abrazables. No. Acá parece que todo se hizo ayer y a machetazos, teniendo como resultado final una seria de cañones y cañadas salpicadas de picachos irregulares, gordos, delgados, puntiagudos estos, cortados casi a tajos los otros, formando todo un conjunto espectacular. Sin caminos casi, sin pueblos ni ranchos ni nada. Sólo la selva seca, con las venas de los arroyos y los ríos verdes, y en el fondo las cordilleras de pino. Chingón. Después de dos horas infartantes de vuelo, de las que todavía no me recupero, con momentos en que tenía que ver arriba para ver las montañas por el vuelo rasante entre los cañones, bajamos siguiendo un río, hacia el mar. Porque los ríos siempre desembocan en el mar. O casi siempre.
Regresamos un poco más tranquilos, siguiendo la línea de costa, hasta que llegamos al pueblo de donde salimos, y donde aterrizamos de vuelta, previa jaloneada de botones y nuevo descenso de la velocidad. Casi casi me persigno cuando el avión tocó tierra. Me bajé con las piernas temblorosas, pensando que que pendejo, que como pude haber pensado que la aviación era distinta. En realidad, como todo, o casi todo lo demás, es un desmadre donde nadie respeta las reglas, y vive un poco al filo, esquivando radares como quien se pasa el ámbar del semáforo. En la pista estaba una pareja de campesinos, con un chivito al lado. ¿Y ellos? Pregunté ya casi para irme. Son mis pasajeros, contestó el capitán ¿Y el chivo? Pregunté. ¿El chivo? el chivo también, contestó como quien responde algo obvio. Es que son de un pueblito de la sierra, contestó mientras sacaba una cuerda, que no supe si era para amarrar al chivo, o a los pasajeros. No se fueran a querer bajar.
Como yo.
jueves, 29 de marzo de 2012
Una piedra, una canción
Dónde estarán los zapatos aquellos
que tuve y anduve con ellos,
dónde estarán mi cuchillo y mi honda,
el muchacho que fui que responda
que tuve y anduve con ellos,
dónde estarán mi cuchillo y mi honda,
el muchacho que fui que responda
Candombé del olvido
Alfredo Zitarroza
Hoy me dieron una piedra
y tropecé con una canción
Tal vez fue al revés
No lo sé
Ayer los zapatos estaban rotos
los pasos rojos
y el cuchillo romo
Eso sé
Así que hoy escuché la piedra
coloqué la canción
en la honda rota
si lo sé
viernes, 9 de marzo de 2012
Otro fragmento
Llévate la historia
a donde yo no pueda encontrarla...
Real de Catorce
(...)
A lo
largo de ese 1994 entre plática y plática, aderezada con café, amor y cigarros,
me fue quedando claro que esa primera percepción de Tamara era cierta. Parecía
que toda su vida había estado organizada para que llegara ahí, a donde llegamos
pensando que estábamos juntos, sin saber todo lo complejo que podía ser la vida
recién entrando a nuestros 19 años.
Tamara
se había hecho sola. Sola en serio, no sola como “era una niña muy callada y
esforzada”, no. Sola. Ella como yo, venía de una familia de la oligarquía
local, así que con el tiempo articulamos un discurso basado en uno de los
textos de Mao. Cuando alguien nos restregaba nuestro origen en la cara, le
decíamos con cara de no mames, compañero, uno es el origen de clase, otra la
conciencia de clase y otra más la práctica de clase. El primero no importa,
fíjese en los otros dos y deje de estar chingando con sus complejos de
pequeñoburgués resentido. Digo que se había hecho sola, porque su madre esperó
nomás parirla para tirarse al monte, al llano o al comando urbano, lo que fuera
que hubiera escogido como campo de batalla de un minúsculo grupo guerrillero de
mediados de los setenta. Así que digamos que planeada, pues Tamara no fue. Por
lo menos no para la mamá, de quien nunca más volvieron a saber, ni por fuentes
indirectas, aunque su padre dedicó una década completa a rastrearla, pero nada.
Nada de información, ni de los que estuvieron en el Campo Militar No. 1 ni de
nadie más de los que sobrevivieron a la Guerra Sucia. Apenas
alcanzaron a tener la certeza de que se había metido a un grupo que se llamaba
Ejército del Proletariado Mexicano, que recibió entrenamiento de segunda mano
de otro grupo que se había entrenado en Corea, y que estuvieron involucrados en
algunos asaltos bancarios (expropiaciones revolucionarias, compañero, no mames).
Nada más. Tamara le pusieron por la guerrillera que acompañó al Che en Bolivia,
por supuesto. Entre la militancia de sus papás y el origen alemán del padre
pues no había para donde hacerse. Tamara Ulrich. Si, de los Ulrich de las
fincas cafetaleras del Soconusco, de la parte pobre y repudiada de la familia.
En su primera década de vida entonces, Tamara no tuvo madre porque se fue, ni
padre porque la estuvo buscando. Una vez que vio que no la encontraba, decidió
aprovechar una oportunidad e irse de maestro de la UNACh ahí mero en San
Cristóbal, en la Facultad
de Ciencias Sociales, a dónde yo llegaría a encontrarme con su hija diez años
después.
Tamara tampoco tuvo a nadie en la segunda década de su vida porque su papá se dedicó en las mañanas a dar clases, bien y con enjundia, y con la misma enjundia dedicó las tardes a emborracharse. Recuerdo la primera vez que lo vi, en la semipenumbra de la chimenea de la casa de madera que tenían en el Barrio de Cuxtitali, en San Cristóbal. Entré y lo saludé, volteó a verme apenas para luego empinar el vaso de brandy que tomaba, así derecho, poco a poco mientras canturreaba despacito, para si mismo: …te sentirás acorralada, te sentirás perdida o sola, tal vez querrás no haber nacido, no haber nacido… Pero tú siempre acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti, pensando en ti… como ahora pienso. Nueve de cada diez veces que lo vi, lo que cantaba entre dientes mientras se dedicaba con conciencia y método a emborracharse era esa canción. Se le veía la ascendencia en la tez canela y los ojos claros, aunque se veía también la herencia de su madre en los pómulos altos y los ojos almendrados, esos que tenía Tamara y que la hacían tan ella y tan bella. El primero de su apellido en tierras chiapanecas, el abuelo de Tamara había sido de los alemanes de la segunda oleada, que llegaron a México enviados por las casas comerciales con sede en Hamburgo, a verificar sobre el terreno la buena marcha de las fincas. Era el período de entreguerras, 1929 para ser precisos y Juan Ulrich, se independizó rápidamente de su casa matriz y se hizo de una finca, a la que puso por nombre, por supuesto, Hamburgo. Fue de los fundadores dela Verband Deutscher Reichsangehoringen, la Asociación de los
Ciudadanos del Tercer Reich. Nazi. Entre los días que festejaba antes de 1945
estaba el 20 de abril, día del nacimiento de Hitler. Le tenía un altar en la
sala de la casa grande de la finca. Fue un cabrón hijueputa completito, que un día
se oponía a las escuelas en sus fincas, y al siguiente formaba un ejido en la
periferia de sus tierras con los miembros de su guardia blanca. Tenía su propia
casa de enganche en San Cristóbal, desde donde salían caminando cientos de
tzotziles en una travesía infernal de 10 días hasta la finca, endeudados desde
ya con Don Juan, para la pizca del café. Al llegar a la finca la chinga se
recrudecía, y no eran pocos de los que hacían el camino de ida para nunca
regresar. Tenía desde ese entonces y hasta 1994, una remachadora donde acuñaba
fichas de su finca en hojalata, la única moneda que circulaba en la tienda de
raya. A finales de los años ochenta, mejor cambió el enganche de mano de obra hacia
Guatemala para evitarse las reivindicaciones de tierras. Indios son indios,
decía. Hasta la caída del Tercer Reich, fue un digno representante de la raza
aria: sobrio, culero, casado con una alemana que al inicio de la Guerra regresó a su patria
y de la cuál no volvió a saber nada. Una vez que Hitler murió, se volvió un
poco más ojete, y comenzó a emborracharse un día si y otro también, y a
incursionar en los galerones de los peones cada cierto tiempo, acompañado de
dos o tres guardias armados. De ahí salía con alguna muchachita apenas púber
arrastrada de los pelos, a la que violaba impunemente. De estas uniones
forzados fueron naciendo mestizos, que cuando se parecían a él se quedaban en
la casa, integradas las madres a la servidumbre permanente. A los más güeritos
les daba el apellido, en esas actas donde quedaba asentado “hijo natural
reconocido”. Uno de los últimos de estos niños, de los más vivos, fue Juan
Ulrich Pérez, el padre de Tamara. Orgullo disimulado de su padre por su
inteligencia y sus ganas de quedar bien con él, decidió prepararlo para manejar
Hamburgo, la que para ese entonces era sólo una de sus tantas fincas. Así que
en 1967, con diecisiete años cumplidos, Juan Ulrich Pérez se fue a estudiar
agronomía, en la Escuela Nacional ,
que estaba en la ex hacienda de Chapingo. Error garrafal. Ahí me lo echaron a
perder, decía hasta sus últimos días el viejo Juan. El 68 tomó a Juan Ulrich
Pérez en plena militancia de unos de los muchos grupos marxistas que había en la ENA , y lo emparejó con la que
sería mamá de Tamara. La libraron y no cayeron al bote. En 1971 no le fue tan
bien, lo madrearon y detuvieron, y lo tuvieron tres días torturándolo. Nunca
hablaba de ello, pero tenía una cicatriz que le cruzaba la frente dando la
impresión de que estaba siempre con el ceño fruncido, aún en las contadas veces
que sonreía. Tamara suponía que la cicatriz venía de esos días...
Tamara tampoco tuvo a nadie en la segunda década de su vida porque su papá se dedicó en las mañanas a dar clases, bien y con enjundia, y con la misma enjundia dedicó las tardes a emborracharse. Recuerdo la primera vez que lo vi, en la semipenumbra de la chimenea de la casa de madera que tenían en el Barrio de Cuxtitali, en San Cristóbal. Entré y lo saludé, volteó a verme apenas para luego empinar el vaso de brandy que tomaba, así derecho, poco a poco mientras canturreaba despacito, para si mismo: …te sentirás acorralada, te sentirás perdida o sola, tal vez querrás no haber nacido, no haber nacido… Pero tú siempre acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti, pensando en ti… como ahora pienso. Nueve de cada diez veces que lo vi, lo que cantaba entre dientes mientras se dedicaba con conciencia y método a emborracharse era esa canción. Se le veía la ascendencia en la tez canela y los ojos claros, aunque se veía también la herencia de su madre en los pómulos altos y los ojos almendrados, esos que tenía Tamara y que la hacían tan ella y tan bella. El primero de su apellido en tierras chiapanecas, el abuelo de Tamara había sido de los alemanes de la segunda oleada, que llegaron a México enviados por las casas comerciales con sede en Hamburgo, a verificar sobre el terreno la buena marcha de las fincas. Era el período de entreguerras, 1929 para ser precisos y Juan Ulrich, se independizó rápidamente de su casa matriz y se hizo de una finca, a la que puso por nombre, por supuesto, Hamburgo. Fue de los fundadores de
lunes, 27 de febrero de 2012
Fragmento
Tele, rock gringo y
mexicano, literatura existencialista, y decepción amorosa de por medio, llegué
ese primero de diciembre de mis dieciocho un poco más jodido que de costumbre,
que ya es decir. Estaba encabronado por estar triste, y triste por no ser
felicitado por nadie. Para acabarla de joder hasta a mi madre se le había
olvidado y muy sonriente (lo que fue la puntilla) me despidió con su: Que
tengas buen día hijito, como todas las mañanas. Ese año fue el del divorcio de
mis papás así que él ya ni vivía en la casa, mis carnales estaban dormidos, y
yo con la amargura rebosando. Me subí al micro y prendí un cigarro, una señora
tosió tímidamente y yo me la quedé viendo feo y le dije: Pues abra su ventana,
y ella, Pues es que está atorada. Y mi mirada de acero templado, escrito en mi
ceño fruncido con toda claridad: Pues se aguanta. Nadie dijo nada. Lo que son
las cosas, si ahora se me ocurriera hacer algo semejante, barato me saldría si
sólo me bajaran a patadas. Pero fue hace muchos años, y fumé y fumé y triste
triste llegué a la escuela, y la misma que en la casa: nadie se había acordado.
Y la mezcla de sensaciones, por un lado alivio de no tener que forzar una explicación
a partir de la frase: A mi no me gustan mis cumpleaños, y por el otro
encabronamiento como la primera vez que me escondí de niño debajo de la cama y
pasó un chingo de tiempo y nadie se dio cuenta y todos siguieron tan contentos
jugando y mis papás adelante con su vida, hasta que no me quedó más remedio que
salir ¿Es que era tan difícil recordar mi cumpleaños, tan de plano imposible
felicitarme con tacto? Contra mi costumbre de todos lo días entré a la clase
para evitar a la banda. Aguanté a Burguete con sus historias de éxito
espiritual y emocional sobre el éxito material, que más parecían justificación
de por que él llegaba en una lancha de hacía veinte años y su carnal en una
moto del año, con su jodida manía de tirarnos el rollo media hora y llenar en
diez minutos el pizarrón de fórmulas matemáticas, que no dejaban de a seis,
literalmente, y eso si corríamos con un poco de suerte. Aguanté a Piñuelas con
su clase de geografía, con los textos trasnochados que nos dividían al mundo en
blanco y negro, en capitalismo y socialismo, aunque el Muro ya había caído y
Gorbachov estaba más cerca de vender pizza que de gobernar algo. Eso sí, los
libros no se cansaban de decir que México tenía una economía mixta, por lo que
tenía lo mejor de los dos sistemas. Lo curioso era que corría el sexenio de
Salinas y muy pocas paraestatales habían sobrevivido al naufragio. Aguanté con
un poco más de ánimo a la
Mónica , que estaba muy mona y hablaba muy bien inglés, y se
prestaba a despejar nuestras dudas sobre el significado real de las rolas que
nos llegaban de inglesia, cuando los significados literales no nos decían nada: maestra ¿Qué quiere decir She´s got the
look? Y el pendejo del gordo como siempre oportuno y acelerado: Ella no puede
mirar para atrás, y la
Moniquita tan bonita, Noooooo, quiere decir literalmente que
ella tiene el “look”, es decir que se ve muy bien”. Mientras yo pensaba, bien
buenita como tú.
Después de la clase
de inglés, andaba tristeando por la vida y decidí salir a fumarme un cigarrito
(otro saldo negativo de la huelga, no se podía fumar más dentro de la escuela,
nos consolábamos pensando que podía haber sido peor y que podían haber cerrado
por siempre el portón como ya pasaba en las otras escuelas). Me senté con mi
cara de atormentado en la piedrona del tabaco rápido, cuando me cayó un vergazo
de agua, luego fui acribillado con huevos llenos de harina y confeti, mientras
se me aventaban todos los amigos (y las amigas) a darme abrazos y besos al por
mayor. A toda madre. Fue tan brutal el asalto que ni tiempo de encabronarme me
dio, y luego, cosa inédita, todos los amigos (y las amigas) se mocharon con
regalos bien chingones. Lo mejor es que no era nada comprado, todos se habían
dado su tiempito para hacer alguna chingaderita con referencia a mi amarguez
cumpleañeresca o al fin de cursos, desde la cursi agringadita de la tarjeta de
“Friends 4 ever” hasta el carnal de “Aliviánese, viene lo mejor”. El único que
nada más me dio abrazo y apapacho fue el Beto, mientras me decía: “Su regalo se
lo doy al rato compa”, y yo “¡Ah chingá! No me preocupe compadrito”. “No, no
chingues, ya verás”, me dijo, y me quedé con la duda de que sería, pues se veía
muy serio. Ya contento, por primera vez en un cumpleaños desde que tenía
memoria, me dieron la noticia que hizo redondo el día: a la mamá del Flaco le
tocaba guardia en el plantón que tenían los maestros en el Parque Central,
donde estaban desde hacía un mes exigiendo que se esclareciera el asesinato del
líder del Comité Central de Lucha de la Coordinadora. Sin
muchas esperanzas pues hasta nosotros sabíamos (con Juanito lo habíamos
aprendido) que el asesino despachaba en el Palacio al pie del cual estaban. El
punto era que gracias a la CNTE la casa era nuestra, y me dieron alborozados la
noticia de que dos cartones de caguamas nos esperaban. Hacia allá nos fuimos,
empezando a preocuparnos sobre la marcha, al ver la cantidad de gente que nos
acompañaba. Los ocho o diez de siempre se habían triplicado. Apretujados en los
50 metros cuadrados
de casa del fovissste, empezamos a bebernos las caguamas. Afortunadamente era
inicio de semana y la banda llevaba lana y los dos cartones se hicieron cuatro,
y alguien sacó un pomo de añejito, y visita a La Tía de por medio, algunas calculadoras se
transmutaron en vino. En medio de la bacanal el hermano del Flaco puso una
película, que había traído de su última visita a Tepito, que cambió mi forma de
ver el cine. Era “Perros de reserva” de Tarantino, mandé a callar a todo mundo
desde la impunidad que te brinda ser el festejado y me sumergí en el dialogo
inicial. Cuando empezó la rolita que después supe que era de George Baker, la
de “Little Green Bag” fue la apoteosis, poca madre la conjunción de la rola
setentera con los trajeados que avanzan por la calle, disponiéndose al asalto
donde se desmadra todo. Definitivamente, cambió mi forma de ver el cine. Cuando
avanzó la tarde y quedábamos los amigos
de siempre (sin las amigas) el Beto sacó una cajita de cerillos y me dijo: “Acá
está su regalo”, al tiempo que ponía la rola de Caifanes esa que dice, “Vamos a
dar una vuelta al cielo, para ver lo que es eterno”. Hasta la fecha la oigo y
me acuerdo del asunto, y se me viene a la cabeza el Maya con su “Checa el
requinto” de toda la vida. Abrí los cerillos intrigado, y aunque no la había
visto nunca, identifiqué de volada la mariguana, la yerba. Con una maestría
hasta entonces desconocida para el resto, el buen Beto armó un joint y le
pusimos todos. Nos agarró la simpática tremenda, y nos tiramos de la risa como
babosos por un buen rato, hasta que a mi carnal, que se nos había unido hacía
un rato, le dio la pálida y se puso frío frío y a sudar como un puerco. Se nos
bajó la peda del susto, y me empezó a dar un ataque de angustia, pues ya era
entrada la noche y el tiempo seguía transcurriendo lento lento, como los
cuadros de las pelis que veíamos en el cine del pueblo cuando niños, que de
repente se atoraban y pasaban uno a uno descomponiendo la secuencia. Con la
experiencia que le correspondía como iniciador del asunto, el Beto se aplicó,
me calmó y sacó a mi hermano del abismo sideral en el que estaba.
Estuvo chido el
cumpleaños y marcó el inicio de un diciembre inolvidable. Y por inolvidable no
quiero decir precisamente bueno.
Ese fue el año del
divorcio de mis padres. Mi papá se casó de volada y tuvo cuatro hijos más, y
hasta la fecha dice que se quedó corto, que en lugar de siete hubiera querido
setenta, como se le calculan al suyo. Un montón de veces mientras caminábamos
en Tuxtla, se detenía a saludar a alguien, y me decía muy serio “Saluda a tu
tío fulanito” y yo “Buenas tardes tío fulanito, zutano, merengano”. Nunca pude
llevar la cuenta, ya no digamos recordar los nombres.
En su boda fue la única vez que nos dijo, “Pueden fumar si quieren”. Hasta la fecha considera una falta de respeto si fumamos delante de él.
Mi jefa la pasó mal
al principio, y después se alivianó. Ese año se fue a casa de los abuelos a
Villahermosa desde el dos de diciembre,
día en que me pidió disculpas por el olvido del día previo. Se llevó a Edipson
Ricardo y nos dejó a mi carnal y a mi, que estábamos por comenzar los exámenes
de fin de semestre, yo en la prepa, mi carnal en la uni. Junto con un cúmulo de
recomendaciones nos dejó un menú por escrito, con recetas, ingredientes y
dinero suficiente para comprarlos, con la preocupación de que comiéramos bien.
En cuanto regresamos al pueblo, después de dejarla en Tuxtla en la Colón,
compramos media caja de huevos para todo el mes, y dos paquetes de cigarros
para empezar. Entre que yo terminaba la prepa y mi carnal estaba en medio de
una crisis existencial porque no le gustaba la carrera de sistemas que había
escogido, los días que venían se presentaban raros. Como que las cosas no
encajaban, como que el mundo no se nos terminaba de acomodar. La borrachera de
mi cumpleaños fue la única alegre de esa temporada. Antes de una semana
terminamos los compromisos escolares y nos quedamos dueños y señores de la
casa, con todos lo amigos y cuates de vacaciones y con ganas de convertirla en
el centro de una borrachera permanente. Corrieron al Maya de casa de sus tíos,
y nos quedamos los tres de anfitriones. Empezó un desfile interminable, noche
tras noche llegaba un chingo de gente con cerveza, Añejo, Presidente y Bacardí
al por mayor. Perdí la cuenta, no supe cuantos ni quienes estaban. Se sucedían
las rolas de Caifanes, La
Maldita , La
Lupita , Real de Catorce, Guns, Skid Row, Motley Crue y
Metallica. Nos poníamos fresas y escuchábamos a Tesla con sus baladitas
acústicas, o peor, a Bon Jovi con su pseudo rock pesado. He de confesar que
escuchamos varias veces a Alejandro Sanz fantaseando con ser adolescentes que
andaban con mujeres mayores, y si, es probable que hayamos puesto en alguna
noche de desamor de algún invitado a Luis Miguel. De seguro recuerdo que
salimos hasta la madre de borrachos siguiendo a un perfecto desconocido,
escuchando en la grabadora con pilas que salieron de no sé donde a Los
Temerarios “He pasado mucho tiempo ya sin ti, pero más no puedo…” cantamos a coro frente una casa que no puedo recordar
donde estaba, de lo que si me acuerdo es que el compa de la serenata, como no
salió la aludida se robó el foquito que estaba sobre la puerta, el que
desparramaba un circulito de luz amarillenta sobre la banqueta. Le dije: Que
haces, no mames, y desde la profunda lucidez de su peda me contestó: Lo
necesito, sin ella vivo en la oscuridad.
La desazón crecía conforme pasaban los días.
Extrañaba la época en que la onda eran Kalimán, Kendor, los vaqueros buenos.
Extrañaba los días en que las cosas eran como nuestra tele, blanco y negro,
blanco o negro. Sin la maldita confusión de ahora. Si la policía mataba y los
matones protegían ¿Qué pedo con la vida? Intuíamos a medias que algo no estaba
entero. Nos hacía falta algo cierto. Un día. Otro. Cerveza, alcohol. Mariguana
y coca. Nada pasaba, pero se sentía venir. La maldita confusión interna ¿Letras,
sociología o sistemas? ¿Lo que me gusta o lo que me permita comer? Letras para
comérmelas, sistemas para triunfar. Sociología como un cobarde término medio.
Sistemas como carrera del futuro, que como presente estaba resultando de la
chingada para mi hermano. Otra mañana crudo. Otro desayuno de huevo a güevo. La
casa se estaba desmoronando y desmadrando, y nadie que agarrara una escoba, ya
no digamos un trapeador y pusiera algo de orden en nuestras vidas, que se
descomponían como la casa toda. Ese fue el año de la sequía fenomenal y se
acabó el agua de la cisterna, y el dinero que nos dejó la mamá hacía mucho se
había acabado. O sea que al desmadre general había que sumar la ausencia de
agua. Los trastes sucios acumulándose. La poca agua que quedaba destinada a la
taza del baño. “Prohibido orinar aquí, hay un chingo de patio”. Recuerdo que un
sábado por fin acarreamos agua de la casa vecina y nos dimos los tres a la
tarea de limpiar el desmadre. Desahuciados como estábamos le entramos a la
tarea sin hablar. Para no estar a solas con nuestro silencio prendimos la tele
de fondo. Me acuerdo que estaba pasando un programa australiano tonto a más no
poder “just for the records” se llamaba o algo así. Cuando empezaron a pasar al
imbécil que tenía el record mundial en
lanzamiento de caca de vaca la apagamos. Verídico. A nuestro mundo se le estaba
llevando la chingada y el muy pendejo explicaba muy orondo como había que
escoger una plasta aerodinámica para asegurar el éxito del lanzamiento. No la
volvimos a prender en esos días. Ni para ver Los Simpson. Se acercaba navidad. Se afianzaba en mi
hermano y en mí la idea de que por primera vez en la vida no la pasaríamos en
casa de los abuelos. La onda era ahí. Emborracharse ahí. Ponerse hasta la madre
de mota ahí. Atiborrarse la nariz de coca. Entristecerse, encabronarse con los
policías que nos habían madreado, con los que mataron al Juanito ahí, en esa
casa, en ese pueblo, tratando de encontrar el rumbo, que se había perdido entre
la tele, la música, las películas, las novelas, la vida.
Acercándose el 24 las
cosas empeoraron. Llegó un compa medio
conocido, el Caripumpo le decían, que se dedicaba a organizar fiestas en el
local de la ganadera, al que le habían quedado como 30 cartones de medias de una
posada fallida. Estaba hasta el cuello de deudas con la Superior , que le daba
todo el producto a consignación. Se instaló en la casa y entonces nos
emborrachábamos en la noche con Fandango, un ron inmundo de 12 pesos el litro,
nadie tenía ya para añejito, y en el día le pegábamos a las medias. Medio
parábamos para prepararnos unos huevos. Dormíamos y seguíamos, sin alcanzar a
salir de la borrachera, nunca. Grabé un cassete que repetía hasta la náusea la
rola de “Perros de Reserva”. Cerveza tras cerveza (des)entonábamos
Lookin´ for some happiness
but theres is only loneliness to fiiiiiiiiiind
turn to the leeeeeeeft,
turn to the
riiiiiiiight…
Con la redonda
certeza que la rola reflejaba nuestra cruda, nuestra peda, nuestros días. Un
día, acercándonos al 31 de ese diciembre que recordaré siempre, entré al
cuarto de mi mamá buscando no me acuerdo qué. Hasta ese momento era la única
parte la casa que seguía en pie, lo único que respetábamos. Me vi en el espejo
de cuerpo entero. Flaco. Barbón. Sucio. En una palabra, jodido. Me cayó el
veinte de que había que recoger los pedazos de mi tierna vida y echar a andar
de nuevo, que nunca jamás en lo que me restara de vida, iba a dejar que la
policía me madreara, que Juanito seguiría siempre ahí, que segurito me iba a
clavar de nuevo con alguna mujer, que sociología como proyecto de vida no
estaba mal, que podía comer y escribir sobre Kalimán, sobre Félix el Gato, el
Único Único Gato, sobre los años maravillosos, sobre la música que me gustaba,
que seguramente Tarantino haría más películas, que quedaba mucho que leer, que
ver, que sentir. Que algo se estaba moviendo. Que las cosas no podían seguir
así. No así.
En ese momento no lo
sabía pero estaba a punto de conocer a Tamara y comenzar a hacer la
revolución.
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