lunes, 22 de agosto de 2011

De como me volví pastor


No vengo aquí a vender paraísos pérdidos
Decir la verdad -La mía-, es mi obligación
Soy responsable del timón pero no de la tormenta
José López Portillo
VI Informe de Gobierno

Parte IV de Crónica de 30 años de crisis initerrumplida 1982-2012

Acabó 1982, pero la crisis estaba apenas comenzando. Mi tío el loco Graco seguía inspirado y la realidad política nacional le daba material de sobra para los versos que componía en el aire. En esos primeros días de 1983, el poemilla maldito que andaba recitando decía, Jolopito, no sea llorón, ladre menos, defienda a la nación. Mi papá y los tíos se permitían sonreír cuando lo escuchaban, pues había un nuevo monarca y López Portillo ya no pintaba nada. Para tranquilizar un poco a la gente que había perdido todo en los meses previos, De la Madrid empezó su gobierno con “ánimo renovador”, pero no vayan a pensar que se trataba de revisar la vida nacional, o democratizar el partido de Estado. No. Era una renovacioncita, moral le decían, y tenía por fin según esto combatir la corrupción. El chivo expiatorio de la crisis que agobiaba a los mexicanos era El Negro Durazo, quien había fungido como Director de Policía y Tránsito en la Ciudad de México durante el sexenio de López Portillo. Empezando por el apodo y terminando con el oficio, no se imaginaba uno en esos años a alguien más malo que El Negro Durazo. Por eso, durante el sexenio de López Portillo, al DF mejor ni ir. Había matanzas y todo ahí, y como se sabría después, El Negro estuvo siempre involucrado. Como la matanza del Río Tula, en enero de 1981. Imagínense nomás, doce muertos. Fue tan grande la sacudida que hasta película se hizo sobre el asunto. Como aquel otro descubrimiento de cadáveres en 1964 en San Felipe del Rincón, en Guanajuato, los de Las Poquianchis ¿Se acuerdan? También fue tan duro el trauma que llegó a libro y película. Fácil se imagina uno a las mamás clasemedieras de los setenta, advirtiendo a las hijas: Cómete la sopa o te van a llevar Las Poquianchis. O las de la segunda mitad de los ochentas, hijo pórtate bien o te roba El Negro Durazo. Porque si, comía niños como Idi Amín, que también es de esos años ¿Cómo ven? Como ha cambiado el país, que si se hiciera ahora una película de cada matanza, seguramente habría un auge encabronado de la industria cinematográfica nacional.

Allá lejos, en Chiapas, no nos enterábamos de los entresijos de la política nacional más que por uno que otro número de la revista de Los Agachados de Rius que llegó de alguna forma a la casa. Pero de Los Agachados recuerdo más bien asuntos de política internacional. Entre brumas me acuerdo del número donde se habla del escándalo del Watergate, caricaturizada la cinta incriminatoria como un buñuelo. Me acuerdo también de otro, que comienza con la pregunta ¿Quién fue César Augusto Sandino? Y la figura del político burgués de siempre de Rius contestando, Fue un hijo de la censurado. En fin, que por eso vía no había información. Pero gracias a dios, hasta allá hasta allá donde vivíamos llegaba la Alarma! La vendían en un carro, un vocho que recorría las calles del pueblo con una bocina, voceando los titulares de tan importante medio de comunicación de aquellos años: Mocháronle la choya, encontraron un mujercito a su lado. Violóla, matóla y luego suicidóse, la pérfida era infiel. Cambia a su esposa vieja por dos chicas jóvenes, las cínicas se dicen señoritas. Y así por el estilo. Para el caso de El Negro, una de tantas portadas que le dedicaron decía precisamente, A Idi Amin Durazo lo espera la cárcel, Corrupto Saqueador de México, el Pueblo espera su castigo. O, por si alguien tenía dudas, Durazo y Sahagún Baca ordenaron la matanza del Río Tula. En el primer caso aderezado con fotografías panorámicas de las propiedades de ensueño del malévolo Durazo, y en segundo con las fotografías de los cadáveres de los narco colombo-mexicanos ejecutados. Y mientras eso pasaba y Durazo huía, y su jefe de escoltas nos enteraba del detalle de la corrupción con su libro sobre El Negro, y se filmaba la película respectiva, con los policías de albañiles celebrando el día de la Santa Cruz, la crisis arreciaba. Los precios subían de golpe y de un día para otro y no había como asegurar el abasto, de las cosas que no se producían ahí. Con la comida más o menos la librábamos los domingos de mercado, cuando bajaba la gente de las rancherías a vender maíz, frijol, gallinas, huevos y verduras. Entre semana a las 6 de la mañana pasaba la señora con la canasta de pan y el sonsonete ¿Va a comprá pan? Un poco después venía otra que decía ¿Va a queré crema y queso? Y en la noche pasaba Doña Rosa gritando por la calle ¡Tamalitos de bola y chipilín! Todo lo anterior a precio accesibles y con coitán, es decir, con pilón para los clientes frecuentes. Hagan de cuenta como las tarjetas de puntos de Soriana. De vez en cuando además, se dejaban caer las juchitecas desde el istmo, con sus canastas rebosantes de camarón y pescado seco, acompañados de los totopos de maíz. Pero el abasto de todo lo demás era una bronca. El azúcar por ejemplo. No te la vendían en las tiendas a menos que compraras otras cosas. Algo así como si compra yo-yos de colores le vendemos azúcar. El nescafé. El jabón Corona, o de pan como le decía la gente, o el jabón de polvo o Ariel que estaba apenas entrando y conquistando a las lavanderas del pueblo. Se supone que había un control de precios con supervisores y toda la cosa, pero como que no muy funcionaba. En la tienda de mi abuelo había dos medidas para contrarrestarlo: una clave que era negro y azul, donde cada letra era un dígito del cero al nueve, para poder poner los precios reales en las latas y frascos. Y un billete siempre listo para la visita del inspector de la Secofi. A esos mis siete años del 83, me tocó una vez que estaba en Villahermosa en la tienda del abuelo, cobrando y mascando chicle, y me dijo mi abuelito querido que iba ahí nomás a la vueltecita, al andén por donde entraba el carretón de la basura del mercado Pino Suárez, a arreglar algo. Que si llegaba el inspector le diera un billetito de a cien pesos. Total que mi abuelo saliendo y el inspector entrando, y yo con mis siete años de encargado, y él que se identifica y me empieza a preguntar los precios del nescafé, el jabón de polvo y el azúcar, y yo tartamudeando y tratando de agarrar el billete disimuladamente y pasárselo, hasta que se desesperó y me dijo, ya dame el billete, y para la otra ponte buzo. Ya casi acababa 1983, así que la renovación moral y los comerciales de Justino Morales como que habían valido un poco madre. La única media chance de hacerse de estos productos en Tuxtla era caerle a la tienda del ISSSTE a la que tenía derecho un tío, salir corriendo al enterarse de una nueva alza en los precios, pues ahí se tardaban un poquito más en actualizarlos. O estar pendientes de cuando llegara el camión que surtía a la CONASUPO, y comprar un poco, racionado, antes de que el encargado revendiera todo a los tenderos del pueblo. Una chinga pues. Muchos días no hubo azúcar, y otros mi papá no tomó su nescafé, y mi mamá lavó la ropa con el jabón de pan que tanto le molestaba, pues no hacía espuma, no tenía chaca chaca.

Esa precaria situación, hizo que me padre santo retomara los valores del rancho donde creció, y significó una nueva carga de trabajo para el suscrito y su carnal, pues a mediados de ese año compró ocho patos, diez gallinas, un gallo, quince borregas, un borrego y un chivo maligno, quesque para garantizarnos la comida por si las cosas se ponían peor. Y entonces fue que me volví pastor.

Y con la pastoreada llegó la música.

lunes, 18 de julio de 2011

Lunes

De por sí los lunes no me gustan. Cuando llevo varias semanas cargaditas de trabajo al hilo, menos. Me comienzan a arruinar las cosas desde la tarde del domingo, cuando empiezo a recordar la lista de pendientes. Tendría que aprender yoga o algo, que me permita ignorarlos para siempre. Otra opción sería trabajar en un museo. Hoy es de esos lunes que saben un poquito más amargos, pues regreso a donde siempre después de prácticamente dos semanas fuera. Para colmo, este lunes todavía no cuaja, entre las leves vacaciones y el viaje exprés de mañana el DF, nomás no. Agarro la lista de pendientes y hagan de cuenta que estuviera escrita en arameo.

Lo que son las cosas, antes, cuando niño y joven, los que no me gustaban eran los domingos. Como les conté en otra ocasión, me parecían un día enmedio de la nada, un puente apenas entre el sábado de desmadre y el lunes de inicio de semana. Desde niño los recuerdo así, con el calorcito de verano que me tumbaba en la cama al mediodía, escuchando a lo lejos la música de marimba, que lo mismo era por un festejo que amanecía en su tercer día (celebremos con gusto señores) que por un cortejo fúnebre que avanzaba lentamente sobre la calle central, hacia el rumbo de los conos de la CONASUPO, derechito hacia el panteón (adiós muchachos compañeros de mi vida). Ahora los domingos son Joaquín y Víctor, Adriana: la felicidad pues.

Pero hoy es lunes.

martes, 12 de julio de 2011

Apuntes de viaje: La Habana II

El primer día hubo sol. Como todavía no empezaban de lleno las actividades del Congreso, cambié los pesos y los euros que llevaba (sale más o menos igual) y me apersoné en la entrada del hotel para platicar con los porteros y ver para donde y como podía moverme para conocer La Habana. Resulta que en concordancia con lo que sucede en la economía toda, en La Habana hay tres tipos de taxis: los primeros son carros de modelo reciente, oficiales y pertenecientes al Estado, el chofer es empleado público y se cobran en los pesos convertibles que equivalen a un dólar (cucs) y supuestamente deberían funcionar con taxímetro, que no me tocó ver a nadie usando. Los segundos son "piratas", sus dueños son familiares de personas que obtuvieron la autorización (y en algunos casos facilidades de pago) por parte del Estado para adquirirlos después de años al servicio de la revolución, se cobran también en cucs y también son modelos no muy antiguos, de los noventas. Los últimos son los carros que hasta hace unos días eran los únicos de libre compra-venta, modelos 59 y anteriores, que la iniciativa e ingenio del pueblo cubano ha mantenido funcionando en estas décadas a pesar del bloqueo, se cobran en los que los cubanos llaman Moneda Nacional (MN) y dan servicio colectivo. Para que se den una idea, 1 cuc equivale a 25 pesos MN. Según lo que pude averiguar los salarios oscilan entre los 400 pesos MN (los porteros) y los 1000 pesos MN (los maestros universitarios).

Previa negociación con un mulato de nombre ruso que tenía un taxi “pirata” (25 cucs por 4 horas), me lancé a la aventura de conocer La Habana. Recorrimos los lugares de cajón, la Plaza de la Revolución, el lugar donde está el Granma (en ese vino Fidel de tu país a liberarnos), mi sorpresa ante su tamaño, tratando de visualizar a 82 personas ahí. El museo de la revolución (por fuera) la plaza donde está un tanque de guerra (“con el que Fidel bajó a un avión yanqui en Playa Girón”). No resistí el cliché de tomarme un helado en Copellia (1.50 cucs). La Habana Vieja, con sus edificios coloniales con el paso del tiempo bien marcado. Casi ninguno con pintura nueva pero todos vivos, habitados. La plaza frente a Catedral donde tomé en dos minutos una tacita de café fuerte, amargo. Enseguida pedí un refresco de cola y casi me desmayo cuando me sirvieron una coca, envasada en México para acabarla de chingar. El “paladar” El Guajirito para comer picadillo, con arroz y frijoles, o congrí como le dicen los habaneros. En ese y otros restaurantes en cucs, vi siempre dos o tres mesas ocupadas por familias cubanas -¿Cómo le hacen? Pregunté, pensando en los 20 cucs de la cuenta. “Igual que para comprar un televisor o un dvd, la gente se programa, ahora hay más porque es el fin de cursos y a los niños que les va bien en la escuela los traen acá”. La cola en la panadería. Las tiendas en MN con gente entrando y saliendo en la compra de básicos, las otras en cucs donde se merca el jabón, los shampoos, perfumes y demás parafernalia a la que estamos tan acostumbrados los clasemedieros mexicanos. Los precios más o menos los mismos que acá en lo superfluo, infinitamente más baratos en lo básico. El malecón de La Habana. Gente, gente por todas partes a pie, en bicicleta, en carros viejos, gritando, discutiendo, bailando.

Al final de ese recorrido tenía claras algunas cosas que se fueron confirmando en los días posteriores. La cubana es una economía en tres carriles que discurren paralelos. En uno juegan todos, en MN, con libreta de racionamiento de por medio, que les permite cubrir a precios irrisorios la luz, el gas, y una canasta básica con arroz, frijoles, viandas (yuca, papa o plátanos) y dos o tres cosas más. Además están los mercados campesinos, o también llamados de “la oferta y la demanda”, donde corre la MN. Ahí llegan las cooperativas campesinas que tienen la tierra en usufructo a raíz de las reformas impulsadas por Raúl, a vender sus excedentes. Entre la libreta y los mercados campesinos, los habaneros se alimentan todo el mes. El segundo carril es del mercado en cucs, abierto a todo aquél que los tenga, donde se consiguen las cosas que les comentaba arriba: jabones, shampoos, desodorantes, pasta de dientes, y un surtido mayor en alimentos. Son todas tiendas del Estado. Y el último carril es el que discurre en torno al turismo, también en cucs, en establecimientos de inversión mixta abiertos a los cubanos pero con precios un poco más altos, sin que lleguen a ser escandalosos. Pasados a cucs, los salarios cubanos son muy bajos, así que una buena parte de la población de La Habana complementa sus ingresos con las propinas, las actividades independientes y “lo que se pega”, o “lo que se mueve de lugar”.

Las propinas que vienen del turismo. Es un bálsamo para la vida de un chiapaneco acostumbrado al servilismo impuesto a la gente que está en una posición de servicio, el ser atendido con franqueza y desenfado. Se sirve una mesa porque se tiene que servir y ya. Se te busca un taxi. Se ofrece un servicio cualquiera, sin servilismo.

Las actividades independientes de reparación de todo por “cuenta propia” electrodomésticos, calzado, ropa, casas, autos, de todo todo. “Acá el que no es chapistero y te hace una salpicadura de un pedazo de metal, es zapatero o sastre o panadero independiente”.

“Lo que se pega” en los centros de trabajo del Estado ¿Cómo? Si, al que trabaja en una panadería se le pega harina, al que trabaja en la construcción se le pegan materiales, al que trabaja en los jardines se le pega el combustible de la podadora, al que trabaja en una tienda se le pegan mercancías, y a los inspectores se les pega un poco de todo. Es decir, “las cosas se mueven de lugar” de los centros de trabajo hacia las casas particulares, sin cubrir los cauces institucionales. Digamos que vendría a ser un mecanismo popular de redistribución de la riqueza. Los que te comentan eso dan por hecho que en cuanto la situación y los salarios mejoren eso se acaba. Ante la incredulidad del suscrito, insistían que teniendo un buen salario todos se dedicarían “a cuidar su centro de trabajo, que es de todos chico”.

Toda la gente con la que platiqué está orgullosisima de su sistema de salud y de la educación gratuita. Todos tienen algún pariente que se ha visto en problemas graves de salud y ha salido de ellos sin gastar ni un peso.

Más tarde esa noche, en una cena oficial con funcionarios medios cubanos, Directores Generales de empresa, miembros del partido, explicaba mi confusión, que es la de muchos, ante las reformas sobre el pequeño comercio y los cuentapropistas. Uno de ellos me decía que era algo que se debía de haber hecho hace mucho. Que las cosas se burocratizaron y la economía se estancó y que ahora era necesario dinamizarla sin renunciar a los principios de la revolución. Que el problema era la pasividad de la gente, acostumbrada a que el Estado resolviera las cosas y a ser empleados estatales todos, que muy pocas microempresas se habían registrado. –Ah chingá-, pensé. Y resulta que lo que he visto es todo lo contrario, una creatividá y ganas de vivir que rebasa los límites del aparato estatal. Me quedó claro que las reformas mentadas reconocen una situación de facto, que lo que se dice “innovar” ya se dio hace un rato gracias a la gente. En esa cena escuché más de veinte veces: “México es el país que más nos gusta después de Cuba”. “Lástima que ahora estamos un poco separados”. “¿Y cómo está la situación del narcotráfico? Acá la vida es muy segura”. No sirvieron puerco y congrí, y estaban pidiendo una salsa picante para un servidor, cuando les dije que yo de chile, nada, que nunca me acostumbré. Al rato llamaron a los músicos y pidieron una canción de Manzanero. Al ver que yo no cantaba el que presidía la mesa me dijo –Oye chico, es que tú eres de la CIA., no comes picante y no conoces a Manzanero, coño-. Risas y reivindicaciones chacoteras de la diversidad cultural del mexicano de por medio, seguimos departiendo alegremente, con mojitos y cervezas. En esa cena conocí también una canción que compuso uno de los Comandantes de la revolución, Juan Almeida, y que se llama La Lupe. Acá la versión de Silvio que está en la red. Me gustó más la versión guapachosa de la cena.

A partir del segundo día estuvo nublado y lloviendo. Conocí y platiqué ampliamente con un grupo de campesinos de distintas provincias, que estaban presentando los resultados de su trabajo en cooperativas de reciente formación, de las que tienen la concesión en usufructo de la tierra. La mayoría dice que ahora que están trabajando así les va bien, que ya producen un poco más, y que las cosas ya no se echan a perder, porque ellos se organizan para distribuir los excedentes en el mercado de la oferta y la demanda. Al inicio del ciclo agrícola hacen un convenio con el Estado, comprometiendo parte de su producción a precios preestablecidos. A cambio, reciben un adelanto en especie, en los insumos que necesitan para trabajar. Al final entregan lo acordado al precio idem, y mercan libremente el resto. No hay intermediarios como tales. El que tiene transporte se los alquila. La economía campesina discurre toda en MN. Uno de ellos llevaba el original de un oficio en el que autoridad provincial le reconocía los aportes en toneladas de leche en polvo a los centros de distribución estatal, y a la menor provocación se lo enseñaba a todo el mundo. Casi todos me enseñaron fotos de sus casas y su familia, casas de de dos habitaciones, de ladrillo, con techo de lámina de asbesto la mayoría, con tele y equipo de sonido. Todas electrificadas, muchas con energía solar, y los de una comunidad con una pequeña turbina de generación en un río. Ellos también orgullosos de la salud y la educación gratuita. Para propaganda me pareció muy elaborada, y días después me dijo un habanero inconforme: “Acá los que se salvan son los guajiros, son muy limpios”.

Las casas en las que entré, incluyendo un departamento chiquito en La Habana Vieja, tienen estufa de gas (una eléctrica), refrigerador, televisión, dvd y reproductor de cds. La queja es que no hay lavadora casi en ninguna casa. Donde vi comida casera en preparación, era arroz, con o sin frijoles y viandas.

La música y el baile son otra cosa. Uno se imagina desde acá por lo que conoce que es así, pero la imaginación se queda corta. Para donde tú voltees ves a alguien bailando, en la calle, en la tienda, en la plaza. Chingón. Salsa, reggaeton y hip hop. Como para no bailar de la pena por lo mal que uno se ve en comparación. También vi a un cubano con cara de tristeza: no se le daba el baile. Para consolarlo le dije que yo era mexicano y no comía chile. Como que no me creyó.

Una actividad floreciente en el mundo de los cuentapropistas es la venta de discos y dvds quemados, así que por distribución de música no se para. Lo mismo oí en los lugares de baile (discotecas) a Jennifer López y Pitbull con el éxito del momento, que la salsa de siempre y el hip hop auténtico habanero. En La Habana el que puede pagar 6 cucs la hora tiene acceso a Internet (de velocidad media) libremente en los hoteles, y conocí a un maestro que tiene Internet en su casa. De ahí sale la música del momento, luego a los cds “piratas-legales” y de ahí a las pistas de baile. No estuve tanto tiempo como para pronunciarme respecto a la libertad de expresión en Cuba, pero escuché en una discoteca llena de cubanos lo siguiente:

Hay confusión

En toda la población

Ahora resulta que es muy normal

Que haya una clase empresarial

Es que este mundo está más loco

A los gobernantes les patina el coco

Otra persona me dijo lo mismo: “La gente está confusa chico, hay gente que cogió cárcel por cosas que ahora son legales”. Sobre la consulta para las reformas el mismo interlocutor me dijo que se había dado de dos formas, una abierta en los CDRs, y otra con encuestas anónimas en los centros de trabajo, por iniciativa de Raúl. Que la segunda era la buena.

Al final, con un pie en el estribo del avión de regreso, tuve oportunidad de platicar y conocer la casa de una cubana, maestra de la Universidad de La Habana. Tenía 18 años cuando triunfó la revolución, sin estudios. En los primeros años logró estudiar una licenciatura, y después ya en la Universidad el master y el doctorado. Ha viajado a congresos y eventos en varios países de Latinoamérica, y se mostró más que dispuesta a platicar a fondo de todo. Como todos los otros cubanos con lo que platiqué, me recibió con una amabilidad y cariño que te hacen sentir en casa. Me ofreció café, lamentándose de que se hubiera “liberado” y no estuviera más en la libreta. Defendió la revolución a capa y espada, aunque con una visión crítica sobre la burocratización de la que siente que van saliendo. Como no defenderla -me dijo, si tengo un nieto con problemas, con discapacidad, y no hemos gastado un peso en su atención, la madre recibe un salario para dedicarse a él de tiempo completo, y dos veces por semana viene acá a la casa una terapeuta. Casi al irme, tomó una hoja de papel y una pluma, trazó una línea por el medio, y me comentó, con tono didáctico:

“Te lo voy a poner de manera gráfica. De este lado estamos, con carencias, con cuentapropistas y empresas mixtas, que tienen una participación del 51% del Estado. De este otro lado están ustedes, con las transnacionales acabando con la pequeña empresa y los recursos de los países capitalistas. Nunca vamos a cruzar esta línea”.

Al último, al despedirnos, reafirmó –Téngannos confianza chico, somos el pueblo cubano-.

Yo, con la cortedad de haber estado sólo 5 días comiendo, viviendo, bailando, maravillado de la vitalidad y la creatividad del pueblo cubano, se la tengo. Como dijera otro mexicano que conocí allá, las cosas están díficiles pero se siente que todos están en el mismo barco. Hay esperanza.

De nuevo, o por primera vez, hay que ir.

domingo, 10 de julio de 2011

Apuntes de viaje: La Habana

Desde que tengo uso de razón (más o menos desde los 15 años) tenía ganas de ir a Cuba. Por una cosa u otra, el tiempo se fue yendo y se fueron sucediendo las noticias de las cosas que pasaban en la Isla, y una cierta sensación de apremio, de que había que ir ya, se fue apoderando del suscrito. Imagínense nomás la expectativa acumulada de poco más de 20 años, el amor por su historia y por su música, pasando por Fidel y el Che, por Compay y Silvio. Cuando uno es latinoamericano y se le ha metido en la cabeza la tonta idea de que es posible mejorar un poquito el mundo, Cuba se vuelve una referencia permanente, la plática de siempre, el desconcierto ante algunas noticias, la alegría ante otras, la crítica fraterna y entre compas, la defensa a ultranza ante la propaganda de derecha, la esperanza de que si se puede y si se pudo, el temor post caída de la Unión Soviética a verla caminar hacia la inversa.

Con todas esas cosas en la maleta emprendí entonces un viaje cargado de preguntas y lleno de temores, digamos que sin exagerar, había que ver si hay futuro, o si por el contrario, Hobbes tuvo siempre la razón. Abordé el avión con la nota en La Jornada que reseñaba la última reforma cubana: las casas y los autos se pueden comprar y vender libremente. Aderezó alguito el viaje una escala en Panamá, que duró 30 minutos efectivos, suficientes para ver apenas y desde el aire, la masa oscura y contrastante del Canal, y pensar unos minutos en la bandera panameña, en Torrijos y Carter, en Noriega, en Latinoamérica.

Pasada la medianoche aterrizamos en el aeropuerto de La Habana. Entre el sueño y las ganas de verlo todo, pasé por los espacios de revisión y aduanas sin fijarme, sin sobresalto alguno y cuando me di cuenta estaba fumándome uno de los últimos marlboros que me quedaban y tratando de empezar a nombrar las cosas que veía: un aeropuerto con área de llegadas atrapada en los setenta, con una entrada moderna, donde cubanos y extranjeros esperaban a amigos y familiares. Lo primero que noté en el estacionamiento es que había más carros de los que esperaba, ninguno se veía nuevo, pero ninguno se veía más viejo que diez o veinte años como mucho, europeos la mayoría: Peugeot los taxis, Fiat los otros. Amabílisima, la mujer de la agencia que esperaba ese último vuelo nos puso en el mismo taxi a los tres mexicanos que íbamos para el mismo hotel, nos subimos y empezó a rodar. La carreterita que unía el aeropuerto con la zona metropolitana de La Habana, bien. Ya quisiera Tuxtla una calle así para una fiesta de domingo. Me sacó de mi abstracción la voz estentórea del taxista, que me preguntaba algo sobre mi turno. -Chin-, pensé. Nos subimos al carro equivocado, a ver si no nos metemos en una bronca. -¿Qué?- Alcancé a balbucear. - Qué si todos van al Hotel Nerturno, chico-, repitió. Nerturno. Neptuno. Me reí y recién entonces me la creí. Estaba en Cuba, recorriendo el camino del aeropuerto hacia La Habana. El cuadro se completó con al ruido del motor de un ford de los cincuenta que se nos atravesó en la primer entronque de la ciudad. Ver en la siguiente esquina la primera gasolinera fue impactante, tenía un supercito de conveniencia. El primer semáforo en la primera glorieta fue el acábose: funcionaba, y además tenía un tablero donde se contaban lo segundos que faltaban para el cambio. Había alumbrado público. Jardines. Las calles estaban limpias.

-¿Son mexicanos? -Preguntó el taxista.
-Si-, contestamos al unísono. ¿Y que quieren vel de La Habana?-. Todo, respondió uno. -La Habana Vieja y El Vedado-, dijo la otra. Yo me quedé pensando, y entonces tomó forma la idea que me había dado vuelta en la cabeza en los últimos quince días en que no pude quitarme de la cabeza el sonsonete ese de la canción de Carlos Puebla que dice "A Cuba y a Cuba, a Cuba iré".

-A la gente-, respondí.

Sabía que el asunto que me había llevado hasta ahí me iba a permitir platicar con un chingo de gente en los siguientes días. Así fue. Conversé con campesinos, obreros, funcionarios, periodistas, educadores, gente de a pié y sobre ruedas. Entré a algunas casas. Comí con ellos. Bailé.
Aclaro que fueron nomás cinco días efectivos pero me apliqué. Aclaro también que no pretendo ser objetivo ni mucho menos. Tampoco tengo ínfulas de oráculo o de interpréte. Faltaba más. Entre ayer y hoy pensaba en como platicar lo vivido. Como respuestas a preguntas que nos hemos hecho, en conjunto o individualmente. O como opinión sobre lo que está pasando después de haber estado. O mejor como una crónica salpicadita de anécdotas. O como me salga. Casi me decidí por esto último.

Y como son las doce de la noche y mañana muy temprano salgo para el norte, y sobre todo tomando en cuenta que como dijera la Julieta Venegas, "hay tanto que quiero contarles" mejor ahí la dejo. Mañana seguimos y terminamos. Tampoco se trata de hacerla de emoción.

martes, 28 de junio de 2011

No llueve



Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como la de un salivazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más y las buscamos con los ojos. Pero no hay ninguna más. No llueve.
Nos han dado la tierra. Juan Rulfo

Pasó el 24 de junio y nada que llovió. Apenitas anoche cayó una lluviecita cutre, ligera, casi tierna. Se alcanzó a sentir un leve aroma a tierra mojada y Joaquín corrió a la ventana y dijo -Está lloviendo-, para regresar luego a lo que estaba haciendo. Nada pues.

No sé que trae este año que noto en todo el mundo -incluyendo al suscrito por supuesto- una añoranza terrible de la lluvia. Será que han sido tantas y tan jodidas las malas noticias, que esperamos un poco de agua para lavarnos las manos y la cara.

Desde el fallido 24, no dejo de recordar otras lluvias de otros tiempos.

Me acuerdo por ejemplo de las lluvias en mi pueblo, antes de que las calles estuvieran encementadas tan horriblemente como hoy. La lluvia era el comienzo de la aventura, cuando corríamos al lado del arroyo donde habíamos soltado los barquitos de papel, con apuesta de por medio a ver cual aguantaba más. Doscientos metros más abajo de la casa, donde ahora van a poner la Boedega Aurrera que pone en jaque al pequeño comercio pueblerino, se despedazaban las naves y definíamos ganadores. Me acuerdo también de las lluvias que preferían la noche, y del repiqueteo en el techo de asbesto del cuartón donde hacíamos como que dormíamos escuchando el agua. Si llovía un poco más temprano nos quedábamos sin luz, en el otro cuarto de adobe y techo de teja que hacía las veces de comedor, sala y cocina, y jugaba entonces a encontrar formas en las sombras vacilantes de las velas en las vigas del techo. También hacíamos figuras y erámos un poco más felices que los otros días. Si el chubasco nos agarraba en la casa de mi abuela, en lugar de velas nos alumbraban los quinqués hechizos de frascos de nescafé con petróleo, con una una tira de tela haciando las veces de la mecha, distribuidos a lo largo del corredor, y veíamos las lluvia desde las butacas cayendo en el patio del árbol de aguacate, comiendo una tortilla grande con manteca, tomando un cafécito con leche para el alma. No recuerdo una sensación más reconfortante.

Recuerdo también la lluvia interminable de San Cristóbal, los días y noches en que no paraba de caer una lluvia suave, que te daba una falsa sensación de que podías salir y retarla, caminar el mundo en la búsqueda de los otros, para terminar totalmente mojado después de un cuarto de hora. Tuve unos zapatos rotos que me hicieron acostumbrarme al agua y encontrar un uso diferente a los periódicos, y tuve un chuj de lana basta, que guardaba todavía el olor del borrego, que me sirvió de impermeable varios meses, por aquello de la grasa que guardó cuando lo hilaron y tejieron. De ahí de Sancris recuerdo una de las lluvias peores, en la casa esa del barrio de Santa Lucía, que tenía dos pisos. Fue una noche después de levantarme, verme en el espejo y constatar los estragos de tres o cuatro días de excesos, viendo a un tipo que me veía a su vez con los ojos rojos y apagados, flaco, sucio, jodido, barbón. Me senté entonces en una silla de la sala del segundo piso frente al ventanal que ahí reinaba, y estuve torturándome desnudo y frío, viendo caer la lluvia fina y sintiendo como nunca la tristeza.

También me acuerdo de la multiplicación de las sombrillas de la estación de trenes Termini de Roma, cuando vimos con sorpresa Adriana y yo como surgían en las puertas montones de migrantes de Bangladesh, cada uno con un ramillete de paraguas, repitiendo lo que tal vez era la única palabra en italiano que importaba: piove, piove, piove.

Extraño también en estos días la lluvia de Hermosillo, siempre tan escasa y tan escandalosa. Nunca he escuchado tanto ruido antecediendo al chaparrón, con los truenos que barren el desierto como tanteando el suelo, a ver que tan sediento está. Una vez, cuando erámos tres, estabámos en un parquecito y nos llegó el aroma de la tierra del desierto mojada, antecediendo por segundos a una tormente de arena, que anunciaba a su vez el agua. Me quité la camisa para tapar a Joaquín, y un poco ciegos y un mucho gozosos, corrimos hacia el carro que nos permitió poner distancia. Todavía no supero la sorpresa de saber que existen los sapos del desierto, que se entierran durante meses y años a esperar el agua que los haga renacer, para enloquecer entonces en un frenesí reproductivo, y dedicarse luego a comer hasta hartarse y más allá, antes de regresar bajo la tierra, a esperar, otra vez.

Sé que cuando llueva por fin acá, se soltará la vida, y con ella las montañas de zancudos que te obligan a guardarte.

No importa.

Seguimos esperando.

Todavía no llueve.

martes, 21 de junio de 2011

De la pedagogía del esfuerzo



Y el viejo Lobo ríe, y entre la boca negra
tienen los dientes blancos un terrible fulgor.
«Abuelita, decidme: ¿por qué esos grandes dientes?»
«Corazoncito, para devorarte mejor...»
Gabriela Mistral
Parte III de Crónica de 30 años de crisis ininterrumpida 1982-2012
Como muchas otras cosas relacionadas con la religión, no creo en el pecado original, la supuesta culpa ancestral que se transmite de padres a hijos desde el momento mismo de la procreación. 
Creo si, que la metáfora del pecado original nos sirve para justificar la terrible inocencia de los niños, tan lejana del control adulto y de sus reglas. Con toda la inconciencia que te da en los primeros años no distinguir completamente el bien del mal, según como indican los parámetros de los adultos, se pueden hacer cosas terribles, marcar vidas para siempre. Los adultos ven a los niños como medias-personas, dependientes para todo de ellos, necesitados de las reglas y límites que ellos les imponen, ignorantes de la jungla en que se vive en la escuela, confiados en la comunicación que tienen con sus hijos, con la certeza de que nada se les escapa, nada malo por lo menos. Mientras más te involucras en distintos grupos, conforme creces, más en contacto te pones con lo mejor y lo peor de las sociedades humanas, más aprendes a golpes a jugar el juego. A mi me pasó al entrar a segundo año de primaria.
Pasé el primer año en la dulce güeva, en la fiesta y la inconciencia que resultaba de una afortunada combinación de factores. Mi papá me enseñó a escribir en el verano previo a la entrada a la primaria, con un método propio, desarrollado por él, y que cuando me tocó experimentarlo ya estaba probado con mi hermano. La onda era levantarse con él, antes de que se fuera a Tuxtla a la oficina. Agarraba un cuaderno de raya, me alzaba sosteniéndome de las costillas para sentarme en el alto banco de su restirador, asentaba el cuaderno, agarraba el lápiz y escribía mientras me decía: Acá dice “El”, acá dice “caballo”, acá dice “corre” acá dice “por”, acá dice “el” otra vez pero con “e” minúscula, y acá dice “campo”. “Ahora tú, escribiendo en la siguiente línea”. Y yo a garabatear “El caballo corre por el campo”. “Ok”, decía mi padre, “ahora llena cinco hojas con ese enunciado, sin errores”. “Nomás no lo vayas hacer en escalerita porque me voy a dar cuenta” –remataba, mientras, no sé si consciente o inconscientemente, se acomodaba el pantalón sobre la panza prominente, con dos jalones de las manos sobre el cinturón, primero de los lados y luego de atrás y adelante. Yo, tragando saliva, digería la amenaza implícita en el ademán en cuestión, y le decía: “Si papá, como Usted ordene”.
Salía mi papá de la casa, yo desayunaba y me iba al estudio a acometer la terrible faena. Nada más subirme al banco del restirador me representaba un reto, sentía como se tambaleaba cuando me impulsaba hacia arriba, con toda la atención puesta en no echarle de más y terminar en el suelo. Después empezaba “Elcaballocorreporelcampo”, “Elcaballocorreporelcampo”. Las primeras veces intentaba hacerlo rápido, pero me daba cuenta que por mucho que apurara para salir a correr con mi primos y mi hermano, se me iba a ir toda la mañana. Yo estaba a 5 meses de cumplir 7 años, recién terminado el kinder, al que había llegado tarde y salido ídem, en un vano esfuerzo de mi padre por darme un poquito de ventaja ante lo que se vendría. Mi primo Layo y mi hermano, de diez ya cumplidos, estaban hacía mucho en las estadísticas de los mexicanos alfabetizados. No se diga mi primo el Heras, que con 11 acababa de terminar la primaria.
Así que mientras a mi me martirizaba la dureza del banco de restirador, diseñado por alguna mente maligna para impedir que se durmieran los dibujantes, llegaban a mi oídos la gritería de los otros jugando en el gran patio compartido que unía por detrás nuestra casa con la mi tío Heraclio. Cuando tras grandes esfuerzos llevaba dos o tres hojas, empezaba a alucinar con los caballos y los malditos campos donde se la pasaban corriendo, mezclando la realidad con el sueño. De a tiro por viaje me despertaba de un brinco, sobresaltado, con la sensación del chango primigenio que se cae del árbol, para descubrir que estaba a punto de correr la misma suerte. Alcanzaba a detenerme apenas, agarrado a dos manos de la tabla, para descubrir un instante después, horrorizado, que al dormirme me había equivocado, que la línea que estaba escribiendo, terminaba en un rayón, como de pájaro en picada, que echaba a perder toda la hoja. Suspiraba, la arrancaba y comenzaba de nuevo. La otra parte del sistema de mi papá para alfabetizar a sus hijos consistía en el deletreo. Cuando íbamos caminando con él, ya en la tarde, en la ronda de visitas que hacía por el centro del pueblo, de repente se detenía frente al rótulo de algún negocio: “Mira hijo, ahí dice Supermercado Cinco hermanos”. “Las letras de la última palabra son: hache, e, ere, eme, a, ene, o, ese. Ahora tú”. Y yo trastabillando, trataba de repetirlas: hache, e, ere, ene…”. “No seas pendejo, esa con las tres patas es la eme, la otra que tiene nomás dos es la ene” –me interrumpía mi sacrosanto padre. Y si me equivocaba otra vez me llevaba un zape, y seguro a la tercera me salía, cuando las manos del señor se habían acercado peligrosamente al cinturón. Así que no tuve más remedio que aprender a leer. El primer año entonces me la pasé platicando y distrayendo a mi compañeros, tratando de convencerlos de que tenía siete años, y ellos me veían desde su estatura reducida generada por la desnutrición y el trabajo del campo con cara de incredulidad donde se leía “Pinche ladino mamón” y me decían “No, si yo tengo 9 y tu eres más alto, has de tener como diez o doce años”. El Urtusuástegui, el hijo del ingeniero, el de la casa con techo de cemento y tele, ese era yo en primero, el rico pues, curiosamente, sin serlo. El blanco de todos los enconos, la demostración infantil de la existencia de la lucha de clases y la resistencia cultural. Mientras estuvieron mi hermano y mi primo, no hubo pedo. Nomás salir ellos y entrar a segundo y comenzó el tormento.
Un día iba yo con mi Sinrival y mi panza caminando por la vida cuando se me emparejaron tres chamacos de cuarto “Como te va”, dijeron. “Bien ¿Y a ustedes?” contesté, agradablemente sorprendido y pensando que a lo mejor podía tener amigos de los grados superiores, cuando me detuvieron entre dos mientras el tercero y mayor, el jefe, me sorrajaba tremendo reatazo en la panza, sacándome hasta la última gotita de aire disponible. “Para que no andes de pinche presumido” me dijo, y me quitaron mi refresco. Una vez que hube recuperado mis funciones respiratorias, me quedé pensando en lo que había sucedido, con la pinche duda de que lo había ocasionado, tratando de identificarlo para evitarlo, sin llegar a ninguna conclusión razonable.
Otro día, Dionel, que iba en mi salón, se me aventó encima por la espalda al salir apenas del salón, y me aplico una llave de lucha libre que me dejó inmovilizado, mientras me insultaba a placer. Dionel era dos años mayor que yo e hijo de albañil que trabajaba a destajo. Saliendo de la escuela se iba a la obra donde estuviera su papá y a darle acarreé que acarreé ladrillos, arena o grava. Así que ni como imponer mi recién adquirido y fofo cuerpo a su correosa y talluda humanidad. De cualquier forma me esforcé en librarme, alcanzando como único resultado un tallón y madrazo en la nariz, de la que empezó a gotear de manera grotesca y escandalosa la sangre, en una relación directamente proporcional a la humillación que yo sentía. Muchos años después, en la época de borracheras de la prepa, me lo encontré mientras iba con mi hermano y un amigo, el Erwin. Lo reconocí y me le fui encima a patadas y madrazos. En esa época había encontrado una vena peleonera que me daba la confianza para tener esos arranques, sobre todo cuando andaba con dos o tres alcoholes encima, como era el caso. Y entre mi borrachera y la de él, se impuso la de él que no alcanzó a reaccionar a los golpes, si apenas a cubrirse mientras gritaba “La ley, háblenle a la polecía”, “Llamen a la justicia”. Como era la época de terror del ex militar Chus rana como jefe de la policía municipal, mismo que madriza de por medio a todos entambaba, sin razón aparente o con, como fuera, por cualquier mamada (como nos tocaría a nosotros, pero eso se los cuento más adelante) la justicia hizo su pronta y oportuna aparición. “Ora hijos de la chingada, subanse pa´rriba” dijeron mientras cortaban cartucho de sus riflitos veintidós que usaban, dispuestos en semicírculo alrededor nuestro, empujándonos hacia la camioneta, con la prepotencia absoluta que da la certeza de que eres la autoridad y puedes hacer lo que quieras. “Momento oficiales”, dijo el mamón del Erwin que ya estaba estudiando derecho, “Nosotros veníamos transitando tranquilamente rumbo a mi casa que es la de ustedes, cuando fuimos agredidos por estos señores” completó señalando al Dionel y sus dos acompañantes. Ante la cara de “¿Qué dijo?” que pusieron los polis, mi carnal entró al quite y les aclaró, “Salimos apenas de la velada en el auditorio, y ya nos íbamos a dormir cuando aquí estos nos atacaron”. Los polis voltearon a ver a su jefe, que dijo, “Pues buenas noche señores”, mientras le soltaba un culatazo mayúsculo al pobre Dionel, que había conjurado su presencia, y esto fue la señal para que los demás le cayeran también a culatazos a sus acompañantes. Cuando nos alejábamos alcanzamos a oír el ruido de la lámina de la camioneta que recibía a los tres pobres tipos para transportarlos a la cárcel municipal. Muertos de la risa nos fuimos a la casa del Erwin a seguir tomando, festejando el inobjetable triunfo de las armas Urtusuástegui, con inconciencia total del desmadre que habíamos armado.
Más o menos dos semanas después de estos hechos, salíamos de nueva cuenta de una fiesta en el Auditorio, la boda del cuñado del Víctor creo, nuevamente mi carnal, el Erwin y yo, cuando de repente ya estábamos rodeados. Al frente del contingente enemigo el Dionel, con los ojos entrecerrados, trabado por la furia, con la cabeza levemente inclinada hacia adelante, con voz ahogada me dijo “¡¡Hijo de tu re puta madre que te parió al aire!!”, que venía siendo el non plus ultra de los insultos vallescentralenses. “No contento con que me madriaste, me llevó la autoridá, me terminaron de madriar ellos y me bajaron la raya de la semana” noté como se iba alimentando con su misma furia y creciendo. “Pero lo más pior de todo es que me peloniaron y me pusieron a barrer el parque el domingo temprano” pensé que había concluido, mientras a mi me recorría un escalofrío, pero no, todavía me dijo “¿Tenés idea de que se siente estar pelón, barriendo y que vaya llegando la gente a la primera misa y te vayan saludando aguantando apenas su pinchi risita de mierda?” aunque poco después estaría cerca de vivir en carne propia esa experiencia, en ese momento no tenía ni la menor idea de lo que sentía vivir la experiencia en cuestión, pero consideré pertinente de cualquier forma no comentarlo. “Tú me madreaste en la primaria, estamos a mano” le dije en cambio. “Ningún estamos a mano, sólo a sólo puto” respondió y tensé el cuerpo para lo inevitable. El “sólo a sólo” era ineludible. En cualquier otro contexto podrías tratar de escurrir el bulto, argüir inequidad, borrachera, o de plano hacerte pendejo. Pero cuando se pronunciaba esa frase, arrastraba una cauda de significado subyacente, que se resumía en que le entrabas o le entrabas, pues no tendrías sosiego nunca más en ninguna fiesta ni espacio público, donde todo el tiempo alguien te trataría de madrear pues eras puto, no le habías entrado a una pelea sólo a sólo. Uno a uno y hasta que quedará un claro vencedor, único momento en que los demás podrían intervenir. Así que me estaba disponiendo para lo inevitable, vencido ya secretamente antes de empezar, cuando se me dejó venir, no a golpes como esperaba, sino tratando de agarrarme por la cintura y tirarme. Estábamos justo en medio de la calle de la esquina surponiente del parque central, eran apenas las doce de la noche de un sábado, y no pasó ni un maldito carro. No pasó ni siquiera la policía, que habitualmente se la pasaban haciéndose pendejos dándole la vuelta al parque, molestando a las muchachas y cazando a los borrachos.
Del encontronazo con toda la furia del Dionel, di dos pasos para atrás, que hubieran sido más, o de plano me hubiera caído si no me detiene el barandalito de la jardinera que marcaba el perímetro del Parque Central. Le he dado un chingo de vueltas viéndolo en retrospectiva y siempre concluyo lo mismo. Hubiera sido mejor caer desde el principio y no quedar detenido ahí. El puto barandalito de mierda tenía picos en forma de flechita, de esos que se supone que le ponen para desalentar el que los pases. Como herramienta de persuasión servía para una chingada, todo mundo se metía a tirarse en el pastito. Como adorno estaba muy cutre, y como sostén en medio de una madriza, francamente insoportable. Mientras sentía como se me iban clavando las puntas en los muslos, y daba gracias al cielo por el pantalón de mezclilla Levi´s tan resistente que había recientemente adquirido con grandes sacrificios, pensaba a mil por hora que hacer en cada fracción de segundo del pleito. No podía darle de rodillazos ni patadas, pues me tenían atrapado contra el barandal de marras ejerciendo presión para tirarme. No podía levantarle la cabeza tomándolo del pelo, pues como el se había encargado de decirme, lo habían rapado recién y no había de donde agarrarse. Probé a pegarle golpes con toda mi fuerza en la espalda y en el costado, pero una vida de peón de albañil había dado resultados, y parecía que le estaba pegando a una tabla. Y él seguía empujando, y empecé a sentir como se rasgaba la mezclilla y me empezaba a rasgar la piel, y ahí, atrapado, tomé una decisión un poco idiota. Me dejé caer de espaldas hacia el pastito, arrastrando a Dionel en mi caída ¿Resultado? Quedé tirado de espaldas, con el Dionel montado sobre mí, con mi rostro a su alcance, y me empezó a tundir con enjundia justiciera en la cara, mientras yo atinaba a apenas a medio taparme y medio tratar, inútilmente, de devolver la agresión desde abajo. El entrarle a un “solo a sólo” tiene sus ventajas. Como ya era claro para aliados y enemigos que me estaban partiendo la madre y que no había posibilidad de revertir el resultado, ya le pudieron entrar todos los espectadores a separarnos al grito de “¡Ya estuvo, ya estuvo!” En estos casos había que asegurarse de que se tenía una sincronización milimétrica entre los que separaban a los contendientes (cada quien a su amigo) pues más de una vez había pasado que mientras tú detenías a tu amigo que estaba arriba e iba ganando, los cuates del otro se medio hacían pendejos y entonces le alcanzaban a plantar al tuyo un soberano reatazo en la cara, o una patada en los güevos que ponía en riesgo sus posibilidades de reproducción futura, transformando en victoria ajena de último momento, su triunfo. Como yo estaba abajo y madreado no fue el caso. Agradecido de que terminara el castigo no hice por intentar madrearlo, sólo me paré, me sacudí, me salí del jardín y nos fuimos caminando haciendo un recuento preliminar de los daños. La mandíbula hinchada y un ojo morado y en proceso de cerrarse era lo que saltaba a la vista. Lo que más me dolía sin embargo, era mi pantalón Levi´s 501, roto desde las nalgas hasta el tobillo, irremediablemente dañado. Con lo que ganaba trabajando en vacaciones en la tienda de Villahermosa me alcanzaba siempre para comprarme uno, así que más o menos tenía dos siempre. Livais y del que fuera. Dos nomás.
Pero eso pasó después. En el segundo de primaria que nos ocupa, llevaba en menos de una semana dos derrotas, la del golpe en la panza y la del Dionel niño. La tercera fue la mía, conseguí una primera victoria que me enfrentaría por primera vez con la maldad y el miedo. No me acuerdo como empezó el pleito, ni porque. Me recuerdo solamente corriendo tras Miguel, mi compañero de banca, que corría despavorido tratando de llegar a la dirección, donde se suponía que estaba la maestra Bety que, plana de por medio, nos había dejado solos un rato. Junto a nosotros corrían las tres cuartas partes masculinas del salón, azuzándonos, impulsándonos al pleito. Lo alcancé al final de la fila de salones de primero, lo tomé de un hombro y lo detuve de un jalón seco, de tal suerte que cambio de trayectoria y fue a estrellarse contra el filo de la ventana del primero A, donde daba clases muy orondo el maestro Wilson. Atontado por el golpe, Miguel quedó a mi merced y le empecé a pegar en la cara, como me había enseñado mi papá. El maestro Wilson salió ante la gritería, y me detuve, pero para mi sorpresa nada más se nos quedó viendo y dijo “¿Ya terminaron? Que nadie se meta”. Nadie se metió, y Miguel trató de darme un golpe, alcancé a esquivarlo y pegarle de vuelta en un ojo, provocando que se doblara llorando, mientras el maestro Wilson decía, “Sin llorar, aguántese como los hombres”. Aprovechando que estaba doblado lo tamborileé en la espalda a dos puños, y luego empecé a tirarle golpes de nuevo a la cara, desde abajo. En eso empezó a escurrirle entre las manos un hilo grueso, de sangre, y fue hasta ese momento que el maestro Wilson intervino y me dijo, “Ya déjalo, ganaste”. Sólo faltó que me levantara el puño en alto ante la concurrencia aumentada por sus tiernos discípulos.
La maestra Bety se puso furiosa, y en medio de una regañada fenomenal, la única que me dirigió directamente a mí en los dos años en que se dedico a aterrorizar a mis compañeros, nos obligó a hacer una especie de reconstrucción de hechos. Cuando llegamos a la parte en que le contamos como se había golpeado Miguel contra el filo de la ventana con la nuca, fue el acabóse, “Lo pudiste haber matado, inconciente” me dijo como mil veces. Mejor no lo hubiera hecho. Conciente ella de que estaba acercándose peligrosamente a una frontera que no debía cruzar con un Urtusuástegui, terminó el hecho dictando sentencia: me quedaría una semana sin recreo. A Miguel no le tocó castigo, así que les quedó completamente claro a todos, a mí el primero, que el único culpable en todo el asunto era yo.
Ahí empezó una de las etapas más negras de mi vida. No recuerdo cuanto duró, pero seguro no menos de unos días y no más de unas semanas, pero fueron insoportables. Al día siguiente, Miguel, que seguía siendo mi compañero de banca, al acercarse la hora del recreo comenzó a decirme “Yo no quería, pero tomando en cuenta que me pudiste haber matado, le voy a tener que decir a mi mamá, ahora que venga al recreo, lo que me hiciste. Seguro ella va a reclamar fuerte con el director y te van a expulsar. Es que imagínate, me pudiste haber matado”, insistió. Yo, que no había pensado en otra cosa desde que la maestra había dicho eso, comencé a temblar. Veía clarísimo que me iban a expulsar, y si me expulsaban ¿A que otra escuela podía ir? La única otra primaria que había en el pueblo, la Zapata, nos estaba ya vedada. Mi tío Heraclio había ido a mentotearle la madre al director que se había atrevido a castigar a su hijo, mi primo el Heras, y como resultado de ello habían sido expulsados sus hijos y mi hermano. Por eso íbamos a la escuela “El Porvenir” que nos quedaba tan lejos. Así que me veía condenado a estar en la casa haciendo plana tras plana de “Elcaballocorreporelcampo, elcaballocorreporelcampo, elcaballocorreporelcampo”. O la otra variante “Elperroladradenoche, elperroladradenoche”. No, era insoportable tal perspectiva. Prefería seguir en la escuela y tener una pelea diario antes que vivir de esa manera. Así que no pude más y le rogué “No le digas a tu mamá por favor (elcaballocorreporelcampo)”. Si hubiera tenido un poco más de malicia o dos años más, hubiera reconocido la sonrisa de suficiencia que se le dibujó en el rostro a Miguel, pero en ese momento la vi como una sonrisa de empatía, de que no le iba a decir, pero en cambio, dijo “No, pues si le tengo que decir, imagínate, mi vida estuvo en riesgo”. “No le digas por favor (elperroladradenoche)” supliqué. Y en ese momento, con la certeza que me tenía en sus manos, me dijo “¿O que me puedes dar pues, para que no le diga”. “¿Cómo?” le dije desde mi pendejez ingenua. “Si, no sé, si me das tu gasto o algo pues me aguanto y no le digo nada” vaciló. Pero yo no vi la vacilación, lo único que se abrió ante mí, fue una pradera de posibilidades, en la que un perro y un caballo se alejaban al galope. “Claro que si, te doy mi gasto”. Y así inauguramos un ritual que se repitió un número indeterminado de días. “Le voy a decir a mi mamá” “No le digas” “Que me vas a dar” y adiós a mi Sinrival y mis sabritas. Y Luego empezó a haber variantes “Le voy a decir a mi mamá” “No le digas” “Que me vas a dar” “Te doy mi gasto” “¿Y que más?”. Hijuelagranchingada. Tal cual se los platico. Cuanta maldá a tan temprana edá, diría un coterráneo. “Pues traigo dos canicas” “¿Agüitas o pintas?” “Pues agüitas” “Bueno, te las recibo hoy pero mañana que sean pintas, y que sean diez” Y al día siguiente eran pintas y eran diez. No sé cuanto duro, pues como dirían los románticos, el olvido tendió su manto protector sobre tan desagradable pasaje de mi vida. Si recuerdo que vivía lleno de miedo en esos días, temiendo que llegara el momento en que no pudiera cumplir con las expectativas de Miguel y este se viera obligado a decirle a su mamá, su madre al director y me expulsaran. Así de buey.

domingo, 12 de junio de 2011

A Matteo Dean


¿Te acordás hermano que tiempos aquellos?
Mario Benedetti


¡Ay Matteo, Mateíto, compañero, que madriza nos has puesto! Como dice el Soto, el problema en común de la muerte y la vida es que comparten una encabronada falta de puntería. Digo, habiendo tanto cabrón asesino suelto y te toca a vos. Desde la mañana en que me desperté con la noticia hasta ahorita, he estado jodido, con la opresión detrás de los ojos y la garganta atorada, buscando que hacer. Mi primer impulso fue viajar para estar con vos y con los otros, con los nosotros que de por si somos, con los que fuimos ¿Sabés Mateíto, Matteo, compañero? Siempre llego tarde a estas madres, o no llego. Es una de las desventajas de esta vida gitana que llevamos. Cuando se fue mi abuela la materna estaba en Querétaro, y entre los arreglos del viaje y el examen de italiano que tenía en el embajada para la beca, llegué nomás a llorar, cuando ya no estaba. Peor con mi abuelo. Llegó Adriana al salón de La Sapienza, a decirme, y alcanzamos a llegar a Castro Pretorio, donde me bajé a llorar desconsolado, desde el otro lado del oceáno. Eso fue allá en Roma, en tu país de origen compañero. Nunca estuvo mejor dicho eso del país de origen, porque tu país de destino siempre fue México. Acá estoy pues, desconsolado y sin saber que hacer, pues por un ratito ya no pude comprar los boletos, ya no llego a despedirte compañero. Y como no sé que hacer, escribo.

¿Te acordás hermano? Nos conocimos en el local del Frente, debe haber sido en el 96. Llegaste con otros italianos que poco a poco se fueron, mientras vos poco a poco te quedabas, abriéndote un espacio en el corazón de todos. Eran los años del Comité Civil de Diálogo 2 de octubre, de los 20 que nos multiplicábamos volanteando, marchando, organizando y convocando a marchas estudiantiles un día si y otro también y la gente llegaba ¿Te acordás? Si, seguro te acordás pues compartiste todo, lo que había y no, el entusiasmo por cambiar las cosas que traías de por si, con las certeza de que se podía que se confirmaba en cada convocatoria que tenía eco. Yo también me acuerdo. Me acuerdo del tiempo en que decidiste viajar por el país y por Estados Unidos, y que regresaste sin dinero en el tren de la ruta del migrante. Hasta Palenque llegaste sufriendo de regreso lo que a tantos otros les toca de ida. De ahí me llamaste. Las vías se acababan y no tenías dinero para completar los 300 kilometros que faltaban para Sancris. Como es obvio, yo tampoco tenía, pero entre todos juntamos un poco, apenas lo suficiente para el camión y algo de comer, para que regresaras con nosotros.

¿Te acordás después de los meses de La Trampa? Eras mejor activista que cocinero, y el negocio al final no resultó, pero resultó en cambio como un punto de encuentro. O sea que sirvió para lo mero bueno. Cuando cerrabas y poco a poco íbamos llegando varios, y platicábamos de la vida, de los cambios y de lo que se venía y de los pocos que nos íbamos quedando en Sancris mientras los demás se iban moviendo al DF. Hacia allá fuiste luego, y allá nos vimos varias veces ¿Te acordás cuando trajiste tu experiencia altermundista europea, y armaron un grupo en ciudad monstruo? Yo si me acuerdo. Me acuerdo también cuando sacaron el reportaje en Reforma de varias páginas, y en varias aparecías vos, y te nombraban el dirigente del grupo, ya sabés, el güero extranjero que venía a manipular a los chavitos mexicanos. Es increíble como el tiempo pasa y el poder no cambia. Siempre los mismos argumentos. Nosotros sabíamos que eras vos, y la Bárbara, y el Jorge, y la Amanda, y el Soto, y los demás del 2 de octubre transplantado que probaban ahora a revolucionar el mundo, un poquito en otra escala.

Un poco antes de eso, de que te fueras, fue la huelga de Sociales ¿Te acordás? Yo si me acuerdo. Me acuerdo de que en los varios días que duró, contra todo pronóstico la asamblea crecía. Empezamos sesenta y terminamos trescientos ¿Te acordás de esa última asamblea, la decisiva, en la que no cabía la gente en el auditorio y se votaba desde afuera? Seguro que te acordás, ahí estabas. En contra de mi encarecida recomendación de que no fueras, de que tuvieras presente que en México el artículo 33 y etcétera, de repente se me acercó una chava a la mesa, y me dijo -¿Conocés al extranjero que está allá al fondo? -lo dejamos entrar sólo porque dijo que te conocía. Y desde el fondo sonreías. Si, les dije- Es el Matteo, no es extranjero-. Y te quedaste con nosotros hasta la media noche en que firmamos la minuta.

Y de las largas noches en que platicábamos en mi casa o en tu casa, y no nomás de revolución y marchas. La ciencia ficción siempre me ha gustado, pero gracias a vos conocí, para no soltar más, a Philip K. Dick ¿Todavía te gusta? A mi si. Y muchos otros que he conocido en estos años, y que me hubiera gustado platicar con vos, con una botella de vino, o una cerveza en la mano.

La última vez que te vi, fue en marzo de 2001, cuando la marcha del color de la tierra pasó por Querétaro, y se quedaron vos y muchos otros en la casa que me prestaba la familia de Adriana. Es una lástima, no la conociste. Llegaron tarde en la noche y se fueron temprano, y después ya no nos vimos. Te hubiera caído bien. También mis hijos. El Joaquín desde los dos años va a las marchas, y al Víctor ya le tocó la primera. Van bien. En esa ocasión te pintaste el pelo de negro, pero no alcanzó compañero. A veces subestimamos al poder. Al poco de la marcha zapatista te pasó lo que a otros tantos, te citaron al INM dizque para hacer un trámite, y te aplicaron el 33. Así, como al Gianni Proeittis hace poco. Viaje exprés de vuelta a tu país de origen ¿Y si sabés, verdad, que entre otras cosas, fuiste una de las razones para vivir en Italia? Valía la pena conocer un país donde había gente como vos.

La última vez que hablamos fue en el 2003. Adriana y yo estábamos en Roma y te llamamos a Trieste para pedirte un paro. No se pudo. Me quedé dolido y recordando tu llamada de Palenque. Digamos que era equivalente. Al tiempo dije, son muchas las cosas que hemos vivido juntos, muchos y muy fuertes los amores. Queda un chingo de vida por delante, si seguimos en lo que estamos nos veremos y aclararemos todo. Valió madre compañero, no alcanzó la vida para hacerlo, se pasó el tiempo.

Regresaste a tu país de destino, a México, y comenzaste a escribir en Proceso un día, en La Jornada otro. Leí varias veces lo que escribiste. Hacia el año 2008 fue la última vez que te oí. Estaba escuchando la Bemba en Hermosillo, cuando reconocí con sorpresa tu voz. Estabas en un enlace del Contacto Sur de Aler desde Chile, hablando de reformas laborales. Ahí supe que colaborabas con el CILAS. Vos no lo sabés, pero compartimos ondas hertzianas compañero. Ahora pienso que que pendejo, que que chido hubiera estado que colaboraras en Política y Rock & Roll, como experto en temas laborales y migratorios, que estábamos al alcance de tres llamadas y un correo.

Déjame te platique que somos un chingo, que a todos lados donde hemos ido Adriana y yo desde la última vez que nos vimos, hemos encontrado gente buena, que se organiza y que está hasta la madre y que quiere cambiar las cosas. En Hermosillo hay muchos. Ahí, como contigo y los otros, hice grandes y comprometidos amigos, y existe una raza chida que también se da cuenta de como estás las cosas. En estos últimos años, Matteo, Mateíto, compañero, he fantaseado con la idea de poder juntar a todos con los que he compartido luchas, y junto con mi familia que ahora es parte indispensable de lo que soy, cambiar el mundo ¿Sabés? Ya somos muchos, y hoy como hace 15 años que nos conocimos, sigo pensando en que si podemos. En ese grupo amigo querido, compañero, tienes un lugar en primera línea, junto a los de antes y los de hoy.

Dice el José Alberto, nuestro Che, que todos los que te conocimos tenemos un poquito de ti. Vale madre compañero, la neta es que es cierto, pero en estos momentos no alcanza, no es consuelo.