jueves, 4 de octubre de 2012

Acá estoy

Realmente no sé si sigo siendo
o cambio de a pocos
si cada pequeña renuncia
o ensanchamiento de los límites
es sólo eso
o también lo otro

Realmente no sé si sigo actuando
o sólo pienso
O pienso que pienso
cuando en realidad
sólo justifico

Realmente no sé sigo acá
o me fui sin darme cuenta
compré boleto 
mee subí al tren
y todavía no llego

De verdad
Casi nunca sé
si sigo
río
pienso
O me dormí hace años
y creo que estoy despierto

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Como siempre

Como siempre, cuando no sé que hacer o no puedo hacer nada, escribo.

Ayer dije
Que voy a recoger los pedazos
ponerlos en un morral de ixtle
calzarme los huaraches
y recomenzar a andar

Pero en lugar de ixtle tengo plástico
sólo tengo zapatos
y mi andar está cansado

Allá adelante
en la primera curva del camino
la que tuerce hacia el sur
me están esperando

Es temprano o tarde
No lo sé
pero hay neblina como de las seis
La luz que se refleja en las gotas
Puede que se esté yendo
Tal vez venga
No lo sé

Sé que no alcanza a iluminar la aurora
o el atardecer
Tampoco alcanza para saber
si allá está realmente el sur
y los míos...

O el norte frío y cruel

jueves, 26 de julio de 2012

El salto cualitativo

Lo que son las cosas. Hoy 26 de julio de 2012, pasará a la historia como el día en que el movimiento contra la imposición de Peña Nieto dio la vuelta de tuerca, el salto cualitativo y todos los clichés que se les ocurran por el estilo, que serán usados por los que hagan la revisión de las crónicas de estos días.

El primer ingrediente del salto se da con realización de la acción acordada hace dos semanas en Atenco: el #cercoTelevisa, el #OcupaTelevisa, el nadie entra todos salen vuelto una realidad, cuando en algún momento se pensó que la interuniversitaria del #YoSoy132 podría no entrarle. Por lo menos así se vio desde lejos. Pero se armó. Que chido que está saliendo. Gracias, otra vez a @nickops por la transmisión.

Deja tú el ambiente de cumbia y baile, que ya de por sí sería suficiente para estar feliz. Emocionan las consignas que relacionan a Atenco y Wirikuta con lo que está pasando. Ahí. No importa, vale madres que, como grita alguien, falte cubrir en Niños Héroes y Balderas. Lo importante es que pasó, que en la figura de Televisa ubicamos a los poderes fácticos, que pretenden ser gobierno real. Y como decían hace rato, fíjate que no, que siempre no.

El segundo lo puso AMLO. Muchos de nosotrxs lo veníamos diciendo y repitiendo: el 2012 no puede ser como el 2006. Los costos son muy altos y la idea del carácter pacífico y legal del movimiento no debe ser confundida con la pasividad de las marchas que se agotan en sí mismas. Nosotrxs no somos ilegales, el sistema dejó de ser constitucional. Nosotrxs no somo violentos, la violencia es inherente a este sistema. Y ¿Quién si no los jóvenes, los trabajadores despedidos y los campesinos despojados para volver a este país a la legalidad? Y en esa dinámica, Andrés Manuel pone lo que faltaba: la idea del #presidenteinterino. 


Como decía Julio Hernández, AMLO sabe que al poner esa idea sobre la mesa se pone él mismo en un segundo plano. Un segundo plano desde el que tal vez no vuelva. Es más, probablemente sea necesario que haga explicito que él no va a las elecciones extraordinarias para que esto se termine de prender y resulte: la invalidez de la elección y un presidente interino que convoque a nuevas elecciones. 


Y entonces estaremos más cerca de nacer la aurora, y de hacer que la patria sea buena, y permita el buen vivir de todxs. Que permita que nadie tenga que recibir 500 pesos por su voto. Y dónde el voto sea una pequeña parte de nuestra participación ciudadana. Una patria donde la Constitución y la legalidad estén vivas, aunque para revivirlas tengamos que recrearlas.

Hoy eso está más cerca y el que la posibilidad se vuelva realidad, está en nosotrxs.

domingo, 22 de julio de 2012

La MegaMarcha

Y cuando empezamos que había pasado otra vez, y nos estábamos acostumbrando al sabor amargo, el nudo en la garganta y la presencia aplastante de la derrota detrás de los ojos, las cosas comenzaron a moverse. Otra vez.

Estuvimos atentos a la Convención contra la imposición en Atenco, de la posición sobre ello del #YoSoy132, del Plan Nacional de AMLO. También de las Redes y las calles, tratando de ver si otra vez la derrota había llegado, o podíamos recuperar la alegría y la esperanza. Viajamos, vimos y participamos en las movilizaciones en Querétaro, apenas dos días después de las elecciones. Leímos y dijimos que sin perder la vista en el largo plazo, teníamos antes que pensar en el aquí y ahora, en la coyuntura que definirá, otra vez, todo. Con la certeza de que una vez que Peña Nieto esté en el poder, viviremos, aún más, en la ignominia de la violencia y simulación. Que la única forma de evitar la imposición es que Televisa y los otros poderes fácticos hagan su balance y vean que es más caro imponer a Peña Nieto que abrir la oportunidad de mejorar un poquito el país, de dejar que las cosas sean como pueden ser, como serían sin contar la compra de votos y conciencias, la perversión de las instituciones a las que no se les pide nada más que garantizar el poco de democracia que son las elecciones.

Y cuando escuchamos aquí y allá en las voces de lxs compañerxs las palabras: resistencia, resistencia. Y las frases "largo plazo" o "ciclo de la historia" nos preocupamos. Porque se parecían a las mismas del 95, cuando pudimos exigir y conseguir la renuncia de Zedillo entre el Barzón, la Intersindical 1° de Mayo, el EZLN y los demás daminificados de la crisis y del neoliberalismo salinista, del primer gran remate de la patria. Y no lo exigimos y no lo conseguimos ¿Saldo? Remate de ferrocarriles, FOBAPROA. Y con la resistencia logramos parar el intento de reforma constitucional que permitiría privatizar a Luz y Fuerza y CFE. Pero sólo para saber años después que la mitad de la energía eléctrica la producían las compañías españolas.

Y otra vez en el 2006, pensamos en la resistencia y largo plazo, y no exigimos y no conseguimos que la elección se anulara. Nos fuimos a Reforma y no a las carreteras. Nos quedamos en casa rumiando la derrota, pensando en la resistencia de La Otra, en el largo plazo y en la historia. Y cuando se intentó privatizar PEMEX los detuvimos. Pero sólo para saber años después que si se hicieron "parcelas" y contratos de servicios múltiples y PIDIREGAS. Pero eso es lo de menos. En estos seis años nos enteramos de a poquitos que el país se estaba desplomando, cayendo en el agujero más negro de su historia con 60, 80 mil muertos. Con decenas de miles de desaparecidos. Con decenas o cientos de miles de desplazados por la violencia. Casi sin futuro ni viabilidad como país, casi sin nada más que el miedo y la derrota a cuestas.

Así que bien por la megamarcha. Estuvo chida, me regresó desde hace unos días alegría, esperanza, claridad para tomar decisiones. Pocas veces recuerdo, si no es que ninguna, en dónde tanta gente en tantos lados se haya movilizado con tan sólo una demanda tan concreta: no a la imposición. Así que nos vamos a dormir con la certeza de que algo tiene que pasar. Pero también de que no pasará nada si esto es lo más que hacemos. O mucho más pero igual. Si confundimos el carácter pacífico de este movimiento con pasividad y falta de ingenio. Si la protesta se queda y se agota en la calle y en la plaza. Si les resulta más barato a los que tomaron la decisión de imponer a EPN escucharnos y rodearnos y esperar el desgaste, continuar con la compra de conciencas, y despedirse o estrenarse con la represión. O si piensan que esta vez va en serio. Que cuando decimos no otra vez, no estamos pensando en la resistencia a 6 o 10 años, sino que estamos hablando de los próximos días. Que cuando decimos que vamos a construir el país desde abajo, con visión de largo plazo y democratización de lo vida y de los medios, nos referimos a que vamos hacerlo, pero sin Peña Nieto en la presidencia.

Si, como siempre la Razón y la Historia están de nuestro lado. Es más, tal vez nunca antes haya sido tan claro. Por lo menos en lo que nos ha tocado vivir y actuar, en los últimos veinte años. Y en estos días que me encuentro con la gente de ayer, y la de hoy, y la del norte y la del sur, y la de más al sur en la Patria Grande, me doy cuenta que hasta ahora, hemos perdido. Por madriza además. Nos han machacao, como dice una amiga de Madrid. Una madriza. No tenemos hoy más organización que ayer. Hemos perdido derechos y ganado en deudas y obligaciones. Nuestro suelo y subsuelo dejó de pertenecernos. Si la Patria era la de sobrevivencia o subsistencia, no nos han dejado ni eso. Nuestro presente fue lucha, pero este futuro no es nuestro.

Así que pasan los días y no puedo dejar de pensar en que ya me cansé de tener la Razón y la Historia. En que ya me cansé de resistir y parar algunas iniciativas privatizadoras. En que estoy realmente harto y hasta la mera madre de ver como el país se cae y se desmorona. Ya me cansé del largo plazo y los ciclos de la historia. Me doy cuenta pues, que quiero una victoria real hoy. Una anulación de las elecciones. Unas nuevas elecciones sin intervención de las televisoras y los poderes fácticos. Una patria un poquito menos jodida en la que podamos juntarnos sin miedo, y ensayar, ahí si, el nacimiento de la aurora.

Hoy. No hay después, no hay futuro, no hay resistencia que valga para mañana, si no logramos parar esto. Si no logramos abrir una ventana para ver el futuro. Si no logramos comunicarnos y encontrarnos y actuar con la claridad de lo que está en juego. Si no sumamos y nos sumamos. Si no arriesgamos. No hay mañana.
Hoy.

viernes, 13 de abril de 2012

Viajes: vuelo por la sierra

Ayer descubrí algo que debí haber imaginado desde siempre. Pero no, a veces soy demasiado ingenuo. Resulta que por cuestiones de trabajo tuve que sobrevolar la sierra sinaloense. No, no soy soldado, ni marino, ni mucho menos PFP. Pero volé. A 1200 pies  en una avionetita. Ni más alto porque casi no daba más, ni más bajo porque se pone uno a tiro de los cuernos. Así lo dijo el inche capitán, sin que alcanzara yo a dilucidar si era en broma o en serio. Tal vez un poco de los dos, como se acostumbra uno a hablar de esas cosas cuando vive por acá, so pena de acabar con hipertensión por el estrés.

Total que les decía que descubrí algo. Aunque es más exacto decir que descubrí dos cosas. La primera es que la aviación civil en México es un desmadre, como casi todo lo demás. La segunda es que la sierra sinaloense es bellísima también viéndola de lo alto. O sea, yo me llevé el mapita para decir como y por dónde, pensando que  se tenía que hacer un plan de vuelo y avisar a la marina por si acaso, de pérdida al aeropuerto más cercano, en el último de los casos al velador del cuartito de control de la aeropista. Pero no, nada. Me dijo pasé usté, me senté de copiloto asegurándome de no rozar siquiera ninguno de los controles. El piloto subió detrás de mi, susurró -libre-, haciendo como que veía que no se atravesara nadie, le dio dos toquecitos a un relojito que creo medía el nivel de combustible, como para que se acomodara la agujita, aplastó y jaló alternadamente un botón rojo y otro verde, aceleró como en neutral o como madres se le diga a eso en las avionetas, y luego enfiló medio rápido por la pista. Antes de que terminara de masticar todo aquello, mientras trataba de maniobrar en el reducido espacio disponible para sacar mi mapita de google impreso en blanco y negro, ya estábamos volando. A esas alturas, literalmente, me preguntó ¿Entonces que, para dónde es que me dijo que vamos?. Pues primero a la costa para ver la laguna y luego a la sierra, le dije. Antes de que terminara yo de articular la frase, ya estaba clavando un ala para hacer un giro mortal. Me agarré como pude del asientito cutre que apenas me sostenía, y le dije ¿Qué, hay algún problema?. Me volteó a ver y me contestó, no, es que pa´allá está el mar, mire, mire. En la medida en que nos acercamos a la costa vimos que había un banco de neblina bien asentado encima de la laguna que tenía que ver. Le pregunté si que hacíamos, si no podíamos ver nada, si teníamos que regresar o que, que si que transa con el plan de vuelo. Me volteó a ver y me dijo, pues puedo hacer un tres sesenta (haciendo con el dedo la señal universal de girar alrededor de algo). Me llevaría como media hora, en lo que sube unos metros la neblina y luego le intentamos por abajo, concluyó. A mi eso de intentar algo cuando la opción que resulta del fallo del intento es un aterrizaje forzoso no me convencía mucho, así que pregunté por la otra opción. Pues vamos primero a la sierra y luego regresamos para acá, dijo, mientras ya el sol quemó toda la niebla. ¿Pero no hay problema con el plan de vuelo? Insistí. ¿Es la primera vez que vuela en una avión de estos, verdá? Me dijo medio preguntando medio afirmando, no, no hay problema, vamos para la sierra. Antes de que pudiera yo terminar de digerir la intencionalidad subyacente en su pregunta-afirmación, ya había dado otro maldito giro del demonio, ahora para el otro lado. Así que a la sierra nos fuimos. Poca madre, bellísima, les decía líneas arriba. No es como los Altos o la Sierra de Chiapas. No. No son las cordilleras de cerros viejos, suavemente redondeados, abrazables. No. Acá parece que todo se hizo ayer y a machetazos, teniendo como resultado final una seria de cañones y cañadas salpicadas de picachos irregulares, gordos, delgados, puntiagudos estos, cortados casi a tajos los otros, formando todo un conjunto espectacular. Sin caminos casi, sin pueblos ni ranchos ni nada. Sólo la selva seca, con las venas de los arroyos y los ríos verdes, y en el fondo las cordilleras de pino. Chingón. Después de dos horas infartantes de vuelo, de las que todavía no me recupero, con momentos en que tenía que ver arriba para ver las montañas por el vuelo rasante entre los cañones, bajamos siguiendo un río, hacia el mar. Porque los ríos siempre desembocan en el mar. O casi siempre.



Total que nos acercamos a una ciudad que tenía un aeropuerto un poco más en forma, con torre de control y todo recortada en el fondo ¿Eso es un aeropuerto? Preguntó el capi. Así parece, contesté.¡Chin! No he avisado que íbamos a volar, dijo, mientras comenzaba frenético a jalar de nueva cuenta los botoncitos del tablero. Se sintió de volada el cambio de la velocidad, hasta un punto en que casi nos quedamos suspendidos en el aire, yo con el estómago un poco más arriba que el resto de mi cuerpecito. Oiga amigo ¿Que está haciendo? Dije, tratando de aparentar calma, pero con la voz un pelín quebrada. Volando bajo, para que no nos detecte el radar, contestó el infeliz, mientras yo veía las copas de los árboles casi tocar las llantitas del avioncito. Me volteó a ver con una sonrisa radiante mientras se permitía el chiste, al estilo Sinaloa, compa. No tuve fuerzas ni para aparentar como que me hacía gracia el asunto.

Regresamos un poco más tranquilos, siguiendo la línea de costa, hasta que llegamos al pueblo de donde salimos, y donde aterrizamos de vuelta, previa jaloneada de botones y nuevo descenso de la velocidad. Casi casi me persigno cuando el avión tocó tierra. Me bajé con las piernas temblorosas, pensando que que pendejo, que como pude haber pensado que la aviación era distinta. En realidad, como todo, o casi todo lo demás, es un desmadre donde nadie respeta las reglas, y vive un poco al filo, esquivando radares como quien se pasa el ámbar del semáforo. En la pista estaba una pareja de campesinos, con un chivito al lado. ¿Y ellos? Pregunté ya casi para irme. Son mis pasajeros, contestó el capitán ¿Y el chivo? Pregunté. ¿El chivo? el chivo también, contestó como quien responde algo obvio. Es que son de un pueblito de la sierra, contestó mientras sacaba una cuerda, que no supe si era para amarrar al chivo, o a los pasajeros. No se fueran a querer bajar.

Como yo.

jueves, 29 de marzo de 2012

Una piedra, una canción

Dónde estarán los zapatos aquellos
que tuve y anduve con ellos,
dónde estarán mi cuchillo y mi honda,
el muchacho que fui que responda

Candombé del olvido
Alfredo Zitarroza

Hoy me dieron una piedra
y tropecé con una canción
Tal vez fue al revés
No lo sé

Ayer los zapatos estaban rotos
los pasos rojos
y el cuchillo romo
Eso sé


Así que hoy escuché la piedra
coloqué  la canción
en la honda rota
si lo sé

viernes, 9 de marzo de 2012

Otro fragmento

Llévate la  historia
a donde yo no pueda encontrarla...
Real de Catorce

(...) 

A lo largo de ese 1994 entre plática y plática, aderezada con café, amor y cigarros, me fue quedando claro que esa primera percepción de Tamara era cierta. Parecía que toda su vida había estado organizada para que llegara ahí, a donde llegamos pensando que estábamos juntos, sin saber todo lo complejo que podía ser la vida recién entrando a nuestros 19 años.

Tamara se había hecho sola. Sola en serio, no sola como “era una niña muy callada y esforzada”, no. Sola. Ella como yo, venía de una familia de la oligarquía local, así que con el tiempo articulamos un discurso basado en uno de los textos de Mao. Cuando alguien nos restregaba nuestro origen en la cara, le decíamos con cara de no mames, compañero, uno es el origen de clase, otra la conciencia de clase y otra más la práctica de clase. El primero no importa, fíjese en los otros dos y deje de estar chingando con sus complejos de pequeñoburgués resentido. Digo que se había hecho sola, porque su madre esperó nomás parirla para tirarse al monte, al llano o al comando urbano, lo que fuera que hubiera escogido como campo de batalla de un minúsculo grupo guerrillero de mediados de los setenta. Así que digamos que planeada, pues Tamara no fue. Por lo menos no para la mamá, de quien nunca más volvieron a saber, ni por fuentes indirectas, aunque su padre dedicó una década completa a rastrearla, pero nada. Nada de información, ni de los que estuvieron en el Campo Militar No. 1 ni de nadie más de los que sobrevivieron a la Guerra Sucia. Apenas alcanzaron a tener la certeza de que se había metido a un grupo que se llamaba Ejército del Proletariado Mexicano, que recibió entrenamiento de segunda mano de otro grupo que se había entrenado en Corea, y que estuvieron involucrados en algunos asaltos bancarios (expropiaciones revolucionarias, compañero, no mames). Nada más. Tamara le pusieron por la guerrillera que acompañó al Che en Bolivia, por supuesto. Entre la militancia de sus papás y el origen alemán del padre pues no había para donde hacerse. Tamara Ulrich. Si, de los Ulrich de las fincas cafetaleras del Soconusco, de la parte pobre y repudiada de la familia. En su primera década de vida entonces, Tamara no tuvo madre porque se fue, ni padre porque la estuvo buscando. Una vez que vio que no la encontraba, decidió aprovechar una oportunidad e irse de maestro de la UNACh ahí mero en San Cristóbal, en la Facultad de Ciencias Sociales, a dónde yo llegaría a encontrarme con su hija diez años después. 


Tamara tampoco tuvo a nadie en la segunda década de su vida porque su papá se dedicó en las mañanas a dar clases, bien y con enjundia, y con la misma enjundia dedicó las tardes a emborracharse. Recuerdo la primera vez que lo vi, en la semipenumbra de la chimenea de la casa de madera que tenían en el Barrio de Cuxtitali, en San Cristóbal. Entré y lo saludé, volteó a verme apenas para luego empinar el vaso de brandy que tomaba, así derecho, poco a poco mientras canturreaba despacito, para si mismo: …te sentirás acorralada, te sentirás perdida o sola, tal vez querrás no haber nacido, no haber nacido… Pero tú siempre acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti, pensando en ti… como ahora pienso. Nueve de cada diez veces que lo vi, lo que cantaba entre dientes mientras se dedicaba con conciencia y método a emborracharse era esa canción. Se le veía la ascendencia en la tez canela y los ojos claros, aunque se veía también la herencia de su madre en los pómulos altos y los ojos almendrados, esos que tenía Tamara y que la hacían tan ella y tan bella. El primero de su apellido en tierras chiapanecas, el abuelo de Tamara había sido de los alemanes de la segunda oleada, que llegaron a México enviados por las casas comerciales con sede en Hamburgo, a verificar sobre el terreno la buena marcha de las fincas. Era el período de entreguerras, 1929 para ser precisos y Juan Ulrich, se independizó rápidamente de su casa matriz y se hizo de una finca, a la que puso por nombre, por supuesto, Hamburgo. Fue de los fundadores de la Verband Deutscher Reichsangehoringen, la Asociación de los Ciudadanos del Tercer Reich. Nazi. Entre los días que festejaba antes de 1945 estaba el 20 de abril, día del nacimiento de Hitler. Le tenía un altar en la sala de la casa grande de la finca. Fue un cabrón hijueputa completito, que un día se oponía a las escuelas en sus fincas, y al siguiente formaba un ejido en la periferia de sus tierras con los miembros de su guardia blanca. Tenía su propia casa de enganche en San Cristóbal, desde donde salían caminando cientos de tzotziles en una travesía infernal de 10 días hasta la finca, endeudados desde ya con Don Juan, para la pizca del café. Al llegar a la finca la chinga se recrudecía, y no eran pocos de los que hacían el camino de ida para nunca regresar. Tenía desde ese entonces y hasta 1994, una remachadora donde acuñaba fichas de su finca en hojalata, la única moneda que circulaba en la tienda de raya.  A finales de los años ochenta,  mejor cambió el enganche de mano de obra hacia Guatemala para evitarse las reivindicaciones de tierras. Indios son indios, decía. Hasta la caída del Tercer Reich, fue un digno representante de la raza aria: sobrio, culero, casado con una alemana que al inicio de la Guerra regresó a su patria y de la cuál no volvió a saber nada. Una vez que Hitler murió, se volvió un poco más ojete, y comenzó a emborracharse un día si y otro también, y a incursionar en los galerones de los peones cada cierto tiempo, acompañado de dos o tres guardias armados. De ahí salía con alguna muchachita apenas púber arrastrada de los pelos, a la que violaba impunemente. De estas uniones forzados fueron naciendo mestizos, que cuando se parecían a él se quedaban en la casa, integradas las madres a la servidumbre permanente. A los más güeritos les daba el apellido, en esas actas donde quedaba asentado “hijo natural reconocido”. Uno de los últimos de estos niños, de los más vivos, fue Juan Ulrich Pérez, el padre de Tamara. Orgullo disimulado de su padre por su inteligencia y sus ganas de quedar bien con él, decidió prepararlo para manejar Hamburgo, la que para ese entonces era sólo una de sus tantas fincas. Así que en 1967, con diecisiete años cumplidos, Juan Ulrich Pérez se fue a estudiar agronomía, en la Escuela Nacional, que estaba en la ex hacienda de Chapingo. Error garrafal. Ahí me lo echaron a perder, decía hasta sus últimos días el viejo Juan. El 68 tomó a Juan Ulrich Pérez en plena militancia de unos de los muchos grupos marxistas que había en la ENA, y lo emparejó con la que sería mamá de Tamara. La libraron y no cayeron al bote. En 1971 no le fue tan bien, lo madrearon y detuvieron, y lo tuvieron tres días torturándolo. Nunca hablaba de ello, pero tenía una cicatriz que le cruzaba la frente dando la impresión de que estaba siempre con el ceño fruncido, aún en las contadas veces que sonreía. Tamara suponía que la cicatriz venía de esos días...