lunes, 27 de febrero de 2012

Fragmento


Tele, rock gringo y mexicano, literatura existencialista, y decepción amorosa de por medio, llegué ese primero de diciembre de mis dieciocho un poco más jodido que de costumbre, que ya es decir. Estaba encabronado por estar triste, y triste por no ser felicitado por nadie. Para acabarla de joder hasta a mi madre se le había olvidado y muy sonriente (lo que fue la puntilla) me despidió con su: Que tengas buen día hijito, como todas las mañanas. Ese año fue el del divorcio de mis papás así que él ya ni vivía en la casa, mis carnales estaban dormidos, y yo con la amargura rebosando. Me subí al micro y prendí un cigarro, una señora tosió tímidamente y yo me la quedé viendo feo y le dije: Pues abra su ventana, y ella, Pues es que está atorada. Y mi mirada de acero templado, escrito en mi ceño fruncido con toda claridad: Pues se aguanta. Nadie dijo nada. Lo que son las cosas, si ahora se me ocurriera hacer algo semejante, barato me saldría si sólo me bajaran a patadas. Pero fue hace muchos años, y fumé y fumé y triste triste llegué a la escuela, y la misma que en la casa: nadie se había acordado. Y la mezcla de sensaciones, por un lado alivio de no tener que forzar una explicación a partir de la frase: A mi no me gustan mis cumpleaños, y por el otro encabronamiento como la primera vez que me escondí de niño debajo de la cama y pasó un chingo de tiempo y nadie se dio cuenta y todos siguieron tan contentos jugando y mis papás adelante con su vida, hasta que no me quedó más remedio que salir ¿Es que era tan difícil recordar mi cumpleaños, tan de plano imposible felicitarme con tacto? Contra mi costumbre de todos lo días entré a la clase para evitar a la banda. Aguanté a Burguete con sus historias de éxito espiritual y emocional sobre el éxito material, que más parecían justificación de por que él llegaba en una lancha de hacía veinte años y su carnal en una moto del año, con su jodida manía de tirarnos el rollo media hora y llenar en diez minutos el pizarrón de fórmulas matemáticas, que no dejaban de a seis, literalmente, y eso si corríamos con un poco de suerte. Aguanté a Piñuelas con su clase de geografía, con los textos trasnochados que nos dividían al mundo en blanco y negro, en capitalismo y socialismo, aunque el Muro ya había caído y Gorbachov estaba más cerca de vender pizza que de gobernar algo. Eso sí, los libros no se cansaban de decir que México tenía una economía mixta, por lo que tenía lo mejor de los dos sistemas. Lo curioso era que corría el sexenio de Salinas y muy pocas paraestatales habían sobrevivido al naufragio. Aguanté con un poco más de ánimo a la Mónica, que estaba muy mona y hablaba muy bien inglés, y se prestaba a despejar nuestras dudas sobre el significado real de las rolas que nos llegaban de inglesia, cuando los significados literales no nos decían  nada: maestra ¿Qué quiere decir She´s got the look? Y el pendejo del gordo como siempre oportuno y acelerado: Ella no puede mirar para atrás, y la Moniquita tan bonita, Noooooo, quiere decir literalmente que ella tiene el “look”, es decir que se ve muy bien”. Mientras yo pensaba, bien buenita como tú.

Después de la clase de inglés, andaba tristeando por la vida y decidí salir a fumarme un cigarrito (otro saldo negativo de la huelga, no se podía fumar más dentro de la escuela, nos consolábamos pensando que podía haber sido peor y que podían haber cerrado por siempre el portón como ya pasaba en las otras escuelas). Me senté con mi cara de atormentado en la piedrona del tabaco rápido, cuando me cayó un vergazo de agua, luego fui acribillado con huevos llenos de harina y confeti, mientras se me aventaban todos los amigos (y las amigas) a darme abrazos y besos al por mayor. A toda madre. Fue tan brutal el asalto que ni tiempo de encabronarme me dio, y luego, cosa inédita, todos los amigos (y las amigas) se mocharon con regalos bien chingones. Lo mejor es que no era nada comprado, todos se habían dado su tiempito para hacer alguna chingaderita con referencia a mi amarguez cumpleañeresca o al fin de cursos, desde la cursi agringadita de la tarjeta de “Friends 4 ever” hasta el carnal de “Aliviánese, viene lo mejor”. El único que nada más me dio abrazo y apapacho fue el Beto, mientras me decía: “Su regalo se lo doy al rato compa”, y yo “¡Ah chingá! No me preocupe compadrito”. “No, no chingues, ya verás”, me dijo, y me quedé con la duda de que sería, pues se veía muy serio. Ya contento, por primera vez en un cumpleaños desde que tenía memoria, me dieron la noticia que hizo redondo el día: a la mamá del Flaco le tocaba guardia en el plantón que tenían los maestros en el Parque Central, donde estaban desde hacía un mes exigiendo que se esclareciera el asesinato del líder del Comité Central de Lucha de la Coordinadora. Sin muchas esperanzas pues hasta nosotros sabíamos (con Juanito lo habíamos aprendido) que el asesino despachaba en el Palacio al pie del cual estaban. El punto era que gracias a la CNTE la casa era nuestra, y me dieron alborozados la noticia de que dos cartones de caguamas nos esperaban. Hacia allá nos fuimos, empezando a preocuparnos sobre la marcha, al ver la cantidad de gente que nos acompañaba. Los ocho o diez de siempre se habían triplicado. Apretujados en los 50 metros cuadrados de casa del fovissste, empezamos a bebernos las caguamas. Afortunadamente era inicio de semana y la banda llevaba lana y los dos cartones se hicieron cuatro, y alguien sacó un pomo de añejito, y visita a La Tía de por medio, algunas calculadoras se transmutaron en vino. En medio de la bacanal el hermano del Flaco puso una película, que había traído de su última visita a Tepito, que cambió mi forma de ver el cine. Era “Perros de reserva” de Tarantino, mandé a callar a todo mundo desde la impunidad que te brinda ser el festejado y me sumergí en el dialogo inicial. Cuando empezó la rolita que después supe que era de George Baker, la de “Little Green Bag” fue la apoteosis, poca madre la conjunción de la rola setentera con los trajeados que avanzan por la calle, disponiéndose al asalto donde se desmadra todo. Definitivamente, cambió mi forma de ver el cine. Cuando avanzó la tarde  y quedábamos los amigos de siempre (sin las amigas) el Beto sacó una cajita de cerillos y me dijo: “Acá está su regalo”, al tiempo que ponía la rola de Caifanes esa que dice, “Vamos a dar una vuelta al cielo, para ver lo que es eterno”. Hasta la fecha la oigo y me acuerdo del asunto, y se me viene a la cabeza el Maya con su “Checa el requinto” de toda la vida. Abrí los cerillos intrigado, y aunque no la había visto nunca, identifiqué de volada la mariguana, la yerba. Con una maestría hasta entonces desconocida para el resto, el buen Beto armó un joint y le pusimos todos. Nos agarró la simpática tremenda, y nos tiramos de la risa como babosos por un buen rato, hasta que a mi carnal, que se nos había unido hacía un rato, le dio la pálida y se puso frío frío y a sudar como un puerco. Se nos bajó la peda del susto, y me empezó a dar un ataque de angustia, pues ya era entrada la noche y el tiempo seguía transcurriendo lento lento, como los cuadros de las pelis que veíamos en el cine del pueblo cuando niños, que de repente se atoraban y pasaban uno a uno descomponiendo la secuencia. Con la experiencia que le correspondía como iniciador del asunto, el Beto se aplicó, me calmó y sacó a mi hermano del abismo sideral en el que estaba.

Estuvo chido el cumpleaños y marcó el inicio de un diciembre inolvidable. Y por inolvidable no quiero decir precisamente bueno.
Ese fue el año del divorcio de mis padres. Mi papá se casó de volada y tuvo cuatro hijos más, y hasta la fecha dice que se quedó corto, que en lugar de siete hubiera querido setenta, como se le calculan al suyo. Un montón de veces mientras caminábamos en Tuxtla, se detenía a saludar a alguien, y me decía muy serio “Saluda a tu tío fulanito” y yo “Buenas tardes tío fulanito, zutano, merengano”. Nunca pude llevar la cuenta, ya no digamos recordar los nombres.

  En su boda fue la única vez que nos dijo, “Pueden fumar si quieren”. Hasta la fecha considera una falta de respeto si fumamos delante de él.

Mi jefa la pasó mal al principio, y después se alivianó. Ese año se fue a casa de los abuelos a Villahermosa desde  el dos de diciembre, día en que me pidió disculpas por el olvido del día previo. Se llevó a Edipson Ricardo y nos dejó a mi carnal y a mi, que estábamos por comenzar los exámenes de fin de semestre, yo en la prepa, mi carnal en la uni. Junto con un cúmulo de recomendaciones nos dejó un menú por escrito, con recetas, ingredientes y dinero suficiente para comprarlos, con la preocupación de que comiéramos bien. En cuanto regresamos al pueblo, después de dejarla en Tuxtla en la Colón, compramos media caja de huevos para todo el mes, y dos paquetes de cigarros para empezar. Entre que yo terminaba la prepa y mi carnal estaba en medio de una crisis existencial porque no le gustaba la carrera de sistemas que había escogido, los días que venían se presentaban raros. Como que las cosas no encajaban, como que el mundo no se nos terminaba de acomodar. La borrachera de mi cumpleaños fue la única alegre de esa temporada. Antes de una semana terminamos los compromisos escolares y nos quedamos dueños y señores de la casa, con todos lo amigos y cuates de vacaciones y con ganas de convertirla en el centro de una borrachera permanente. Corrieron al Maya de casa de sus tíos, y nos quedamos los tres de anfitriones. Empezó un desfile interminable, noche tras noche llegaba un chingo de gente con cerveza, Añejo, Presidente y Bacardí al por mayor. Perdí la cuenta, no supe cuantos ni quienes estaban. Se sucedían las rolas de Caifanes, La Maldita, La Lupita, Real de Catorce, Guns, Skid Row, Motley Crue y Metallica. Nos poníamos fresas y escuchábamos a Tesla con sus baladitas acústicas, o peor, a Bon Jovi con su pseudo rock pesado. He de confesar que escuchamos varias veces a Alejandro Sanz fantaseando con ser adolescentes que andaban con mujeres mayores, y si, es probable que hayamos puesto en alguna noche de desamor de algún invitado a Luis Miguel. De seguro recuerdo que salimos hasta la madre de borrachos siguiendo a un perfecto desconocido, escuchando en la grabadora con pilas que salieron de no sé donde a Los Temerarios “He pasado mucho tiempo ya sin ti, pero más no puedo…” cantamos  a coro frente una casa que no puedo recordar donde estaba, de lo que si me acuerdo es que el compa de la serenata, como no salió la aludida se robó el foquito que estaba sobre la puerta, el que desparramaba un circulito de luz amarillenta sobre la banqueta. Le dije: Que haces, no mames, y desde la profunda lucidez de su peda me contestó: Lo necesito, sin ella vivo en la oscuridad.

 La desazón crecía conforme pasaban los días. Extrañaba la época en que la onda eran Kalimán, Kendor, los vaqueros buenos. Extrañaba los días en que las cosas eran como nuestra tele, blanco y negro, blanco o negro. Sin la maldita confusión de ahora. Si la policía mataba y los matones protegían ¿Qué pedo con la vida? Intuíamos a medias que algo no estaba entero. Nos hacía falta algo cierto. Un día. Otro. Cerveza, alcohol. Mariguana y coca. Nada pasaba, pero se sentía venir. La maldita confusión interna ¿Letras, sociología o sistemas? ¿Lo que me gusta o lo que me permita comer? Letras para comérmelas, sistemas para triunfar. Sociología como un cobarde término medio. Sistemas como carrera del futuro, que como presente estaba resultando de la chingada para mi hermano. Otra mañana crudo. Otro desayuno de huevo a güevo. La casa se estaba desmoronando y desmadrando, y nadie que agarrara una escoba, ya no digamos un trapeador y pusiera algo de orden en nuestras vidas, que se descomponían como la casa toda. Ese fue el año de la sequía fenomenal y se acabó el agua de la cisterna, y el dinero que nos dejó la mamá hacía mucho se había acabado. O sea que al desmadre general había que sumar la ausencia de agua. Los trastes sucios acumulándose. La poca agua que quedaba destinada a la taza del baño. “Prohibido orinar aquí, hay un chingo de patio”. Recuerdo que un sábado por fin acarreamos agua de la casa vecina y nos dimos los tres a la tarea de limpiar el desmadre. Desahuciados como estábamos le entramos a la tarea sin hablar. Para no estar a solas con nuestro silencio prendimos la tele de fondo. Me acuerdo que estaba pasando un programa australiano tonto a más no poder “just for the records” se llamaba o algo así. Cuando empezaron a pasar al imbécil  que tenía el record mundial en lanzamiento de caca de vaca la apagamos. Verídico. A nuestro mundo se le estaba llevando la chingada y el muy pendejo explicaba muy orondo como había que escoger una plasta aerodinámica para asegurar el éxito del lanzamiento. No la volvimos a prender en esos días. Ni para ver Los Simpson.  Se acercaba navidad. Se afianzaba en mi hermano y en mí la idea de que por primera vez en la vida no la pasaríamos en casa de los abuelos. La onda era ahí. Emborracharse ahí. Ponerse hasta la madre de mota ahí. Atiborrarse la nariz de coca. Entristecerse, encabronarse con los policías que nos habían madreado, con los que mataron al Juanito ahí, en esa casa, en ese pueblo, tratando de encontrar el rumbo, que se había perdido entre la tele, la música, las películas, las novelas, la vida.
Acercándose el 24 las cosas empeoraron. Llegó  un compa medio conocido, el Caripumpo le decían, que se dedicaba a organizar fiestas en el local de la ganadera, al que le habían quedado como 30 cartones de medias de una posada fallida. Estaba hasta el cuello de deudas con la Superior, que le daba todo el producto a consignación. Se instaló en la casa y entonces nos emborrachábamos en la noche con Fandango, un ron inmundo de 12 pesos el litro, nadie tenía ya para añejito, y en el día le pegábamos a las medias. Medio parábamos para prepararnos unos huevos. Dormíamos y seguíamos, sin alcanzar a salir de la borrachera, nunca. Grabé un cassete que repetía hasta la náusea la rola de “Perros de Reserva”. Cerveza tras cerveza (des)entonábamos
Lookin´ for some happiness
but theres is only loneliness to fiiiiiiiiiind
turn to the leeeeeeeft,
 turn to the riiiiiiiight…
Con la redonda certeza que la rola reflejaba nuestra cruda, nuestra peda, nuestros días. Un día, acercándonos al 31 de ese diciembre que recordaré siempre, entré al cuarto de mi mamá buscando no me acuerdo qué. Hasta ese momento era la única parte la casa que seguía en pie, lo único que respetábamos. Me vi en el espejo de cuerpo entero. Flaco. Barbón. Sucio. En una palabra, jodido. Me cayó el veinte de que había que recoger los pedazos de mi tierna vida y echar a andar de nuevo, que nunca jamás en lo que me restara de vida, iba a dejar que la policía me madreara, que Juanito seguiría siempre ahí, que segurito me iba a clavar de nuevo con alguna mujer, que sociología como proyecto de vida no estaba mal, que podía comer y escribir sobre Kalimán, sobre Félix el Gato, el Único Único Gato, sobre los años maravillosos, sobre la música que me gustaba, que seguramente Tarantino haría más películas, que quedaba mucho que leer, que ver, que sentir. Que algo se estaba moviendo. Que las cosas no podían seguir así.  No así.

En ese momento no lo sabía pero estaba a punto de conocer a Tamara y comenzar a hacer la revolución. 

Era diciembre de 1993.


Continúa por acá...

jueves, 10 de noviembre de 2011

Miss Sinaloa

A la orilla del estero donde desemboca el arroyo Jabalines, pegadito a la mera zona industrial de Mazatlán, hay una colonia de paracaidistas, con casas precarias de madera y cartón. De una de ellas sale una mujer, una niña casi, enfundada en blusa blanca y mezclilla negra, asentadas en altisímas zapatillas de tacón.

A la orilla del estero donde desemboca el arroyo Jabalines, hay una camioneta Ford Explorer blanca, con los vidrios polarizados y sin placas. La niña-mujer aborda el vehículo donde se alcanza a distinguir apenas la silueta del chofer, que deja constancia de su autoridad y prepotencia con el acelerón y rechinido de llantas con que se va.

A la orilla del estero donde desemboca el arroyo Jabalines, al lado de donde sale el Mazatún para todo México, había una mujer, que se fue quien sabe para donde.

Se adivina con quien.

El Estero se llama El Infiernillo, con nombre que sabe más a confesión.


martes, 8 de noviembre de 2011

Apuntes de viaje: La vez que no había retorno

Fui a Culiacán otra vez. Mazatlán representa sin duda la zona de transición entre mesoamérica y aridoamérica en todos los sentidos. 100 kms al norte el paisaje y el acento cambian. Puro Sinaloa compa. 100 kms al sur, en Escuinapa, puedes sentirte casi como en casa. Me acuerdo la primera vez que fui a un pueblo pesquero que está en las Marismas Nacionales, hace como 5 años. Andaba atravesando una etapa de nostalgia feroz del sur, y el desorden y la vida de Escuinapa me hicieron sentir allá. Lo mejorcito fue cuando hablé con una doña del pueblito, y me empezó a platicar de un daño que le habían hecho, que la tenía enferma y sin ganas de nada. Tenía un sapo en la panza. Hola sapo en la panza, pensé. Nos volvemos a encontrar después de treinta años y como dos mil kilómetros de por medio. Estoy casi seguro que era el mismo que atosigaba sin tregua a Tere, una jovencita de Berrio que ayudaba a mi mamá con el aseo, y nos aterrorizaba a nosotros con las historias de aparecidos y hechiceros. Según ella, don Daniel, el que siempre estaba parado en la esquina a media cuadra de la casa, se transformaba en cochi. De seguro eso explicaba la peste de su hogar. Su papá lo hacía a la vista de la gente, él no. Él nomás con los que se la hacían de tos, se les aparecía luego. Tocaban a tu puerta y al asomarte lo único que veías era una cochón feroz. Y entonces a rezar y correr, con una biblia abierta, para tener alguna posibilidad de librarla. Así que imagínense la alegría y el gusto de sentirme como en casa al recobrar esas historias. Hacia el sur viajo entonces con gusto, y hacia el norte no tanto. El problema se agudiza además porque estoy cargado de prejuicios. Llegó a algún lugar y de volado hago propios los estereotipos y lugares comunes. Así, en Mazatlán con esa su dinámica de frontera que le da el ser puerto y lugar turístico, uno sobrevive. Aunque la violencia crezca a ratos y te hagan sentir que ya nada tiene remedio. En Culiacán en cambio, uno se siente ajeno, entre la ropa y música norteña, las camionetotas y la agresividá para manejar, prefiero ir cuando es indispensable. Además porque en los tres años que llevó acá han cerrado como tres veces la autopista por tiroteos y pues para que le buscamos.

Desde la salida y hasta Estación Dimas que está pasando el kilómetro 60 de más de doscientos, el paisaje es el   que rodea mi pueblo. La selva seca que sólo reverdece con las lluvias, con los mismos árboles, casi los mismos nombres y los mismos usos, tal palo que sirve para poste, tal otro para leña. Atraviesan la carretera las urracas y chachalacas de por allá, y también acá gritan que no hay cacao. En ese primer tramo literalmente languidecen a orillas de la autopista cuatro o cinco comunidades. Una de ellas, El Pozole, sobrevive en torno a la vieja y derruida estación de trenes que daba vida a la microregión. Se acabaron los trenes de pasajeros en el remate neoliberal, y ahora los únicos visitantes que se ven pasar son los migrantes que van colgados del tren, sin esperanza. El sur de Sinaloa ha sido excluido del desarrollo, escucho cada dos por tres. Y si por desarrollo se entiende presas y distritos de riego, pues si. Nada más pasar Estación Dimas comienzan a extenderse hasta donde la vista alcanza los campos agrícolas tecnificados. Cientos y cientos de hectáreas de maíz híbrido o transgénico que en apretadísima sucesión dan la impresión de que las cifras sobre importación de granos básicos no pueden ser ciertas. Pero son. En cada cerco una placa de Monsanto o Pioonner señalando que ahí se siembra tal o cuál semilla patentada por ellos y que da mejores rendimientos. Y de la localidad de Costa Rica hacia el norte, los últimos 80 o 100 kilómetros del recorrido, los campos agrícolas están aderezados por miles de invernaderos dónde se producen los tomates y hortalizas que todos consumimos. Como para dar miedo la cantidad de agroquimicos que está anunciados a orilla del camino. Sinaloa es un poco como Sonora y tantos otros lugares del país, que miran sobre todo y ante todo hacia si mismos. Así, en los noticieros de la radio mazatleca predominan las noticias sobre la pesca y el turismo, cuando y como se levanta la veda de camarón, cuantos gringos y canadienses van a invernar acá. En cuanto comienzas a sintonizar las radios culichis, la temática cambia, como está el precio de la semilla, cuanta agua hay en las presas.

Generalmente viajo hacia Culiacán temprano y regreso cayendo la tarde, con el sol metiéndose en el mar de Playa Ceuta. Cada que paso por ahí no puedo evitar recordar la rolita de Manu Chao, y me dejo arrastrar un poco por la nostalgia del sur profundo donde crecí. Como para oír la canción mixteca y enjugar con pudor una lagrimita. Pero como he contado en otra ocasión, el hogar está ahora dónde están Adriana y los niños, y frecuentemente me asalta la duda de si el regreso a los mares del sur no será la crónica de una decepción anunciada, cuando vea que nada es como solía ser, que el país todo está como está. El otro día que fui a Culiacán aprecié más que nunca el hogar mazatleco, pues no podía regresar. Me cae. Salir de Culiacán por el libramiento de la Ley del Valle fue un martirio. Iba en la camioneta grande, para estar a tono con el entorno, y cerca del aeropuerto, dónde están construyendo el puente que no va ninguna parte derrapé y casi le pego a un poste de luz. La libré apenas, para distraerme unos metros  más adelante y estar a punto de estamparme en un carro de esos deportivos de vidrios polarizados con los que más vale no meterte. En el crucero de la Ley había un tráfico encabronado, y con la vuelta al horario real empezó a oscurecer sin que dejara la zona suburbana de la ciudad, generándome una sensación de apremio y de que las cosas podían salir mal y era mejor y más prudente estar en casa. Al llegar a la caseta de Costa Rica, no había paso. Según que se había derramado amoníaco sobre la carretera y quien sabe a que hora se podría pasar. Que esperaba o me iba por la libre. Por la sierra. Por la sierra de Sinaloa, en la carreterita estrecha que usan los traileros para ahorrarse una lanita. ¿Cuanto va a tardar? Pregunté. No sabemos, contestó el de la caseta, pero ya casi sale para allá el equipo de limpieza. Pucha. Ni siquiera había salido, así que decidí atravesar Costa Rica e  irme por la libre. Para esas alturas me sentía como Truman tratando de salir de su pueblo, con todo en contra. Falta un incendio, pensé, pero no, empezó a llover. Con la lluvia y la falta de conocimiento termine enfilado hacia Los Mochis. Empecé a considerar quedarme en el primer hotel que se me atravesara y no seguir retando al destino. Decidí hacer un último intento y retomé el camino hacia Costa Rica. Atravesé el pueblo pensado en que era igualito que Miguel Alemán, el pueblo de la costa de Hermosillo donde viven los jornaleros agrícolas. Expendio tras expendio de Tecate y Pacifico, gente en las calles con la mirada perdida, pensando de  seguro, como yo, en el sur donde crecieron y lo lejos que ahora están. Salí del pueblo y en la carretera que conecta con la libre. De repente, a mi izquierda, se alzó una barda como de fortificación alemana de la segunda guerra mundial, que se extiende durante muchos cientos de metros. Este es el rancho del Mayo que tiene en Costa Rica, pensé, y mejor aceleré pensando en que iba a atravesar parte de la sierra con noche cerrada.

A esas alturas ya estaba muy preocupado, dudando de la posibilidad de llegar a Mazatlán ese día o cuando fuera. Como siempre que viajo llevo el ipod y el aparatito que transmite en FM, decidí poner música para relajarme en la vida y concentrarme en el camino ¿Qué pongo? Pensé ¿Alguien en particular, una lista, las 25 más escuchadas? Ya me las sé todas, y de repente si dejo la reproducción aleatoria me llevo una buena sorpresa. Decidí hacer eso, pero para no andar retando de más al destino, dejé que corrieran las canciones en orden alfabético. Escuché al Rockdrigo (Acerca de mi, acerca de ti), Sabina (Ahora que...), Silvio (Al final de este viaje) me dio escalofrío; Manu Chao (Amalucada vida) y otras que comienzan con A que me metían un poco más de presión, progresivamente, con la sensación de que algo iba a pasar, de que no podía ser así nomás porque sí toda esta cadena de obstáculos y casualidades, que quien sabe si algún día iba a llegar a Mazatlán a mi casa con los míos, o si me iba a quedar en otro espacio recorriendo por siempre la carretera Federal 15, tan lejos del sur, en territorio narco, en la camioneta Ram . A lo mejor ya me morí y esto es el infierno, pensé.  Se terminó otra rola que comenzaba con A, y mientras veía a lo lejos entre la lluvia un letrero de esos verdes que nombran las localidades de orilla de la carretera, todavía ilegible por la distancia y el agua que escurría en el parabrisas, se hizo un silencio en la cabina. Cuando estaba a punto de tomar con precaución el ipod para ver que pasaba que no seguía, llegué a suficiente distancia del letrero como para leerlo. Mientras se formaba en mi mente la palabra que tenía el letrero verde de orilla de la carretera, salió la mismísima palabra del ipod en un proceso de sincronización perfecta: Baila, decía el letrero, Baila baila bailarina cantó Víctor Manuel. fue tan abrupto el asunto y me trajo tantos y tan chidos recuerdos, que sentí perfecto como se rompía el maleficio, y tuve entonces la certeza, ahora sí, que llegaría a Mazatlán a abrazar a Víctor, Joaquín y Adriana. Así pasó. Días después verifiqué en el google earth y si, si existe a orillas de la carretera federal 15 una localidad que se llama Baila. Y de la canción de Víctor Manuel pues ni que decir.

martes, 13 de septiembre de 2011

Martes

Resulta que yo no quería ir pero no tuve opción. Cada vez me pasa más lo mismo, hago cosas que no quiero porque debo. Nomás que estos menesteres no son de los que dejan satisfacción, son de los otros, de los que se tienen que hacer y ya. De por si me caen mal las personas que vi hoy, pero el pelón estaba especialmente inspirado. Sabe de todo y de todo opina, en una vertiginosa sucesión de juicios sumarios, que además son bien pendejos. De lo poco que hay que reconocerle, es que de repente es autocrítico. Lo malo es que hasta cuando es autocrítico se halaga. Soy como el nombre 999 de Alá, dijo ¿Cómo es eso? preguntó un incauto. Insoportablemente inolvidable, contestó el pelón con su media sonrisa mamila. Así tal cual, se los juro, cuanto desearía estarlo inventando, nomás por el puro gusto de desparramar las palabras por los blancos campos de las entradas nuevas. Pero no. Pasó. Y seguirá pasando. Ayer estuve pensando en la polémica generado por Pablo Milanés. Dejando de lado lo desproporcionado de sus reacciones ante la crítica, lo inoportuno del lugar y el modo, puede que muy en el fondo, tenga un poquito de razón. El chiste es que coincido en que no debió decirlo ahí, ni de esa forma, ni sacarse tanto de onda cuando se lo hicieron ver. Pero bueno, me queda más que claro que uno tiende a colgarle puras virtudes a los tipos que admiramos, y resulta que como siempre, pues son igual que uno y todos, llenos de broncas y contradicciones. Pero se los comento en este martes 13 porque en una de las críticas que le hicieron y que se publicaron en algún portal de noticias cuyo nombre se me escapa en este momento, citaron una frase que se me grabó, aunque no se me quedó el nombre del autor: El que no vive como piensa, acaba pensando como vive ¿Cómo ven? ¿Será? Pensé, con la entonación que le damos en Chiapas cuando queremos decir, no, no me chingues, pero como te estimo te lo digo así, como invitándote a la reflexión. Pero en esta ocasión en el será asomaba la duda verdadera ¿Será? Si. No. Saber. Así estuve ayer, piense que te piense, imaginando que un día cualquiera me levantaba con unas ganas irrefrenables de votar por el partido en el poder, o de ponerme a privatizar un ejido, un manantial, o una avecilla de colores, con ganas locas de quedarme viendo feo a la gente que se busca la vida en la joda cotidiana negando con la cabeza en actitud reflexiva, pensando mientras tanto en que están pobres porque quieren. Como que no. No. Si. Saber. Pero esa es la única razón por la que aprecio encontrarme con gente como el pelón. Son tan deleznables y desagradables, que se vuelven el mejor antídoto contra la ojetez. O bueno, el segundo mejor antídoto, porque el primero son los hijos. Al momento Joaquín por lo que dice, cuando lo dice y como lo dice, y Víctor por como ríe, echa desmadre e intenta decir. El otro día mientras llevaba a Joaquín a la escuela, íbamos escuchando la versión de Jessy Bulbo de la cancioncita esa infantil que se llama comal. En una partecita dice, las flores para las niñas, las niñas para los niños, los niños para el trabajo. En esa parte que se sonríe mi hijo y me dice, que tontos, no saben que las niñas también trabajan. Y antes los niños, las niñas y los papás trabajaban pero como esclavos, hasta que Hidalgo sacó una ley que prohibía que hubiera esclavos y que decía que iban a matar a los que los tuvieran ¿Cuando vamos a ir a San Miguel a ver la casa de Allende? Porque la tumba de Zapata ya me dijiste que está cerca de la casa de bis (de su bisabuela) y que vamos en diciembre, pero de Allende no me has dicho cuando. Y a dónde si vamos a tardar más en ir pero tengo muchas ganas es a Chile, a buscar la tumba de Manuel Rodríguez, concluyó. Tiene cinco años, casi seis. Así que no, el que no vive como piensa, no siempre acaba pensando como vive, a menos que desde siempre y muy adentro de si mismo, haya guardado un pequeño hijueputa. Estoy casi convencido que no es mi caso, y con esa dulce cuasicerteza me voy a dormir. Además mañana viajo, agarro carretetera en punto de las seis. Le había estado sacando la vuelta a otro de esos compromisos, sin mediar explicaciones, que tampoco me pedían. Pero de puro buey abri la boca el otro día y dije que no iba porque era muy temprano y me hacían agarrar carretera a las cinco, y la oscuridad y las carreteras de estos lares son un poco como el revólver de la ruleta rusa. Así que muy oronda se me quedó viendo la señora, y me dijo, pues haberlo dicho antes, lo recorremos una hora, a las seis ya amanece. Así que carretera de cuota, esperáme tantito que duermo unas horitas y ahí te voy.

Ciao.

lunes, 22 de agosto de 2011

De como me volví pastor


No vengo aquí a vender paraísos pérdidos
Decir la verdad -La mía-, es mi obligación
Soy responsable del timón pero no de la tormenta
José López Portillo
VI Informe de Gobierno

Parte IV de Crónica de 30 años de crisis initerrumplida 1982-2012

Acabó 1982, pero la crisis estaba apenas comenzando. Mi tío el loco Graco seguía inspirado y la realidad política nacional le daba material de sobra para los versos que componía en el aire. En esos primeros días de 1983, el poemilla maldito que andaba recitando decía, Jolopito, no sea llorón, ladre menos, defienda a la nación. Mi papá y los tíos se permitían sonreír cuando lo escuchaban, pues había un nuevo monarca y López Portillo ya no pintaba nada. Para tranquilizar un poco a la gente que había perdido todo en los meses previos, De la Madrid empezó su gobierno con “ánimo renovador”, pero no vayan a pensar que se trataba de revisar la vida nacional, o democratizar el partido de Estado. No. Era una renovacioncita, moral le decían, y tenía por fin según esto combatir la corrupción. El chivo expiatorio de la crisis que agobiaba a los mexicanos era El Negro Durazo, quien había fungido como Director de Policía y Tránsito en la Ciudad de México durante el sexenio de López Portillo. Empezando por el apodo y terminando con el oficio, no se imaginaba uno en esos años a alguien más malo que El Negro Durazo. Por eso, durante el sexenio de López Portillo, al DF mejor ni ir. Había matanzas y todo ahí, y como se sabría después, El Negro estuvo siempre involucrado. Como la matanza del Río Tula, en enero de 1981. Imagínense nomás, doce muertos. Fue tan grande la sacudida que hasta película se hizo sobre el asunto. Como aquel otro descubrimiento de cadáveres en 1964 en San Felipe del Rincón, en Guanajuato, los de Las Poquianchis ¿Se acuerdan? También fue tan duro el trauma que llegó a libro y película. Fácil se imagina uno a las mamás clasemedieras de los setenta, advirtiendo a las hijas: Cómete la sopa o te van a llevar Las Poquianchis. O las de la segunda mitad de los ochentas, hijo pórtate bien o te roba El Negro Durazo. Porque si, comía niños como Idi Amín, que también es de esos años ¿Cómo ven? Como ha cambiado el país, que si se hiciera ahora una película de cada matanza, seguramente habría un auge encabronado de la industria cinematográfica nacional.

Allá lejos, en Chiapas, no nos enterábamos de los entresijos de la política nacional más que por uno que otro número de la revista de Los Agachados de Rius que llegó de alguna forma a la casa. Pero de Los Agachados recuerdo más bien asuntos de política internacional. Entre brumas me acuerdo del número donde se habla del escándalo del Watergate, caricaturizada la cinta incriminatoria como un buñuelo. Me acuerdo también de otro, que comienza con la pregunta ¿Quién fue César Augusto Sandino? Y la figura del político burgués de siempre de Rius contestando, Fue un hijo de la censurado. En fin, que por eso vía no había información. Pero gracias a dios, hasta allá hasta allá donde vivíamos llegaba la Alarma! La vendían en un carro, un vocho que recorría las calles del pueblo con una bocina, voceando los titulares de tan importante medio de comunicación de aquellos años: Mocháronle la choya, encontraron un mujercito a su lado. Violóla, matóla y luego suicidóse, la pérfida era infiel. Cambia a su esposa vieja por dos chicas jóvenes, las cínicas se dicen señoritas. Y así por el estilo. Para el caso de El Negro, una de tantas portadas que le dedicaron decía precisamente, A Idi Amin Durazo lo espera la cárcel, Corrupto Saqueador de México, el Pueblo espera su castigo. O, por si alguien tenía dudas, Durazo y Sahagún Baca ordenaron la matanza del Río Tula. En el primer caso aderezado con fotografías panorámicas de las propiedades de ensueño del malévolo Durazo, y en segundo con las fotografías de los cadáveres de los narco colombo-mexicanos ejecutados. Y mientras eso pasaba y Durazo huía, y su jefe de escoltas nos enteraba del detalle de la corrupción con su libro sobre El Negro, y se filmaba la película respectiva, con los policías de albañiles celebrando el día de la Santa Cruz, la crisis arreciaba. Los precios subían de golpe y de un día para otro y no había como asegurar el abasto, de las cosas que no se producían ahí. Con la comida más o menos la librábamos los domingos de mercado, cuando bajaba la gente de las rancherías a vender maíz, frijol, gallinas, huevos y verduras. Entre semana a las 6 de la mañana pasaba la señora con la canasta de pan y el sonsonete ¿Va a comprá pan? Un poco después venía otra que decía ¿Va a queré crema y queso? Y en la noche pasaba Doña Rosa gritando por la calle ¡Tamalitos de bola y chipilín! Todo lo anterior a precio accesibles y con coitán, es decir, con pilón para los clientes frecuentes. Hagan de cuenta como las tarjetas de puntos de Soriana. De vez en cuando además, se dejaban caer las juchitecas desde el istmo, con sus canastas rebosantes de camarón y pescado seco, acompañados de los totopos de maíz. Pero el abasto de todo lo demás era una bronca. El azúcar por ejemplo. No te la vendían en las tiendas a menos que compraras otras cosas. Algo así como si compra yo-yos de colores le vendemos azúcar. El nescafé. El jabón Corona, o de pan como le decía la gente, o el jabón de polvo o Ariel que estaba apenas entrando y conquistando a las lavanderas del pueblo. Se supone que había un control de precios con supervisores y toda la cosa, pero como que no muy funcionaba. En la tienda de mi abuelo había dos medidas para contrarrestarlo: una clave que era negro y azul, donde cada letra era un dígito del cero al nueve, para poder poner los precios reales en las latas y frascos. Y un billete siempre listo para la visita del inspector de la Secofi. A esos mis siete años del 83, me tocó una vez que estaba en Villahermosa en la tienda del abuelo, cobrando y mascando chicle, y me dijo mi abuelito querido que iba ahí nomás a la vueltecita, al andén por donde entraba el carretón de la basura del mercado Pino Suárez, a arreglar algo. Que si llegaba el inspector le diera un billetito de a cien pesos. Total que mi abuelo saliendo y el inspector entrando, y yo con mis siete años de encargado, y él que se identifica y me empieza a preguntar los precios del nescafé, el jabón de polvo y el azúcar, y yo tartamudeando y tratando de agarrar el billete disimuladamente y pasárselo, hasta que se desesperó y me dijo, ya dame el billete, y para la otra ponte buzo. Ya casi acababa 1983, así que la renovación moral y los comerciales de Justino Morales como que habían valido un poco madre. La única media chance de hacerse de estos productos en Tuxtla era caerle a la tienda del ISSSTE a la que tenía derecho un tío, salir corriendo al enterarse de una nueva alza en los precios, pues ahí se tardaban un poquito más en actualizarlos. O estar pendientes de cuando llegara el camión que surtía a la CONASUPO, y comprar un poco, racionado, antes de que el encargado revendiera todo a los tenderos del pueblo. Una chinga pues. Muchos días no hubo azúcar, y otros mi papá no tomó su nescafé, y mi mamá lavó la ropa con el jabón de pan que tanto le molestaba, pues no hacía espuma, no tenía chaca chaca.

Esa precaria situación, hizo que me padre santo retomara los valores del rancho donde creció, y significó una nueva carga de trabajo para el suscrito y su carnal, pues a mediados de ese año compró ocho patos, diez gallinas, un gallo, quince borregas, un borrego y un chivo maligno, quesque para garantizarnos la comida por si las cosas se ponían peor. Y entonces fue que me volví pastor.

Y con la pastoreada llegó la música.

lunes, 18 de julio de 2011

Lunes

De por sí los lunes no me gustan. Cuando llevo varias semanas cargaditas de trabajo al hilo, menos. Me comienzan a arruinar las cosas desde la tarde del domingo, cuando empiezo a recordar la lista de pendientes. Tendría que aprender yoga o algo, que me permita ignorarlos para siempre. Otra opción sería trabajar en un museo. Hoy es de esos lunes que saben un poquito más amargos, pues regreso a donde siempre después de prácticamente dos semanas fuera. Para colmo, este lunes todavía no cuaja, entre las leves vacaciones y el viaje exprés de mañana el DF, nomás no. Agarro la lista de pendientes y hagan de cuenta que estuviera escrita en arameo.

Lo que son las cosas, antes, cuando niño y joven, los que no me gustaban eran los domingos. Como les conté en otra ocasión, me parecían un día enmedio de la nada, un puente apenas entre el sábado de desmadre y el lunes de inicio de semana. Desde niño los recuerdo así, con el calorcito de verano que me tumbaba en la cama al mediodía, escuchando a lo lejos la música de marimba, que lo mismo era por un festejo que amanecía en su tercer día (celebremos con gusto señores) que por un cortejo fúnebre que avanzaba lentamente sobre la calle central, hacia el rumbo de los conos de la CONASUPO, derechito hacia el panteón (adiós muchachos compañeros de mi vida). Ahora los domingos son Joaquín y Víctor, Adriana: la felicidad pues.

Pero hoy es lunes.

martes, 12 de julio de 2011

Apuntes de viaje: La Habana II

El primer día hubo sol. Como todavía no empezaban de lleno las actividades del Congreso, cambié los pesos y los euros que llevaba (sale más o menos igual) y me apersoné en la entrada del hotel para platicar con los porteros y ver para donde y como podía moverme para conocer La Habana. Resulta que en concordancia con lo que sucede en la economía toda, en La Habana hay tres tipos de taxis: los primeros son carros de modelo reciente, oficiales y pertenecientes al Estado, el chofer es empleado público y se cobran en los pesos convertibles que equivalen a un dólar (cucs) y supuestamente deberían funcionar con taxímetro, que no me tocó ver a nadie usando. Los segundos son "piratas", sus dueños son familiares de personas que obtuvieron la autorización (y en algunos casos facilidades de pago) por parte del Estado para adquirirlos después de años al servicio de la revolución, se cobran también en cucs y también son modelos no muy antiguos, de los noventas. Los últimos son los carros que hasta hace unos días eran los únicos de libre compra-venta, modelos 59 y anteriores, que la iniciativa e ingenio del pueblo cubano ha mantenido funcionando en estas décadas a pesar del bloqueo, se cobran en los que los cubanos llaman Moneda Nacional (MN) y dan servicio colectivo. Para que se den una idea, 1 cuc equivale a 25 pesos MN. Según lo que pude averiguar los salarios oscilan entre los 400 pesos MN (los porteros) y los 1000 pesos MN (los maestros universitarios).

Previa negociación con un mulato de nombre ruso que tenía un taxi “pirata” (25 cucs por 4 horas), me lancé a la aventura de conocer La Habana. Recorrimos los lugares de cajón, la Plaza de la Revolución, el lugar donde está el Granma (en ese vino Fidel de tu país a liberarnos), mi sorpresa ante su tamaño, tratando de visualizar a 82 personas ahí. El museo de la revolución (por fuera) la plaza donde está un tanque de guerra (“con el que Fidel bajó a un avión yanqui en Playa Girón”). No resistí el cliché de tomarme un helado en Copellia (1.50 cucs). La Habana Vieja, con sus edificios coloniales con el paso del tiempo bien marcado. Casi ninguno con pintura nueva pero todos vivos, habitados. La plaza frente a Catedral donde tomé en dos minutos una tacita de café fuerte, amargo. Enseguida pedí un refresco de cola y casi me desmayo cuando me sirvieron una coca, envasada en México para acabarla de chingar. El “paladar” El Guajirito para comer picadillo, con arroz y frijoles, o congrí como le dicen los habaneros. En ese y otros restaurantes en cucs, vi siempre dos o tres mesas ocupadas por familias cubanas -¿Cómo le hacen? Pregunté, pensando en los 20 cucs de la cuenta. “Igual que para comprar un televisor o un dvd, la gente se programa, ahora hay más porque es el fin de cursos y a los niños que les va bien en la escuela los traen acá”. La cola en la panadería. Las tiendas en MN con gente entrando y saliendo en la compra de básicos, las otras en cucs donde se merca el jabón, los shampoos, perfumes y demás parafernalia a la que estamos tan acostumbrados los clasemedieros mexicanos. Los precios más o menos los mismos que acá en lo superfluo, infinitamente más baratos en lo básico. El malecón de La Habana. Gente, gente por todas partes a pie, en bicicleta, en carros viejos, gritando, discutiendo, bailando.

Al final de ese recorrido tenía claras algunas cosas que se fueron confirmando en los días posteriores. La cubana es una economía en tres carriles que discurren paralelos. En uno juegan todos, en MN, con libreta de racionamiento de por medio, que les permite cubrir a precios irrisorios la luz, el gas, y una canasta básica con arroz, frijoles, viandas (yuca, papa o plátanos) y dos o tres cosas más. Además están los mercados campesinos, o también llamados de “la oferta y la demanda”, donde corre la MN. Ahí llegan las cooperativas campesinas que tienen la tierra en usufructo a raíz de las reformas impulsadas por Raúl, a vender sus excedentes. Entre la libreta y los mercados campesinos, los habaneros se alimentan todo el mes. El segundo carril es del mercado en cucs, abierto a todo aquél que los tenga, donde se consiguen las cosas que les comentaba arriba: jabones, shampoos, desodorantes, pasta de dientes, y un surtido mayor en alimentos. Son todas tiendas del Estado. Y el último carril es el que discurre en torno al turismo, también en cucs, en establecimientos de inversión mixta abiertos a los cubanos pero con precios un poco más altos, sin que lleguen a ser escandalosos. Pasados a cucs, los salarios cubanos son muy bajos, así que una buena parte de la población de La Habana complementa sus ingresos con las propinas, las actividades independientes y “lo que se pega”, o “lo que se mueve de lugar”.

Las propinas que vienen del turismo. Es un bálsamo para la vida de un chiapaneco acostumbrado al servilismo impuesto a la gente que está en una posición de servicio, el ser atendido con franqueza y desenfado. Se sirve una mesa porque se tiene que servir y ya. Se te busca un taxi. Se ofrece un servicio cualquiera, sin servilismo.

Las actividades independientes de reparación de todo por “cuenta propia” electrodomésticos, calzado, ropa, casas, autos, de todo todo. “Acá el que no es chapistero y te hace una salpicadura de un pedazo de metal, es zapatero o sastre o panadero independiente”.

“Lo que se pega” en los centros de trabajo del Estado ¿Cómo? Si, al que trabaja en una panadería se le pega harina, al que trabaja en la construcción se le pegan materiales, al que trabaja en los jardines se le pega el combustible de la podadora, al que trabaja en una tienda se le pegan mercancías, y a los inspectores se les pega un poco de todo. Es decir, “las cosas se mueven de lugar” de los centros de trabajo hacia las casas particulares, sin cubrir los cauces institucionales. Digamos que vendría a ser un mecanismo popular de redistribución de la riqueza. Los que te comentan eso dan por hecho que en cuanto la situación y los salarios mejoren eso se acaba. Ante la incredulidad del suscrito, insistían que teniendo un buen salario todos se dedicarían “a cuidar su centro de trabajo, que es de todos chico”.

Toda la gente con la que platiqué está orgullosisima de su sistema de salud y de la educación gratuita. Todos tienen algún pariente que se ha visto en problemas graves de salud y ha salido de ellos sin gastar ni un peso.

Más tarde esa noche, en una cena oficial con funcionarios medios cubanos, Directores Generales de empresa, miembros del partido, explicaba mi confusión, que es la de muchos, ante las reformas sobre el pequeño comercio y los cuentapropistas. Uno de ellos me decía que era algo que se debía de haber hecho hace mucho. Que las cosas se burocratizaron y la economía se estancó y que ahora era necesario dinamizarla sin renunciar a los principios de la revolución. Que el problema era la pasividad de la gente, acostumbrada a que el Estado resolviera las cosas y a ser empleados estatales todos, que muy pocas microempresas se habían registrado. –Ah chingá-, pensé. Y resulta que lo que he visto es todo lo contrario, una creatividá y ganas de vivir que rebasa los límites del aparato estatal. Me quedó claro que las reformas mentadas reconocen una situación de facto, que lo que se dice “innovar” ya se dio hace un rato gracias a la gente. En esa cena escuché más de veinte veces: “México es el país que más nos gusta después de Cuba”. “Lástima que ahora estamos un poco separados”. “¿Y cómo está la situación del narcotráfico? Acá la vida es muy segura”. No sirvieron puerco y congrí, y estaban pidiendo una salsa picante para un servidor, cuando les dije que yo de chile, nada, que nunca me acostumbré. Al rato llamaron a los músicos y pidieron una canción de Manzanero. Al ver que yo no cantaba el que presidía la mesa me dijo –Oye chico, es que tú eres de la CIA., no comes picante y no conoces a Manzanero, coño-. Risas y reivindicaciones chacoteras de la diversidad cultural del mexicano de por medio, seguimos departiendo alegremente, con mojitos y cervezas. En esa cena conocí también una canción que compuso uno de los Comandantes de la revolución, Juan Almeida, y que se llama La Lupe. Acá la versión de Silvio que está en la red. Me gustó más la versión guapachosa de la cena.

A partir del segundo día estuvo nublado y lloviendo. Conocí y platiqué ampliamente con un grupo de campesinos de distintas provincias, que estaban presentando los resultados de su trabajo en cooperativas de reciente formación, de las que tienen la concesión en usufructo de la tierra. La mayoría dice que ahora que están trabajando así les va bien, que ya producen un poco más, y que las cosas ya no se echan a perder, porque ellos se organizan para distribuir los excedentes en el mercado de la oferta y la demanda. Al inicio del ciclo agrícola hacen un convenio con el Estado, comprometiendo parte de su producción a precios preestablecidos. A cambio, reciben un adelanto en especie, en los insumos que necesitan para trabajar. Al final entregan lo acordado al precio idem, y mercan libremente el resto. No hay intermediarios como tales. El que tiene transporte se los alquila. La economía campesina discurre toda en MN. Uno de ellos llevaba el original de un oficio en el que autoridad provincial le reconocía los aportes en toneladas de leche en polvo a los centros de distribución estatal, y a la menor provocación se lo enseñaba a todo el mundo. Casi todos me enseñaron fotos de sus casas y su familia, casas de de dos habitaciones, de ladrillo, con techo de lámina de asbesto la mayoría, con tele y equipo de sonido. Todas electrificadas, muchas con energía solar, y los de una comunidad con una pequeña turbina de generación en un río. Ellos también orgullosos de la salud y la educación gratuita. Para propaganda me pareció muy elaborada, y días después me dijo un habanero inconforme: “Acá los que se salvan son los guajiros, son muy limpios”.

Las casas en las que entré, incluyendo un departamento chiquito en La Habana Vieja, tienen estufa de gas (una eléctrica), refrigerador, televisión, dvd y reproductor de cds. La queja es que no hay lavadora casi en ninguna casa. Donde vi comida casera en preparación, era arroz, con o sin frijoles y viandas.

La música y el baile son otra cosa. Uno se imagina desde acá por lo que conoce que es así, pero la imaginación se queda corta. Para donde tú voltees ves a alguien bailando, en la calle, en la tienda, en la plaza. Chingón. Salsa, reggaeton y hip hop. Como para no bailar de la pena por lo mal que uno se ve en comparación. También vi a un cubano con cara de tristeza: no se le daba el baile. Para consolarlo le dije que yo era mexicano y no comía chile. Como que no me creyó.

Una actividad floreciente en el mundo de los cuentapropistas es la venta de discos y dvds quemados, así que por distribución de música no se para. Lo mismo oí en los lugares de baile (discotecas) a Jennifer López y Pitbull con el éxito del momento, que la salsa de siempre y el hip hop auténtico habanero. En La Habana el que puede pagar 6 cucs la hora tiene acceso a Internet (de velocidad media) libremente en los hoteles, y conocí a un maestro que tiene Internet en su casa. De ahí sale la música del momento, luego a los cds “piratas-legales” y de ahí a las pistas de baile. No estuve tanto tiempo como para pronunciarme respecto a la libertad de expresión en Cuba, pero escuché en una discoteca llena de cubanos lo siguiente:

Hay confusión

En toda la población

Ahora resulta que es muy normal

Que haya una clase empresarial

Es que este mundo está más loco

A los gobernantes les patina el coco

Otra persona me dijo lo mismo: “La gente está confusa chico, hay gente que cogió cárcel por cosas que ahora son legales”. Sobre la consulta para las reformas el mismo interlocutor me dijo que se había dado de dos formas, una abierta en los CDRs, y otra con encuestas anónimas en los centros de trabajo, por iniciativa de Raúl. Que la segunda era la buena.

Al final, con un pie en el estribo del avión de regreso, tuve oportunidad de platicar y conocer la casa de una cubana, maestra de la Universidad de La Habana. Tenía 18 años cuando triunfó la revolución, sin estudios. En los primeros años logró estudiar una licenciatura, y después ya en la Universidad el master y el doctorado. Ha viajado a congresos y eventos en varios países de Latinoamérica, y se mostró más que dispuesta a platicar a fondo de todo. Como todos los otros cubanos con lo que platiqué, me recibió con una amabilidad y cariño que te hacen sentir en casa. Me ofreció café, lamentándose de que se hubiera “liberado” y no estuviera más en la libreta. Defendió la revolución a capa y espada, aunque con una visión crítica sobre la burocratización de la que siente que van saliendo. Como no defenderla -me dijo, si tengo un nieto con problemas, con discapacidad, y no hemos gastado un peso en su atención, la madre recibe un salario para dedicarse a él de tiempo completo, y dos veces por semana viene acá a la casa una terapeuta. Casi al irme, tomó una hoja de papel y una pluma, trazó una línea por el medio, y me comentó, con tono didáctico:

“Te lo voy a poner de manera gráfica. De este lado estamos, con carencias, con cuentapropistas y empresas mixtas, que tienen una participación del 51% del Estado. De este otro lado están ustedes, con las transnacionales acabando con la pequeña empresa y los recursos de los países capitalistas. Nunca vamos a cruzar esta línea”.

Al último, al despedirnos, reafirmó –Téngannos confianza chico, somos el pueblo cubano-.

Yo, con la cortedad de haber estado sólo 5 días comiendo, viviendo, bailando, maravillado de la vitalidad y la creatividad del pueblo cubano, se la tengo. Como dijera otro mexicano que conocí allá, las cosas están díficiles pero se siente que todos están en el mismo barco. Hay esperanza.

De nuevo, o por primera vez, hay que ir.