El viaje de Carlos Tello Díaz por la selva Lacandona
La escasez de librerías de esta capital se suple medianamente porque, por alguna extraña razón, algunas editoriales escogen las cadenas de supermercados que acá abundan para rematar sus saldos. Ese es el caso de Joaquín Mortiz, y en días pasados tuve la suerte de encontrar en un Ley de acá varios libros a un precio excelente, en el botadero, por supuesto.
Entre ellos, el que pretendo reseñar aquí, En la Selva: Crónica de un viaje por la Lacandona (Tello, 2004). No está de más decir que lo adquirí con ciertas reservas, por el papel jugado por el autor con la obra La rebelión de las cañadas (1995), obra con la que el régimen pudo dar su versión de los hechos sobre la rebelión zapatista de 1994, y que indudablemente está basada en los archivos del CISEN. Sin embargo, impulsado a medias por la nostalgia de mi estado, y a medias por el deseo de revivir esta región de Chiapas, que tuve oportunidad de recorrer allá por 1999, compré el libro y me dispuse a leerlo un tanto escéptico.
Nada más opuesto al desierto que la selva Lacandona. Si usted está acostumbrado a los espacios abiertos, el silencio y la majestuosidad del desierto sonorense, no vaya a la selva, pues corre el riesgo de sufrir un ataque de claustrofobia al recorrer los espacios cerrados por la vegetación tropical y llenos de los sonidos de la vida que explota en cada metro cuadrado.
Carlos Tello Díaz alcanza a retratar esta atmósfera, desde la visión de un hombre de ciudad que encara el reto de vivir durante semanas en la selva. Logra transmitir al lector el asombro que supone enfrentarse a la abundancia de vida, y el cariño y respeto que sentimos por ella quienes la hemos caminado. Sorprende además su conocimiento de hombres ajenos a la selva que la recorrieron en distintas épocas, pasando por Bruno Traven y el génesis de La rebelión de los colgados, hasta importantes investigadores del período clásico de la cultura Maya, que durante la primera mitad del siglo XX “descubrieron” de la mano de guías indígenas importantes vestigios como Yaxchilán o Bonampak. Desde la intimidad de sus diarios de campo, sentimos que estos arqueólogos de vocación, casi ninguno de ellos con formación en las aulas sobre arqueología, nos susurran sus deseos, llenos de ansias de gloria y no exentos de la envidia, azuzados por las ganas de llegar primero.
Esto es posible sin duda por las ganas del mismo Tello Díaz de redescubrir la mítica ciudad de los Tzendales, “descubierta” en la primera década del siglo pasado, y de la cuál nunca más se han tenido noticias.
Carlos Tello fracasa en la búsqueda de las ruinas de los Tzendales, y fracasa también (acaso de forma deliberada) en el retrato social y antropológico que intenta hacer de los pueblos indígenas de la región. Su crónica está atravesada sin duda por su visión del conflicto zapatista, pues describe de forma romántica a los lacandones, pueblo con el que pasa la mayor parte del tiempo, reconociéndolos como únicos en su relación con la naturaleza. Los demás pueblos (tzeltales, choles, tojolabales) aparecen en su obra como advenedizos que depredan los recursos de la lacandona, y que por no pertenecer a ella la confrontan. Coincidentemente, los lacandones son el único pueblo que no tiene militantes en las filas del Ejército Zapatista, como el mismo autor reconoce.
De la mano de Tello Díaz, se puede pues recorrer la Selva de forma romántica, pero si lo que quiere es entenderla desde la literatura, lea mejor La rebelión de los colgados, y si le apetece más el enfoque académico, nada mejor que Resistencia y utopía, de Antonio García de León, que ofrece una visión panorámica de Chiapas y su historia. Ninguno de estos autores, por cierto, ha sido cuestionado por su cercanía con el poder.
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